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Autana Tepuy: la paz en la tierra

Para los piaroa es su montaña sagrada, el Árbol de la Vida. Por eso nadie puede ni debe subirlo. Por eso no hay paseos que lleven a los turistas al tope cada año. Por eso, y por unas cuantas cosas más, es un viaje imprescindible

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Sonaba exagerado, forzado y rebuscado. Cientos de kilómetros en autobús o avión, par de horas en jeep, cinco o seis horas más de río y, finalmente, unos cuantos kilómetros de caminata selvática. Todo para ver un tepuy. No subirlo ni explorarlo ni conectarse con él y toda su energía a través del contacto físico: solamente contemplarlo.

Hasta que comenzó el viaje. Ahora todo está en su justa medida. De forma cursi, inesperada, tanto camino se transformó en peregrinaje, en viaje sagrado hacia el lugar de devoción. Ya nada suena exagerado.

El Autana es un tepuy de piedra arenisca que ha estado en su lugar, ahora conocido como el estado Amazonas, desde la era Precámbrica. Eso significa que lleva ahí 4 millardos de años, más o menos. Que a su vez quiere decir que el Autana, como los demás tepuyes, es una de las formaciones geológicas más antiguas del planeta.

Pero más allá de eso, dice Vicente, el Autana es el Árbol de la Vida. El guía y director de Terekay Adventure, empresa turística que lleva varios años mostrando el tepuy, comienza a echarles el cuento a los 11 viajeros que se anotaron en la travesía. Aclara que la que va a contar es solo una de las muchas versiones de la leyenda que se escuchan por ahí.

La cosa es así, dice, mientras el bongo comienza a recorrer el Orinoco. Wahari, el dios piaroa, había decidido que todos los alimentos del mundo se encontraran en el Árbol de la Vida listos para ser tomados por quien los necesitara. Todo andaba bien hasta que tres huichú, especie de diablos, tumbaron el árbol para quedarse con todos sus frutos. Uripica, el protector del árbol, le avisó al dios Wahari, quien los convirtió en piedra. Lo único que quedó fue el comienzo del tronco, que hoy es el Autana Tepuy. Y frente a él los tres diablos petrificados que se ven, en forma de montaña, cuando se está por llegar.

Pero para eso todavía faltan varias horas de peregrinación. Apenas quedó atrás Puerto Samariapo, el caño del Orinoco desde el que salen bongos, curiaras y voladoras que van cargadas de gente, comida y gasolina hacia decenas de comunidades indígenas –la mayoría de etnia piaroa– que quedan a las orillas del río.

Por ahí comienzan a aparecer cerros verdes que sí, son grandes e imponentes y hacen que más de uno saque la cámara, pero que aún no son, ni de lejos, el tepuy que todos los viajeros buscan. De pronto el río ya no es el Orinoco sino el Sipapo. En el punto de intersección de los dos ríos chocan el agua marrón del primero y el agua verde-azulada-oscura del segundo. La gente habla, escucha música, lee, toma fotos, cambia de posición para que no se les duerman las piernas y vuelve a mirar en todas las direcciones para absorber los paisajes que no se parecen a nada de lo que habían visto antes.

Hasta que el bongo desacelera, cruza a la izquierda y entra en escena El Caldero: un nudo de pozos y pequeñas cataratas que bajan por las superpiedras. Todos se dan el primer baño amazónico y ahora está tan buena la cosa que nadie se quiere ir.

Pero por muy buena que esté el agua helada que masajea y revitaliza, lo que viene es mejor. Lo dice Vicente, que apura a la gente para seguir el camino que todavía es largo. Lo dice, también, el estómago: ya andando en el bongo, se vuelve a sentir una fuerza rara, una energía brutal que le imprime a todo el mundo una cara de pendejo feliz.

Megaenergía empujada por el doble arcoiris que acaba de aparecer. Y el atardecer amarillo y después rojizo que se instala por todas partes. Y los atajos que comienza a tomar el bongo por pasadizos salidos de la película Anaconda, en los que la naturaleza se hace más íntima y cercana que nunca en la vida. Y la brisa, el cielo, lo pequeño que hace sentir toda esa inmensidad. Y los dos pájaros que pasan volando y son tan diferentes a los pájaros que vuelan sobre las ciudades. No por el color ni la forma de volar ni nada de eso. Son unos loros normalazos. Lo diferente es que ahí, sobre el río Autana –ya no Sipapo–, los dos pájaros están en su casa, recorriendo el paisaje que ha sido el mismo durante millones de años.

