• Caracas (Venezuela)

Viajes

Al instante

China, la paradoja roja

China

China

Pensamos que era sucia, desorganizada y comunista. Nos equivocamos en las tres cosas. Un recorrido por la Pekín del siglo XXI muestra las contradicciones de una potencia que intimida y cautiva por igual

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Que comen gato, que son comunistas, que no hablan inglés, que son muchos, muchísimos, demasiados. Que vienen a conquistar el mundo. Que restringen el acceso a Facebook. ¿China? ¿En serio? Una artillería de argumentos intentaba inhibirnos de emprender el viaje, pero indefectiblemente la balanza siempre terminaba de su lado: la Gran Muralla, los Guerreros de Xian, los rascacielos de Shanghai.

La travesía comenzó antes de salir de Caracas. En las páginas de la novela Cisnes Salvajes, de Jung Chang, la tragedia de un país vista a través de una familia, golpeó nuestra aparente serenidad. De pronto, la potencia roja parecía más retadora y desafiante. Pero no dejamos que nuestra determinación se doblegara ante los prejuicios. Iríamos a China porque la estadía era barata, porque queríamos ir lejos y porque sería un viaje fascinante; y así nos embarcamos en un vuelo de casi 23 horas, rumbo a la extrañeza.

Confusión en español. ¿Pekín o Beijing? Un simple dilema semántico sobre el nombre de la capital ya daba indicios de que sería un viaje marcado por las interrogantes. La respuesta tampoco fue esclarecedora. En el mundo hispanohablante se le conoce por el primer término, mientras que la traducción oficial en su idioma corresponde al segundo. Una vez allí los letreros la llaman Beijing, así que lo más sensato nos pareció hacerles caso.

De entrada la ciudad intimida. Comunismo, 23 millones de personas, un ejército de cabellos negros, tez amarilla y ojos achatados que se abalanza sobre la calle como si fuera directo a uno. Uno que es tan distinto y tan occidental y está tan lejos de casa. Sin embargo, a posteriori termina cautivando, cuando se comienza a arañar la superficie.

Primer adjetivo: colosal. mide 16.800 km², y las distancias están concebidas para gigantes, lo que resulta una contradicción si se toma en cuenta que el chino promedio no excede los 1,66 metros de altura.

Aunque pequeños, son hábiles y veloces, sobre todo en bicicleta, sistema de transporte que impera aunque cada vez más autos último modelo desafían la práctica tradicional de pedalear. De cualquier modo colearse es un verbo que se mantiene incólume. Acaso porque son tantos, los chinos han aprendido a moverse en masas de esa forma. Resignados a formar parte de una multitud, empujan a los demás como en una escena apocalíptica. Incluso el más avispado venezolano se encontrará a sí mismo contrariado e indefenso ante tantas violaciones de proxemia.

La apabullante sensación se dispara en la Plaza de Tiananmen, buen punto de partida para el recorrido. Concebida para hacer sentir a los habitantes minúsculos ante la presencia todopoderosa del Estado, logra su cometido. La construyeron en 1949 como símbolo de la nueva China, roja y socialista. Es la más grande del mundo (440.000 m²), y quizás, uno de los pocos rincones donde se percibe la China represora.

Una cantidad exagerada de cámaras ha sido colocada sobre los faroles, como si no bastara con el control de seguridad que se debe pasar para ingresar a la plaza, ni con los militares que la custodian in situ. De pronto, la imagen de las protestas de 1989, empaña el disfrute. En esa oportunidad los jóvenes lideraron un movimiento pro democracia que fue contenido por la fuerza.

Volviendo al Beijing actual, menos severo en apariencia, notará que Mao Tse Tung está por todas partes. Al norte, en un retrato guindado en la entrada de la Ciudad Prohibida; y al sur, enterrado en su mausoleo donde acuden miles de personas a rendirle culto. En el centro: el monumento a los Héroes del Pueblo.

En los alrededores se encuentran la Asamblea y el Museo de la Revolución China, una oda al socialismo. Debe dedicar un día a la plaza y zonas aledañas como la avenida Wangfujing.

Al recorrerla queda muy claro que Beijing también es una urbe cosmopolita.

De cierta forma China pasó a ser seducida por el capitalismo.

