• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

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Valentina Issa Castrillo

La vida por una opinión

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Son comunes para mí los debates acalorados sobre temas controversiales o “fronterizos” (por su dificultad de ser blancos o negros). Ya sea porque me inclino hacia las visiones más liberales, minoritarias o diferentes, o porque en medio de posturas confrontadas puedo ver las cosas en escala de grises, con frecuencia termino discutiendo apasionadamente con otras personas que no comparten mi visión. Por algún motivo defiendo la voluntad de expresar descontento de los barceloneses entre españoles profundamente republicanos y juristas puros; el matrimonio y derecho a la propia familia de personas del mismo sexo entre conservadores; a veces a Capriles y la MUD entre puristas y fanáticos de “la salida”; y a las misses calvas que retan con dignidad los estándares tradicionales de belleza entre espectadores asiduos del Miss Venezuela.

Es una posición agotadora la mía, eso de ir “contracorriente” no es algo que precisamente disfrute, pero es mi naturaleza y no por exasperar a otros o por ser impopulares o incómodas dejo de expresar mis opiniones. Hacerlo es algo que necesito para vivir, casi como el agua. Y no solo la expreso en debates de coctel, las escribo y las comparto, busco difundirlas, rebotarlas, buscarle la lengua replicadora a quienes pueden no estar de acuerdo conmigo. E intuyo que el afán no solo de formarlas, sino de propagarlas a la mayor cantidad de personas posibles es una necesidad humana. No hay mayor prueba de ello que el uso –y abuso– del hashtag como herramienta de difusión de nuestros pareceres en las redes sociales para que todo el que introduzca numeral algo en el buscador dé con ellos y los lea. La comunicación es una necesidad casi orgánica, esencial, y sus términos no están supeditados necesariamente al agrado de unos u otros.

Pero lamentablemente no todos tienen el coraje y la disposición de articular ideas, prefieren aniquilar y sacar del medio a quien hace lo que ellos no se atreven a hacer, comunicar al mundo su visión de las cosas.

No pretendo entrar en profundidades jurídicas sobre las dimensiones y derechos asociados a la libertad de expresión y los de quien pueda sentirse dañado u ofendido por las opiniones de otros, pero cuán diferente sería el mundo hoy si quienes están detrás de la masacre en Charlie Hebdo hubiesen pedido a ese medio ejercer en sus páginas el derecho a réplica por las imágenes que consideraron ofensivas a sus creencias, en vez de expresarse con ametralladoras, sangre y dolor indiscriminado. Quizás su mensaje hubiese sido más efectivo así, quizás hubiesen logrado sensibilizar a otros sobre aquello que consideran sagrado.

Cuán desgarradora y fútil es la pérdida de una –doce– vidas por la libre expresión de opiniones incómodas para algunos, pero si algo queda claro es que los autoconsiderados mártires perpetradores de la masacre de Charlie no lograron su objetivo de sembrar miedo en quienes quedaron vivos. Quienes perdieron la vida por una opinión viven en los comunicadores sobrevivientes de esa revista que trabajaron duro y con valentía por sacar la edición de esta semana a pesar del shock y el dolor, nada más y nada menos que con la imagen del profeta Mahoma en su portada; en todos los franceses que salieron a las calles masivamente a defender el derecho de todos de decir lo que pensamos sin morir en el intento; en todos los que nos apropiamos y difundimos a gritos de la frase Je Suis Charlie, y buscamos expresamente ver e incluso reproducir, las irreverentes caricaturas capaces de desencadenar tanto horror; en los miles de nuevos suscriptores de Charlie Hebdo; y en definitiva, en quienes este ataque constituyó un estímulo para opinar más y buscar más información y no una amenaza.

No porque nos agredan debemos dejar de ocupar los espacios que hemos ganado y que aspiramos a alcanzar. La salida oportuna y en su estilo acostumbrado de la edición de Charlie Hebdo de esta semana honra aquello que ejercían con desenfado quienes murieron y que debemos preservar con insistencia, sin desmayar y sin violencia.