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Buenos Aires, la otra orilla de Cortázar

La Ruta Cortázar

La Ruta Cortázar

El 28 de junio de 1963 se publicó la primera edición de Rayuela. La capital argentina se presenta como un mapa literario para seguir las letras del escritor calle a calle

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Como si se tratara de Rayuela, novela que cumple medio siglo de publicada este año, Buenos Aires puede ser leída de manera azarosa. Perderse de modo voluntario entre sus calles es la consigna para quien desee advertir en ella el rastro de su narrativa.

Julio Cortázar sigue siendo un referente de la literatura argentina contemporánea. Aunque él mismo contribuyó en la formación de su imagen mítica, algunos de sus admiradores –similares al Club de la Serpiente de la misma Rayuela– han incentivado una especie de culto que los moviliza a emprender un viaje a su obra a través de las ciudades en donde vivió.

Su estampa ha estado muy vinculada a la vida parisina y por esa razón el turista literario suele desestimar al Cortázar porteño. Sin embargo, hay razones para pensar en la capital argentina como el sitio en donde el escritor entra por primera vez a lo fantástico y se inserta en un mundo de galerías, pasajes, cruces entre esquinas y avenidas monumentales. Por eso hay recorridos a partir de la lectura de sus primeros libros. La Ruta Cortázar puede hacerse, así, en varias etapas y de varias formas.

Páginas bonaerenses

Abriendo Buenos Aires al azar, uno puede situarse en medio de la plaza Miserere, en Balvanera. Se le conoce también como plaza Once por estar frente a la estación homónima del Ferrocarril Sarmiento. Sitio de encuentro y de comercio desde inicios del siglo XIX, confluyen allí las avenidas Pueyrredón y Rivadavia. La plaza tiene en su centro el mausoleo de Bernardino Rivadavia, obra del escultor Rodrigo Yrurtia, representando la única tumba de un prócer argentino en un contexto similar.

Se siente el eco del antiguo café en el que Delia Mañara, la inquietante envenenadora de novios de “Circe” (Bestiario), toma helado por las tardes veraniegas. Posiblemente se trate de “La Perla”, en donde jóvenes escritores como Jorge Luis Borges, en la década de 1920, se reunían para escuchar hablar a Macedonio Fernández. En “La escuela de noche” (Deshoras), Cortázar ubica allí a Nito y a Toto tomando “un cinzano con bitter”, en los años treinta, mientras planificaban una incursión nocturna al recinto en el que estudiaban.

A pocas cuadras de plaza Miserere se encuentra la Escuela Normal Mariano Acosta, sobre la calle General Urquiza 277. Allí Cortázar se gradúa como profesor normal en Letras en 1935. El gran edificio data de 1889 y está rodeado en la actualidad por pensiones familiares. En esta obra del arquitecto italiano Francesco Tamburini, artífice de la Casa Rosada y del Teatro Colón, pueden verse las altísimas rejas por donde Toto huye despavorido de su aventura juvenil.

Capítulo de café y arquitectura

Otra vez puede abrirse al azar el inmenso libro urbano y encontrarse, a tan sólo diez cuadras, con el barrio de Almagro. En la intersección de las avenidas Medrano y Castro Barros, interrumpida por la avenida Rivadavia, se abre un abanico de confiterías y cocheras. Para Mario, el otro protagonista de “Circe”, este cruce era el puente que posibilitaba una vida singular. Es fácil imaginarlo tomar la merienda en el café Las Violetas, fundado en 1884. Provisto de hermosos vitraux y un techo de doble altura ricamente decorado provee a sus comensales de una de las meriendas más alucinantes: el menú “María Cala Victoriano” que, además de incluir porciones de tortas y servicio de té o chocolate, ofrece una copa de champaña.

Al salir de Las Violetas y vía Almagro es posible toparse en la estación Loria del Subte A, con Claudia y Medrano, protagonistas de Los Premios, la primera novela del escritor y antecedente de Rayuela. Para Medrano el viaje de 10 minutos que la separan de la estación Perú lo ayudan a refrescarse, mientras hojea con avidez el diario Crítica.

Antes, se puede desembarcar para visitar el Monumento de los Dos Congresos. Esta obra del arquitecto paisajista Carlos Thays conmemora el Centenario de la Independencia argentina en 1910. El espectáculo visual que produce el conjunto, integrado por las tres plazas –del Congreso, Lorea y Mariano Moreno– refleja el proyecto urbano pensado para la capital del país que, por aquellos años, parecía invencible.

Como un buque encallado en Callao con Rivadavia, restalla contra el cielo la silueta de la torre de la Confitería El Molino, obra del arquitecto Francisco Gianotti. En un banco situado al frente Oliveira, de Rayuela, rumia sus alucinaciones con la Maga. Se levanta y camina sin rumbo hasta la avenida Corrientes al 1300, frente a la pizzería Los Inmortales o tal vez Güerrín, luego continúa ensimismado y Cortázar lo incita a cruzar hacia Libertad.

