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El Camino de los Españoles revela sus secretos

Fortines del Ávila

Fortines del Ávila

La Fundación Historia, Ecoturismo y Ambiente organiza un recorrido que muestra la antigua gloria de la vía comercial más importante de la colonia

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La plaza La Pastora es el punto de encuentro para un grupo de personas deseosas de conocer más sobre los senderos menos transitados del imponente cerro Ávila. Amas de casa, estudiantes y profesionales de diversas áreas acuden a la convocatoria realizada por la Fundación Historia, Ecoturismo y Ambiente (Fundhea): inscribirse, a cambio de una colaboración, en un recorrido que unirá las huellas del pasado en el Camino de los Españoles.

Derbys López, miembro fundador de la organización, da la bienvenida a lo que será la ruta Los Fortines del Ávila: “La idea es contar la historia en el sitio que sucedió, con información del saber popular y una vista panorámica de la ciudad. Queremos rescatar el valor patrimonial de estos lugares”.

Puerta a Caracas

Dos vehículos rústicos llevan al grupo desde la plaza La Pastora hasta el mirador de Puerta Caracas, el primer punto del recorrido. La vía para llegar hasta allá se adentra por las calles pintorescas, cuyas paredes se encuentran llenas de color y arte.

Desde allí, se observa la ciudad como una maqueta llena de casitas y edificios. Líneas verdes que se convierten en espacios la atraviesan. En ese mirador, junto a un monumento a Bolívar y Martí –antiguos transeúntes del camino–  comienzan a surgir las historias.

“Muy poca gente sabe que en el Ávila existían fortalezas que defendían el Camino de los Españoles y la ciudad. En ese entonces, La Guaira era más importante que Caracas”, relata López. El Camino de los Españoles era la única vía de tránsito, donde se cobraban los impuestos. Comenzaba desde la plaza Bolívar hasta lo que hoy se conoce como el bulevar Panteón.

López va señalando todo: la frontera sur, que se encontraba justo donde están las torres del Centro Simón Bolívar; el cerro El Volcán, tras el cual se esconde el pueblo de El Hatillo y, más abajo, La Boyera y Baruta. Su brazo, transformado en brújula, indica las vías hacia los Valles del Tuy, la Autopista Regional del Centro, El Paraíso, La Vega, Montalbán, Antímano y Las Adjuntas.

Herencia de fe

La capilla de San José, ubicada en la comunidad de Campo Alegre, recibe a los visitantes con un altar modesto y la mirada cabizbaja del Nazareno. Oralis Pérez de Aranguren, quien vive con su familia frente a la capilla, es la encargada de mantener el templo. Heredó la responsabilidad de su madre como parte de una tradición: los Aranguren recibieron la custodia de la capilla luego de que Manuel Teodoro Muñoz, benefactor de Campo Alegre, la construyera y donara al pueblo.

En la quietud de este santuario, López cuenta cómo el camino también fue empleado como ruta de peregrinación gracias al esfuerzo del padre Santiago Machado, cura de Maiquetía. Machado fue cautivado por el fervor que observó en el culto a la Virgen María durante un viaje a Francia en 1884. Antes de volver a Venezuela, pidió permiso a la municipalidad y retiró piedras del manantial cercano al altar, compró una imagen de la Virgen tamaño natural y regresó. 

Tras hablar con los feligreses de la iglesia San Sebastián de Maiquetía construyó en el templo una gruta a Nuestra Señora de Lourdes, lo cual dio inicio al primer culto a esa advocación en el país. Además, organizó un vía crucis para el día de la aparición y escogió para ello el Camino de los Españoles. La Virgen era llevada un día antes a la iglesia La Pastora y le hacían una misa a las 5:00 am. Posteriormente, la trasladaban a la iglesia de San Sebastián a través del camino.

La capilla de Campo Alegre se convirtió en la tercera estación del vía crucis de Nuestra Señora de Lourdes. La peregrinación cumplió 128 años y se sigue haciendo cada 11 de febrero.

