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Vista del Kremlin

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Los tesoros del alma de Rusia se encuentran plasmados en libros y películas como La guerra y la paz y Conspiración Echelon

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“Una vez que haya tomado Moscú, heriré a Rusia en el corazón”. Eso pensaba Napoleón Bonaparte, y marchó en 1812 con su Grande Armée a conquistar el casi infinito imperio de los zares. Pero fracasó. En lo que no se equivocaba era en que esta urbe es el corazón del país. Si la cabeza era San Petersburgo, Moscú era el alma. Aun hoy sigue reflejando el espíritu y es, además, capital de Estado.

El primer registro que se tiene de la ciudad es de 1147. Se trata de una invitación que recibió el príncipe Sviatoslav para encontrarse allí con su par Yuri Dolgoruki. Desde allí, son 1.000 años en que cronistas, viajeros y escritores han plasmado su geografía y sus historias en las hojas escritas. Con la llegada del cine, también el celuloide ha servido para que la fama de la ciudad cruce las fronteras.

En la actualidad, aunque se vean locales de McDonald's y Mercedes-Benz recorriendo sus calles, Moscú sigue siendo rusa hasta el tuétano. Al recorrer Kitai Gorod, visitar un monasterio o perderse en una ulitsa (calle) estrecha, uno cree que está inmerso en un libro de Tolstoi o de Pasternak. “Cualquier ruso que mira a Moscú siente que ella es su madre”, está escrito en La guerra y la paz.

Moscú y Rusia son sinónimos de la Plaza Roja y del Kremlin, fortaleza esta última donde se encuentra la sede del gobierno federal. En la Plaza Roja, la Basílica de San Basilio, con sus cúpulas acebolladas. Del otro extremo de ese hermoso espacio sin un árbol, el mausoleo donde se encuentra el cuerpo embalsamado de Lenin, que hoy todavía atrae al turismo.

En infinidad de películas, desde Infierno rojo, con el ladrillo de Arnold Schwarzenegger, como Conspiración Echelon y La Casa Rusia, con Sean Connery y Michelle Pfeiffer, tendremos varias escenas filmadas en la Plaza Roja.

Un panorama.

El marqués Astolphe de Custine (1790-1857), un viajero francés que recorrió varias ciudades del Imperio en 1839, aseguraba en su crónica publicada un tiempo después que “el Kremlin solo ya vale una visita a Moscú. ¿Cómo voy a describir sus murallas? La palabra muralla da una idea demasiada ordinaria. Los muros del Kremlin son una cadena de montañas. El Kremlin es el Monte Blanco de las fortalezas”.

En la Catedral de la Asunción está el exquisito trono de Monómaco, hecho para el zar Iván IV el Terrible. Al salir del templo de la Asunción, que está en la llamada plaza de las catedrales, se puede cruzar hasta la de San Miguel Arcángel, donde están las tumbas de varios grandes príncipes y zares.

Y hay que subir al alto campanario llamado Iván el Grande, de 81 metros, que en el 1600 era el edificio más alto de la capital. Uno de los más grandes poetas rusos, Mijail Lermontov (1814-1841), escribió que “el que nunca ha escalado a la parte superior de Iván el Grande, que nunca ha tenido la oportunidad de disfrutar de la totalidad de la antigua capital en un vistazo de extremo a extremo, que nunca ha admirado ese majestuoso panorama, que se extiende casi más allá de lo que alcanza la visión, no sabe absolutamente nada sobre Moscú”.

La catedral principal de la iglesia ortodoxa en Moscú es la de Cristo Salvador. Es imponente, por fuera y por dentro. Si quiere verla en una película, la puede encontrar en la comedia Llévame a la Luna, donde también se ve el mercado de pulgas de Izmaylovo. Frente a Cristo Salvador se erige el Museo Pushkin de Bellas Artes. Allí hay obras de Botticelli, Renoir, Cézanne, Monet y otros. En el área de objetos históricos, nada menos que el tesoro de Troya, descubierto por el arqueólogo Heinrich Schliemann.

 

El museo de León

Si usa el metro puede llegar a Park Kultury. Luego una pequeña caminata y llegará al Museo Tolstoi. En esta casona pasó los inviernos León Tolstoi (1828-1910) entre 1882 y 1901. El edificio está como en aquella época y entre estas paredes escribió su obra Resurrección.