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Conozca el lado psicodélico de China

Rascacielos iluminados a orillas del río Ganjiang, parte del espectáculo de luces de la ciudad de Nanchang / Foto EFE/Javier Borrás

Rascacielos iluminados a orillas del río Ganjiang, parte del espectáculo de luces de la ciudad de Nanchang / Foto EFE/Javier Borrás

La gran atracción turística de Nanchang, capital de la provincia china de Jiangxi, es un paseo nocturno por el río de la ciudad, desde donde se ve como los rascacielos se iluminan y dibujos animados infantiles empiezan a aparecer en las paredes, en un cóctel barroco y psicodélico

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“Esta es la tarjeta de visita de la ciudad, nadie puede irse sin ver el espectáculo”, explica Shen Yi, una local, mientras en la cubierta del barco suena música tradicional china a todo volumen y una estridente voz femenina explica las imágenes en movimiento de los edificios.

Los asistentes -casi todos chinos- sacan sus teléfonos inteligentes y empiezan a grabar. Las fachadas de los rascacielos amontonados en la orilla del río Ganjiang, que cruza esta ciudad de 4,85 millones de habitantes del sureste de China, se llenan de imágenes virtuales y luces casi psicodélicas.

Las autoridades locales venden este espectáculo de luces como el gran atractivo para el turista que visita la Ciudad de los Héroes, título con el que el líder chino Mao Zedong bautizó a Nanchang, por el papel que tuvo en la construcción del Ejército Rojo comunista y las batallas que allí sucedieron durante la Guerra Civil.

Jiang Gang, un joven local, comenta: “A los chinos nos gusta que, además de pasear en barco, haya algo sorprendente”. Shen se suma a esa opinión: "”Nos gusta más el show, el espectáculo, el ruido... esto es diferente a ir en barco por París”.

La capital de Jiangxi brilla cada noche, bajo una capa de contaminación carbónica y lumínica, y hace de entrada a los turistas que visitan esta provincia interior.

Jiangxi, dedicada en su mayoría al sector primario, es una excepción en el sureste de China: mientras las provincias costeras e industriales en auge como Cantón o Zhejiang tienen elevados niveles de vida y de crecimiento económico, Jiangxi tenía 9,2 % de pobreza en 2013, por encima de la media del país.

Bajando por la provincia -a poco más de 200 kilómetros de Nanchang-, en un descampado de la ciudad de Ji'an se alza una figura de madera de Mao Zedong con el brazo alzado, frente a la que humean como ofrenda varillas de incienso.

Justo detrás, un altar con figuras de guardianes budistas de cara furiosa flanquean otra foto del Gran Timonel. En dos columnas, a izquierda y derecha, hay sendas figuras de langostas de madera pintadas de naranja, todo dentro de un edificio de estilo tradicional que la guía dice que representa un “centro de recreación” de la dinastía Ming.

Una periodista china explica que este edificio -donde algunos muebles todavía tienen plásticos cubriendo los cerrojos y las columnas están recién barnizadas- tiene pilares de hace 200 años.

Hace cuatro años, cuenta, un empresario chino construyó el edificio en este descampado, donde edificar resultaba más barato gracias a subvenciones.

Esta miscelánea cultural prosigue en el “parque ecológico” de Ji'an, donde la guía informa que se puede admirar, “de manera completamente gratis”, el mayor árbol trasplantado del mundo, una rotonda con una caracola gigante y dorada o una sucesión de estatuas color azabache -soldados, fusiles, toros- sobre la Revolución china.

Subiendo una frondosa colina del parque, donde la guía dice que “antes no había casi árboles”, se puede llegar hasta una gran pagoda (torre tradicional asiática de varios pisos, de carácter religioso) recién construida.

En la ruta de ascenso hay varias piedras de plástico escondidas entra la maleza de las que sale música tradicional y relajante, y una vez dentro de la pagoda el visitante puede ver cuadros bucólicos en la primera planta o tomar el ascensor hasta el último piso para contemplar las vistas.

En el parque no hay casi visitantes y la mezcla de exaltación maoísta, tradicionalismo y reproducción de edificios religiosos se combina sin preocupación, una actitud que hace cuarenta años habría sido impensable, cuando la Revolución Cultural china promovida por Mao ensalzaba la destrucción de cualquier símbolo de la tradición y del antiguo régimen.

En aquella turbulenta época, Jiangxi fue el destino del líder chino Deng Xiaoping, que fue enviado a trabajar al campo por “ideológicamente incorrecto”, y había sufrido los crímenes de la Revolución Cultural en su propia familia, al quedar su hijo mayor parapléjico luego de ser arrojado por una ventana por los Guardias Rojos, las milicias paramilitares que se formaron entonces bajo la iniciativa de Mao para promover esa nueva revolución.

Deng el sucesor de Mao años después, modernizaría China además de abrirla al exterior, lo que llevó al país a un enorme crecimiento y lo elevó a estatus de gran potencia económica mundial.

Cuarenta años después de ese fuerte antitradicionalismo, el gobierno del Partido Comunista utiliza conceptos de carácter confuciano como “armonía” y elogia y promociona el legado nacional y cultural de la China imperial y feudal.

El discurso llega hasta Jiangxi, que ha construido su propio “pueblo antiguo” en la villa de Yanfan, en el que se presenta de manera positiva el modo de vida de la población campesina -la “clase oprimida” de la revolución de Mao- a finales del siglo XIX, en el ocaso de la dinastía Qing.

En la entrada del pueblo hay varias casas de nueva construcción, donde -según explica el Secretario General del Partido en Jiangxi, Hu- se han trasladado los habitantes del antiguo pueblo a cambio de subsidios del gobierno y la promesa de oportunidades laborales gracias al turismo que pueda atraer el proyecto.

La principal “casa museo” del pueblo es de piedra gastada y húmeda, llena de habitaciones con muebles, fotos y objetos antiguos y vigilada por una anciana inmóvil sentada en un banco, que saluda con voz imperceptible y se calienta los pies con un viejo brasero de carbón.

Por el pueblo, corren algunos niños con bicicleta y se pasea un búfalo camino abajo, mientras una señora hace ruidos con la boca para llamar a sus siete gallinas, que se habían escapado entre las callejuelas del pueblo museo.