Cultivos prehispánicos

La tercera parada del paseo regala una doble vista de Caracas y, al otro lado, del litoral central. Es el sector Dos Caminos, donde una pequeña loma representa el límite entre el distrito capital y el estado Vargas. Desde ese mirador natural se vislumbran los cultivos de Sanchorquiz, poblado que debe su identidad a la corrupción del nombre del militar y marino español Sancho de Alquiza, quien fue presidente de cabildo de Caracas.

Sus esclavos, traídos de África, no hablaban español, por lo que les costaba pronunciar correctamente el nombre de su amo. Los poblados de   Sanchorquiz y Hoyo de la Cumbre (el más alto de la parroquia Maiquetía) se dedican a la prestación de servicios y a la agricultura. Antiguamente eran pequeños caseríos en torno a las haciendas.

Sembradíos de brócoli, lechuga, cebollín, ajoporro, zanahorias y cilantro despiertan los sentidos: el aire se carga de aromas y el verde, en todos sus matices, llena el paisaje de frescura.

Los blancos de orilla, a quienes sólo se les permitía vivir a las orillas de las ciudades, fueron los pobladores de esa zona. La influencia canaria trajo las plantas de tuna, que aún forman parte de la vegetación del sector. López afirma que algunas de esas terrazas tienen hasta 1.000 años de antigüedad. Llama la atención que ningún cultivo está cercado, pues cada familia trabaja de manera conjunta y respeta los terrenos.

De vigías y defensas

Llegar al puesto de guardaparques El Fortín presagia un encuentro con la grandeza de las vistas que ofrece la montaña desde las ruinas del Fortín de San Joaquín de la Cuchilla, conocido también como el Fortín de la Cumbre. En esta meseta se puede acampar o tener un tranquilo picnic, rodeado de naturaleza e historia.

La construcción perteneció a la parte alta del sistema de defensa del puerto de La Guaira. Los sectores de La Atalaya, Castillo Negro y Castillo Blanco también formaron parte de este conjunto de protección. Humboldt, Simón Bolívar y Francisco de Miranda pasaron por el Fortín de la Cumbre, que conserva en pie sus merlonas (espacios por los que se asomaban los cañones).

España donó dinero para la recuperación y puesta en uso de lo que quedaba. Los arquitectos Graziano Gasparini y Nedo Paniz se encargaron del proceso de investigación: encontraron los planos originales y hallaron las bases en la tierra. No obstante, la recuperación fue abandonada, al igual que las de La Atalaya y Castillo Negro.

Media hora de caminata por un sendero de espesa vegetación conduce a la cima de Castillo Negro, a 1.500 metros sobre el nivel del mar. Aunque la subida puede agotar un poco, no es necesario ser un deportista ni tener una condición física excelente para alcanzar la meta. Al llegar, el viento es el protagonista: la fuerte brisa revuelve los cabellos, acaricia el rostro y susurra de vez en cuando. Quienes subieron en pareja se abrazan, pues el frío comienza a hacer de las suyas. 

Del fortín de Castillo Negro sólo quedan los cimientos. Allí se sientan algunos para recuperar el aliento y disfrutar de la vista, que –dependiendo de la neblina– dibuja una paleta de lilas, dorados y cobrizos. Entre una cama de nubes se divisa el mar, y del otro lado las luces de Caracas asemejan a cocuyos que pueblan el valle y sus montañas.

Cuando el negro lo absorbe todo, las linternas se encienden para mostrar el camino de regreso hacia los rústicos. Los participantes son llevados hasta la estación del Metro de El Silencio, donde se da por terminada la excursión. El Ávila se observa a lo lejos, ahora más grande y profundo. Espera paciente para revelar, a nuevos caminantes, sus secretos de historia y tradición.

Seis años recuperando caminos

Fundhea (www.facebook.com/Fundhea) cumplió seis años de dar a conocer la historia oral de Caracas mediante el Programa de Rutas Ecopatrimoniales. Para mayor información sobre sus actividades, visite la página en Facebook o escriba al correo fundhea@hotmail.com. También se les puede seguir en Twitter por @fundhea.