Apenas se dobla hacia esta calle de angostas veredas aparecen los avisos de joyerías. La libertad dorada culmina al llegar al cero en la nomenclatura y luego salta, como en la rayuela, hacia la Avenida de Mayo. En esta intersección puede hallarse al hombre sin cabeza de “Acefalía” (Historia de cronopios y de famas) buscando recuperar alguno de los sentidos perdidos, allí donde “proliferan las frituras originadas en los restaurantes españoles”. Quizás el propio Cortázar haya degustado la ensalada de pulpo y gambas o la paella del Restaurante Hispano, abierto desde 1957.

Brinco de rayuela

Ya sobre Avenida de Mayo se abre la estación Lima del subterráneo. En uno de los vagones La Brugeoise, descontinuados hace dos meses, viaja Carlos López, el alter ego de Cortázar en Los Premios. Al bajarse, entra al bar London City para conversar con el doctor Restelli mientras bebe una Quilmes Cristal. Cuando salga, cualquier lector podría imaginarse un extraño cruce entre él y el hermano de Irene, de “Casa Tomada” (Bestiario), que en la ventana de su casa de Rodríguez Peña decidió recorrer las librerías cercanas por si hay alguna novedad en literatura francesa.

Si se le ocurriera lo mismo que al protagonista de “El otro cielo” (Todos los fuegos el fuego) pudiera buscar esos libros en algún escaparate de la parisina Galerie Vivienne, a la que se entraba en la ficción por alguno de los dos accesos del Pasaje Güemes. Diseñado también por Gianotti, su techo está coronado por una cúpula redonda vidriada y cuenta, entre otros detalles, con pilastras de mármol Boticcino en su corredor. La ornamentación crea la sensación de ser esa “cueva del tesoro” en la que convive una simultaneidad de tiempos.

Tal vez la belleza de este viaducto hacia otras realidades induzca al turista a querer atravesarlo. Por tal motivo Cortázar solía señalar que los pasajes eran su patria. Y esto tan sólo puede entenderse si se camina por Agronomía, como Clara en “Ómnibus” (Bestiario), saboreando el sol “roto por islas de sombra” que producen los árboles enfilados, entre Tinogasta y Zamudio, como columnas vegetales. En el departamento 3°-7 de Artigas 3246, barrio de Rawson, residió el autor entre 1934 y 1951 con su madre y su hermana Ofelia, tras su infancia en Banfield.

Al visitar el barrio de su juventud se comprende lo fantástico en su narrativa. Las manzanas están atravesadas por el capricho de calles que dibujan una especie de rayuela. Estos pasadizos, labrados también por jardines sinuosos, contienen salidas inesperadas y retornos sorpresivos. El conjunto formado por el edificio, la plazoleta y las casas contiguas, aluden de manera directa a la periferia parisina. Puede afirmarse, entonces, que la París de Cortázar expresada en el distrito en donde escogió vivir hasta su muerte es, en verdad, la recreación del pequeño oasis de Agronomía.

Para el lector cortazariano la ruta porteña de su narrativa implica, ciertamente, una Vuelta al día en 80 mundos, en donde se recorren otras Geografías. También puede significar navegar hasta La otra orilla o cruzar Las puertas del cielo. Se viaja por el sentimiento de no estar del todo en un mismo sitio, tal como lo planteó en su obra y en su propia existencia el Cronopio Mayor.

“París es una enorme metáfora”

Julio Cortázar comienza a esbozar París en Las armas secretas. En la rue de Richelieu, en pleno barrio del Palais Royal, el protagonista de “Cartas a mamá” recuerda el caserón familiar de Flores y el café de San Martín y Corrientes. También en la ruta que, desde la capital francesa hasta la comuna de Saint-Cloud, emprende en auto la Madame Francinet de “Los buenos oficios”.

Cada año decenas de sus lectores viajan a la Ciudad Luz, entre otros motivos, para sentirse un poco partícipes de Rayuela. Su cartografía ha sido dibujada por muchos de ellos. Hay una París-Rayuela conformada –entre otros lugares– por el Pont Marie, desde donde Oliveira ve el amanecer bajo la lluvia; o la librería de la rue de Verneuil, donde La Maga juega con un gato; o el Carrefour de l’Odéon, sitio en donde Horacio come hamburguesas.

Es obligatorio el paseo por la Galerie Vivienne, en el número 6 de la calle homónima. Diseñada por François Jean Delannoy, se abrió al público en 1826. En su entrada por la rue des Petits-Champs hay unas cariátides que sostienen un balcón, muy parecidas a las del Pasaje Güemes. En el segmento de la rue de la Banque, se encuentra la Librairie Ancienne Moderne, una de las favoritas del escritor.