Después de otro rato de hipnosis aparece finalmente el Raudal de Ceguera, comunidad en la que está el campamento. Ahí, además de la churuata con los chinchorros y la cena, espera una vista todavía más hipnotizante: un cielo en el que se ven todas las estrellas, en el que no falta ni una sola. Un millón y medio de luces rodeando la silueta negra del Autana Tepuy y los tres diablos petrificados.

Pero esa postal nocturna no se recuerda al día siguiente. Tampoco El Caldero ni el Orinoco ni los dos pájaros que volaban tan en su hábitat natural sobre el bongo. Al bajarse del chinchorro, caminar tres metros y ver, por primera vez, el Autana y a su lado los tres huichú, se olvida todo. La paz aplasta y levanta a la vez.

Nadie tiene palabras, nadie dice nada. Puras sonrisas, puro “qué bolas”, puro quedarse petrificado como los tres diablos pichirres que querían todos los frutos del mundo para sí. Así un rato, hasta que cada quien se entrega de forma diferente al tepuy: reflexión, yoga, tai chi, tomar fotos, hacer apuntes sentimentales y reflexivos. Mucha, mucha sonrisa. Y un baño de río que no puede existir en ninguna otra parte.

Y eso que todavía no se ha disfrutado de la que es, según Vicente, la mejor vista del tepuy y el cerro de los huichús: desde el tope del cerro Uripica, el vigilante del Árbol de la Vida. Así que a ponerse el par de zapatos que sí se pueden mojar y a subir.

Dentro de la selva el sol no se filtra sino por alguna que otra rendija que deja tanto árbol y solo se respira humedad. El piso es casi todo raíces y no hay ningún camino trazado ni pisado ni nada. Pincho, el guía piaroa que acompaña a Vicente, va haciendo pequeños cortes en algunos árboles con su machete para que los últimos del grupo sepan por dónde ir. En varios puntos hay que atravesar riachuelos y pozos caminando sobre troncos caídos. Al principio todos evitan que se les mojen los zapatos, pero a la media hora se resignan y caminan libremente, metiéndose al agua hasta las rodillas.

Hay moriches, palmitos, pendare y decenas de especies de árboles más. Hay hongos que crecen de sus troncos y raíces, sapitos negros con rayas fosforescentes, arañas, mariposas enormes. De la nada sale corriendo un cochino salvaje que casi le da un infarto a dos del grupo. Hace una semana, jura Vicente, vieron pisadas de tigre por ahí mismito. Esto es selva virgen, salvaje y muy, muy poco transitada. Selva de verdad.

Hasta que, después de dos horas y más o menos 400 metros ascendidos, se abre la vegetación y se llega a un primer mirador desde el que se ven los huichús aún más imponentes, más verdes, más ruinas del mundo. Y rodeando a los tres diablos en todas las direcciones, extendiéndose hasta el infinito, una mínima fracción de la Amazonia, el bosque tropical más grande del planeta.

La única razón para abandonar esa vista es la promesa de que, del otro lado de una pared casi vertical, 30 metros más arriba, está una panorámica superior. Desde allá se ve el tepuy, prometen. Todo el mundo a escalar el último tramo de peregrinación.

Y ahí está: el Autana, Árbol de la Vida, de frente, cerca, sin nada de por medio. Ahí está la paz tangible que decidió escaparse del resto del mundo para quedarse ahí echada, posando, ofreciéndose. La palabra indescriptible se inventó exactamente para esta ocasión.

Contacto

Terekay Adventure

Vicente Barletta

Teléfonos: (0426) 776 5402 / (0426) 311 6264

Correo: terekayadventure@hotmail.com

 

Cómo llegar desde Caracas

- Autobús: dos o tres buses diarios salen desde el terminal La Bandera (normalmente arrancan en la tarde-noche). No venden pasajes con anticipación, así que se hay que madrugar para comprarlos. Se recomienda ir a las 5:00 am.

- Avión: la única aerolínea que vuela actualmente a Puerto Ayacucho es Conviasa. Salen aviones desde Maiquetía todos los días menos los sábados

 

Impelable

Nadie debe dejar pasar la oportunidad de comer en el restaurante La Pusana en Puerto Ayacucho. Auténtica comida amazónica con bachaco y todo. Jugos increíbles de frutas locales que no existen en ninguna otra parte. Atención personalísima de parte de la dueña, la Nena Silva, y sus hijas. Avenida Aeropuerto, sector Los Lirios, diagonal a la residencia del gobernador.