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Brasil para cada onda, una playa

Algunas son de agua de mar o de río, rodeadas de ciudades o desoladas

Algunas son de agua de mar o de río, rodeadas de ciudades o desoladas

Con casi 7.500 km de costa, las alternativas son tantas que no alcanzan los días del año, ni siquiera una década, para conocerlas

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1. Para alternativos: Alter do Chão (Pará)

Las playas de Alter do Chão son estacionales, aparecen entre agosto y enero, cuando el caudal del río Tapajós baja. Están en plena selva, a 35 kilómetros de Santarém, la segunda ciudad más importante del estado de Pará después de Belém, su capital. Y están de moda. Con arena blanca, posadas sencillas, pescados frescos de río que cocinan a la parrilla, frutos amazónicos y viajeros del mundo entero.

 

2. Para ir con bebés: Bombinhas (Santa Catarina)

Tiene más de 25 playas con características diferentes: solitarias, familiares, pequeñas, largas, escondidas. Eso sí, todas desembocan en un mar turquesa que abraza la península y hay muchas con agua calma y piscinas naturales, perfectas para bebés y niños. Las más indicadas son Praia de Bombinhas, Bombas, Zimbros, Canto Grande, do Cardoso y da Conceição. Las posadas son amplias y varias tienen habitaciones equipadas con cocina, también hay casas para alquilar y tiendas a mano para comprar desde palita y balde hasta pañales.

 

3. Para aventureros: Ilha Grande (Río de Janeiro)

Al no haber autos en esta isla, a 180 km de Río, solo resta caminar o navegar. Las playas están conectadas por senderos que atraviesan la Mata Atlántica, con distintos niveles de dificultad. El que va de la Vila do Abraão, donde está la mayor infraestructura de la isla, hasta Praia das Palmas, con un par de posadas y campings, se recorre en una hora y media. Es posible dar la vuelta a la isla a pie con un guía local; hay que caminar unos 14 kilómetros por día durante 5 días, se pasa por 20 playas y se duerme en posadas, casas de pescadores y en carpa.

 

4. Para aventureros, pero no tanto: Ilhabela (São Paulo)

A 200 km de la capital paulista, Ilhabela amerita una estadía de por lo menos tres días. Uno para visitar Baia dos Castelhanos, una aldea de pescadores que está sobre una playa con forma de corazón y a la que se llega en jeep o tres horas de caminata por la selva; otro para ir a la playa de Jabaquara, en el extremo norte, y uno más para practicar stand up paddle o kitsurf y por la noche salir a comer a la Vila y probar la caipirinha de hojas mixirica, una fruta parecida a la mandarina.

 

5. Para enamorarse: Jericoacoara (Ceará)

Hasta la forma de llegar es novelesca, a través de dunas y lagunas, a bordo de una jardineira, un camioncito con bancos de madera. La electricidad llegó hace 20 años a esta villa de pescadores donde siempre hay sol y las calles siguen siendo de arena. Igual, la mayoría de los restaurantes y bares usan velas, no para iluminar, apenas para mantener el encanto. El atardecer diario en la cima de la duna; las posadas tropicales; las hamacas en el agua de las lagunas que se forman con las lluvias; el fútbol en la playa; los pescadores y sus jangadas; el surf, el kitsurf, los surfistas y los viajeros que llegan desde los países más recónditos. Sea de alguien que uno acaba de conocer o de la pareja desgastada, enamorarse en Jericoacoara es más fácil que pronunciar el nombre de esta playa.

 

6. Para fiesteros: Morro de São Paulo (Bahia)

La Toca do Morcego es el chill out más famoso de la isla y sus dueños son unos argentinos visionarios. En música y atardeceres, nadie les gana. Morro está 260 km al sur de Salvador, en el archipiélago de Tinharé, y sus playas son amplias y numeradas. Cuanto mayor el número, más tranquila y alejada. Está llena de europeos, atraídos por el mix de playa más fiesta. Música electrónica, samba, rock, reggae y axé, la programación nocturna cubre todos los estilos. Hay fiestas el año entero, pero la temporada oficial empieza en noviembre con el Festival de Primavera: tres noches de recitales gratuitos en la arena. Además, todos los jueves se hace un Luau, fiesta de la luna, gratis y bien concurrida.

 

7. Para olvidarse del dinero: Maragogi (Alagoas)

Cuando pensamos en vacaciones, generalmente, viene a la cabeza una imagen como esta: una caipirinha a mano, los ojos entrecerrados por la modorra, el cuerpo meneándose con el vaivén de una hamaca colgada entre palmeras, arena que parece harina y agua color esmeralda a 30°. Así es Maragogi, que lleva ese nombre por el río que la rodea. Tiene una costa repleta de piscinas naturales, playas que no terminan nunca y dos resorts todo incluido que son exactamente como se ven en las fotos, el Salinas do Maragogi y el Grand Oca. Para pasar una semana haciendo nada y lejos de la billetera.

 

8. Para ir con amigos: Río de Janeiro

Una ciudad donde todo sucede puertas afuera tiende a ser amigable. Ipanema, desde Arpoador hasta el Posto 10, es donde va la juventud. El Posto 8 es LGBT y Leblon es más familiar. Copacabana es una mezcla de gringos –como los brasileños llaman a cualquier extranjero– y locales, de mañana es bastante tranquila. En la Pedra do Leme, hay varios barcitos nuevos y la playa en esa zona es siempre amena. En la punta derecha de Copa, están todas las barracas de stand up paddle, el deporte hit de la temporada. Arpoador sigue siendo el punto de encuentro para ver atardecer, y Prainha –pasando Barra da Tijuca y Recreio– es la más agreste y la preferida de los surfistas; para llegar hay que tomar el Surf Bus (www.surfbus.com.br).

 

9. Para ir de a dos: Ponta dos Ganchos (Santa Catarina)

No es una playa, sino un resort exclusivo en el municipio Gobernador Selso Ramos, a 40 km de Florianópolis; un lugar al que ni se le ocurra asomar la nariz si no es acompañado por su pareja o amante. No acepta menores de 18 años. El complejo tiene 25 bungalows de lujo esparcidos en un morro selvático; playa propia en el mar de la Costa Esmeralda; spa, jacuzzis privados con vista al mar; cancha de tenis, cine, lounge. Y detalles cuidados, como la posibilidad de comer a la hora que quiera y donde prefiera: en la isla de enfrente, el restaurante o el living de su cabaña.

 

10. Para ir sin celular: Caraíva (Bahia)

Está a 70 km de Porto Seguro, al sur de Bahia, y 7 años atrás no tenía electricidad. Cuando no es verano, ni julio –mes en que llegan los europeos–, Caraíva es de su propia gente, casi mil habitantes que viven de la pesca y recolección de frutos y mariscos. Para llegar hay que cruzar en bote el río, que también se llama Caraíva. No hay vehículos, las calles son de arena, las casas bajas, de colores, y la iglesia diminuta. Hay palmeras y almendros; hay una aldea indígena Pataxó a 6 km; hay comida simple, posadas simples.