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Líbano: El país de Dionisio

Líbano: El país de Dionisio

Líbano: El país de Dionisio

El Líbano es el niño rebelde del Mediterráneo. Pese a las guerras, diásporas y conflictos que ha padecido, no se rinde. Al contrario, sus jóvenes han decidido colocarlo en la vanguardia de la cultura, la vida nocturna y la gastronomía

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Es un país de tamaño diminuto –un poco más pequeño que el estado Sucre– que cuenta con un maravilloso esplendor natural e histórico. En un día es posible esquiar en nieve, nadar en una cálida playa del Mediterráneo y cenar frente a ruinas romanas. Sus 4,5 millones de habitantes, incluyendo 460.000 refugiados de Palestina, Irak y Siria, no reflejan las casi 20 millones de personas en el mundo que son descendientes de emigrantes libaneses. El Líbano ha sufrido grandes diásporas y Venezuela es uno de los países con mayor inmigración libanesa luego de Brasil, Estados Unidos y Argentina.

La armonía que se siente en Beirut, la capital, no revela que en una misma calle caminan cristianos, sunitas, chiitas, ortodoxos, maronitas, católicos y drusos. “La mitad de la gente en este lugar está a favor del gobierno y la otra en contra”, dijo una joven con velo en un bar en el centro de la ciudad, “pero nadie se mete con nadie, aquí ganan las ganas de pasarla bien.”


Beirut. A pesar de que la historia del Líbano ha estado marcada por invasiones y guerras civiles –la última dejó 120.000 muertos a finales de 1990– Beirut es una tierra gobernada por Dionisio, el dios del vino e inspirador de las artes, la locura y el éxtasis. No en vano en 2012 la revista Conde Nast Traveller la escogió como la mejor ciudad en el Medio Oriente, desplazando a Dubai y a Tel Aviv.

La ciudad es efervescente y amigable, con callejuelas repletas de restaurantes y cafés al aire libre, playas animadas con gente fumando shisha (pipa de agua), parejas que caminan de la mano y grupos de amigos que tararean canciones en francés. Es posible codearse con la crème de la crème beirutí dando un paseo por Zaitunay, el malecón que rodea la bahía y hospeda una de las más lujosas marinas. Luego de visitar boutiques de diseñadores y tomarse fotos frente a yates monumentales, el viajero puede disfrutar del atardecer en La Plage, un gigantesco palacio con club, bar, piscina y restaurante.

El pasado y el presente se funden en la urbanización Hamra. La línea de fuego donde combatieron musulmanes y cristianos es ahora es una calle con bares, clubs y restaurantes, con la misma sofisticación de cualquier vecindario de moda de París. Luego de un tomar un aperitivo en alguno de sus numerosos locales, vale la pena acercarse hasta Gemmayze, el “Soho” de Beirut, donde se encuentra el restaurante Mayrig para deleitarse con platillos armenios.

Sería un pecado partir sin conocer su vibrante vida nocturna. Las secuelas de las guerras han hecho que los beirutíes vivan la vida como si cada día fuera el último. En Music Hall, un club de moda que cabalga entre la elegancia de un cabaret parisino de 1900 y la energía de un galpón gigantesco de conciertos, es posible ver a un doble de Michael Jackson, cantar con mariachis y bailar canciones de EuroPop hasta el amanecer.

Luego nada mejor que desayunar en la versión local de la “arepera” y disfrutar del knafeh –pan dulce con ajonjolí, queso derretido y syrop–. Mil calorías más tarde, y con los pies destruidos, llega el momento de despedirse de Beirut.

 

Valle de la Becá. A tan sólo 30 kilómetros de la capital, el Valle de la Becá se luce con sus más de 12 viñedos y produce alrededor de 600.000 cajas de vino anualmente. Se encuentra a 1.000 msnm y recibe mucha lluvia en invierno y días soleados en verano, los que lo convierte en un sitio ideal para la vinicultura.

Massaya, una pequeña casa de vinos, abre sus puertas cada domingo para recibir docenas de familias de la capital para disfrutar los platos típicos de la región –carnes a la parrilla y ensaladas libanesas son preparadas por amas de casa de aldeas cercanas–. La frescura de los ingredientes y la mezcla de especias complementan su vino Gold Reserva. Las mesas están al aire libre frente a plantaciones de uvas. La combinación de sabores y olores, junto a la belleza del lugar, harán de la experiencia un recuerdo inolvidable.

Luego de almuerzo, en el jardín, una mecedora da la bienvenida para degustar un arak, el potente digestivo libanés con sabor a anís. También se produce en los recintos de Massaya y los visitantes que decidan hacer un tour por el viñedo verán la poción madurando en enorme jarras de barro.

A 45 kilómetros de allí se encuentra la joya del Valle de Becá: los imponentes templos de Baalbek, patrimonios de la humanidad decretados por la Unesco.

La Heliópolis o “ciudad del sol”, como los romanos llamaron este santuario, tiene algunos de los templos mejor preservados del país. La mayoría de los turistas deciden visitar Byblos, al norte de Beirut, ya que tiene más fácil acceso, pero la inmensa belleza de Baalbek no tiene comparación.

Las paradas obligadas incluyen los templos dedicados a Júpiter, Venus y Baco/Dionisio. Es posible recorrer todo el complejo en medio día, acompañado por uno de los guías certificados (no olvide un sobrero y protector solar, el calor puede ser inclemente).

El templo mejor preservado es el de Baco. A pesar del deterioro causado en el terremoto de 1759, todavía hay evidencia de los tallados y esculturas originales. La leyenda dice que la belleza de Baalbek era tan grande que Marco Antonio le regaló el santuario a Cleopatra para impresionarla.

El Líbano hay que visitarlo sin prisa. Vale la pena sumergirse en su alegre cultura y no resistirse ante las enseñas de Dionisio. Porque, como sus vinos, el país seguirá poniéndose cada vez mejor.

Esenciales

Visa: los venezolanos pueden aplicar a una visa de turista al llegar al aeropuerto en el Líbano. Tiene un costo de $35 y es válida por un mes