Souvenirs socialistas coexisten con marcas occidentales como Rolex o Starbucks. Mao debe estar revolcándose en su mausoleo, que queda a pocos metros de allí: la China próspera no es la China proletaria que él concibió. ¿Cómo es que una librería exhibe Libro Rojo como bestseller y, a su lado, la biografía de Steve Jobs?, me pregunto. Al final, si hay censura, está bien camuflada. Alguna clase de adoctrinamiento los hará digerir con facilidad esas contradicciones.

Porque la paradoja de la China roja es real y palpable. Sólo eso, una paradoja, explica que en la potencia comunista del siglo XXI coexistan Mao y Mc Donalds. Obama aparece casi tantas veces como el primero disfrazado con boinas rojas en libretas, pines y afiches. El socialismo está de moda. Cualquiera lo pregona en una franela. China ahora es chic y esa dualidad ­admitámoslo­ es un ingrediente esencial de su atractivo.

"Este es el mejor momento del país. La gente piensa que somos pobres, viene y se sorprende", cuenta Ana, guía de 60 años de edad. "Mis padres veneraban a Mao. Fue bueno, pero tuvo defectos. El Gobierno actual ha tenido éxito porque erradicó el hambre. Eso de capitalismo o comunismo no importa. Lo vital es que haya calidad de vida", dice.

¿Y la censura? Enfurecida responde: "Mentiras de occidente". Mejor no tocar temas sensibles, al menos con personas de su generación. Los jóvenes se muestran más abiertos a hablar de los problemas que los aquejan como sociedad. Ana vuelve al guión establecido en el circuito turístico: el vuelco que dio Beijing con los Juegos Olímpicos de 2008, ocasión en la que el régimen quiso mostrar al mundo que el "dragón rojo" había despertado de su letargo. Las Olimpiadas fueron las más costosas de la historia, con una inversión de 44.000 millones de dólares. Gran parte de la urbe amigable de hoy forma parte de su legado: infraestructura vanguardista, carteles en inglés y un Metro eficiente.

A la lista se añade una parada obligatoria para cualquier visitante: el Estadio Nacional, al que llaman "Nido".

Sin embargo, pese a esta fachada de modernidad, viajeros entrometidos como nosotros seguimos topándonos con la miseria. Los hutongs, barrios compuestos por estrechos pasadizos con viviendas no aptas para claustrofóbicos, se extienden por la ciudad. Otrora la esencia de la capital, fueron desplazados por los proyectos urbanísticos hasta el punto de que muchos carecen de servicios básicos. La Beijing tradicional intenta sobrevivir allí, arrinconada.

Al sudeste de las Torre de la Campana y del Tambor, crearon un circuito por un hutong acomodado para los ojos de los extranjeros quienes contratan un tour. El paseo es ameno, pero no se engañe creyendo que todos son así de coquetos.

Luego puede ir hasta Nanluoguxiang, calle con tiendas de diseño, bares y restaurantes.

Entre emperadores. ¿Dónde está la China dinástica, de emperadores y princesas? Parecía dilapidada por la modernidad, pero permanece de pie en sitios como la Ciudad Prohibida.

Como dice la guía, Ana, haría falta un eunuco para caminarla toda: mide 72 hectáreas.

Su construcción tardó 14 años pues por aquella época ­1421­ no usaban clavos, ni cemento.

La estructura es de madera ensamblada y el piso tiene 15 capas de ladrillos para evitar que alguien cavara un foso e ingresara a este lugar restringido para el uso del distante emperador y su corte. Es todo un reto detenerse a contemplar las salas, pues uno debe enfrentarse a hordas de turistas provenientes de otras provincias de China. Mejor ir en tour.

Inmenso y hermoso, el Palacio de Verano, guarida de la emperatriz Cixi en el siglo XII, invita a perderse en paisajes.

Sea allí, en el Templo del Cielo, en el Templo Lama o en otro de esos recodos que huyen del vértigo del progreso, el viajero logra encontrarse con la China del filme El último emperador.

Uno nunca termina de descifrar por completo la inabarcable Beijing, tan hostil en el saludo, pero entrañable en el adiós. En un intento por encontrar la mejor manera de despedirnos ­sabiéndola aún tan ajena­, llegamos hasta el sector Badaling de la Gran Muralla, a 70 kilómetros de la capital. Construirla fue una hazaña imposible, pero lograda. Cuántas dinastías, cuántas vidas cobraron esos más de 6.000 kilómetros de piedra que ahora nos desafiaban al asomar la inmensidad de un país que, o por gigante, o contradictorio, ancestral, o comunista, siempre ha estado en las antípodas de Occidente.