• Caracas (Venezuela)

Valentina Quintero

Al instante

Una gira golosa por la Colonia Tovar

Cuando le pregunto si hace el pan prote, contesta categórica | Foto Pisapasito

Cuando le pregunto si hace el pan prote, contesta categórica | Foto Pisapasito

También hace los pretzel dulces y salados, unas bombas rellenas de dulce de leche o de chocolate y panes pequeñitos, redondos, salados, que son una divinidad

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Los primeros alemanes llegaron a la Colonia Tovar en 1843. Ahí se mantuvieron aislados por más de un siglo. Nos cuenta un amigo que si salían los metían presos. Ignoro si es leyenda o realidad que la presión era tan radical, pero lo cierto es que cuando finalmente se hizo la carretera hasta El Junquito, llegaban hasta ahí y seguían a la Colonia caminando y en mulas. 

No fue sino durante el gobierno de Rómulo Betancourt cuando se construyó la vía hasta los hogares alemanes. Se solicitó un cierto control con el turismo y protección para los habitantes de siempre en lo que se refiere al comercio y las tierras. Cuando llegó la primera visita observaron con estupor cómo arrancaban las flores de los jardines y lanzaban basura.

Con los años la convivencia se ha hecho más armónica porque ambos se benefician. Los colonieros al compartir sus valores, los sabores, el espíritu de trabajo, los huertos y hasta la música. Los visitantes al disfrutar del clima, el paisaje, las gentilezas, tremendas comidas ricas en colesterol, postres poco usuales y muy frescos, panes contundentes y las míticas fresas con crema.
Pero no todo es felicidad en este pueblo de techos picudos y ventanas de madera. No hay agua.

Esto les impide aumentar la capacidad de hospedaje. Resulta insólito en esta zona de montaña donde da la impresión de que el agua cae por los cuatro costados. Debería llegarles desde Hidrocentro en Vargas, pero nada. 

Viven más del turismo que de la agricultura aunque jamás ha habido cifras oficiales de visitantes. Han consolidado su marca Hecho en la Colonia Tovar. Se aplica a embutidos, cerveza y dulces. Son casi 30.000 habitantes aunque el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) registra apenas 15.000. Todos deberían tener derecho a la nacionalidad alemana, pero no se las conceden. Su lengua es el alemán coloniero. Aseguran que cuando llegan alemanes se asombran con ciertas palabras que ni siquiera reconocen. Tienen planes para activar el Archivo Histórico de la Colonia.

Recorrido por el colesterol. Todos amamos las suculencias de nuestro rincón alemán en Aragua. En esta ocasión visitamos a Gunter Hubrig de la Charcutería Gunter. Estudió para ser maestro charcutero, llegó a Venezuela para trabajar en Charcutería Tovar hasta que montó su negocio propio. Es gordo, divertido cuando se entiende su humor alemán, conversador si logra que se sienta cómodo y tremendo charcutero. 

En muchos restaurantes compran sus productos, tanto rodillas como salchichas, pero si quiere probarlo con toda certeza puede comprarlos en su tienda, establecida en su propia casa, o comerlos feliz los fines de semana en el improvisado restaurante que armaron su hija y una socia en la parte delantera del hogar. Es una maravilla. Un techo, bancos y mesas de madera, con vistas al  paisaje, mientras salchichas envueltas en tocineta dan vueltas en un aparato y despiden aquel olor que trastorna el paladar. Las sirven como pinchos con una salsita curry especialidad de la casa o en perros calientes. También ofrecen jugos, fresas con crema y galletas. 

Si quieren sabores para llevar, pasan a la tienda donde la esposa de Gunter se ocupa de ofrecer las maravillas que hace su marido: salchichas picantes, pastel de carne, paté ahumado, rodillas, jamón Selva Negra y toda clase de salchichas gordas y gustosas.

El plato nacional es la rodilla de cochino. Hervida o al horno. En ambos casos se hierve primero, lo que ocurre es que la segunda tiene tostaditos crujientes que son hipersuculentos. La hemos probado en el Hotel Bergland preparada por Andrés Redneris,  espléndido chef alemán y dueño del hotel. También la que ofrecen en el Hotel Selva Negra, especialidad de su dueño Ronald Gutman, quien ha guiado a su maravillosa jefe de cocina Karly Negrín. Es muy divertido, pues como ella adora la cocina italiana, los fines de semana varía el menú y ofrece algunas de sus especialidades. 
Siguen famosos los desayunos con charcutería y variedad de panes y mermeladas, el infaltable chocolate y los jugos de durazno, mora o fresas. Debo recomendar de manera especial las ensaladas, hortalizas y vegetales en el Hotel Selva Negra. Llegan directo del huerto orgánico de Alfonzo Ramos, un coloniero que ya perdió el apellido alemán. Es un entregado. Lo vimos llegar con lechugas de muchas clases, acelgas amarillas, tomates diversos y flores comestibles moraditas y rojas. La ensalada cruje en los oídos. 

Panes y cerveza. Cuando los colonieros se instalaron en estas montañas, una de sus primera urgencias fue hacer cerveza. Los hermanos Karolina y Theodoro Benitz inventaron la Benitz al mes de llegar. Fue por eso que resolvieron sembrar cebada, pero luego se perdió la tradición. El caso es que un alemán requiere la cerveza y le gusta la suya. En estos predios pueden probar la Coloniera, ya sea en sifón o en botella. Otros muchachos recuperaron el nombre de Benitz para rendirle homenaje a la primera cerveza de Venezuela.  Cuando anden por ahí, prueben las cervezas locales. Hacen tremendo maridaje con salchichas y rodillas.

El pan es otra historia. Los primeros habitantes se fajaron a hacer pan. Como el trigo no existía, utilizaron ocumo y maíz. Luego sembraron trigo y llenaron el pueblo de molinos, ya todos desaparecidos lo mismo que las siembras. De ese mestizaje salió el pan prote. Visitamos a Gaby Baumgartner, una panadera con estudios en Alemania. Llegó a la Colonia acompañando a su marido y ahí sigue, entregada a su oficio desde las 2:00 am para que el pan esté en hoteles y restaurantes para el desayuno. 

Cuando le pregunto si hace el pan prote, contesta categórica: “No. Hago el pan alemán” y le crees en cuanto lo ves. Es denso, muy negro, pesado, exquisito. Peter –mi gran amigo alemán– deliró con ese sabor que le removió la infancia. También hace los pretzel dulces y salados, unas bombas rellenas de dulce de leche o de chocolate y panes pequeñitos, redondos, salados, que son una divinidad.

Tiene problemas con la harina y a veces con el gas, pero insiste en su oficio. Su hija Felícita la ayuda, pero no quiere ser panadera para siempre. “Los panes no me quedan igual. A mi mamá los pretzel le salen todos idénticos, parejitos. A mí no. Además me gusta dormir”. Es muy honesta. Pero por los momentos se faja en sus ratos libres.