• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

Al instante

Valentina Issa Castrillo

Y la vida continúa

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No da la memoria para inventariar la cantidad de escándalos que se han develado y denunciado por distintas vías y fuentes en los casi 16 años de ocupación del chavismo en el gobierno. Son de variadísima índole, desde presuntos hechos de corrupción, peculado, abuso de poder, violaciones de derechos humanos, vinculación directa de funcionarios con organizaciones de crimen organizado y delitos sonoros y horrendos, pases de facturas personales, encubrimientos y obstaculización conveniente de la justicia, chantajes, pactos con detractores y contrincantes, hasta chismes comunes sobre amantes locales y extranjeras(os), preferencias sexuales, violencia doméstica, fajos de billetes, conflictos por habitantes indeseables en casas oficiales, lujos, excesos y adicciones.

Todo presunto, por supuesto. Nada comprobado, todo a nivel de pálpito, lecturas profundas de miradas sinceras o insinceras, y testimonios de gente con rabo de paja o de credibilidad comprometida. Todo mezclado y maleado en el espacio público en el que aparece y desaparece entre el bombardeo noticioso y el caos de cada día, nunca anclándose, comprobándose ni desestimándose a ciencia cierta.

Sin embargo, la duda sí queda sembrada haciendo mella en reputaciones y nociones colectivas. No hay pruebas reconocidas ni remotamente consideradas por ninguna autoridad, pero todos sabemos de alguna manera lo que cada quien es y hace. Todo el mundo es inocente hasta que se pruebe lo contrario, pero todos sospechamos con sólidas percepciones de la culpabilidad de algunos. Sin embargo, nada cambia, esos algunos siguen aferrados a sus posiciones de poder. 

Escándalos que en otros países llevarían a la dimisión voluntaria e inmediata de funcionarios investigados, incluso sin que se haya comprobado definitivamente su responsabilidad, en Venezuela pasan al olvido después de pimponeos de acusaciones y la defensa pública de los pares no necesariamente por lealtad, sino por preservación del clan y cambio de favores posteriores.

Y los ciudadanos nos limitamos a comentarlo entre nosotros en el ascensor o el pasillo, y nos despedimos rogándoles a Dios que el último escándalo descubierto tenga alguna consecuencia, produzca así como por arte de magia el cambio que tanto anhelamos. Al fin y al cabo, una cosa tan grave no puede pasar por debajo de la mesa, lo cantó alguien cercano a las esferas de poder, después de 16 años de silencio, claro, quizás en un ataque de arrepentimiento y redención, quizás en medio de la paranoia por las amenazas externas de acorralamiento y persecución, quizás sangrando por la herida de haber sido excluido arbitrariamente de esquemas de beneficios y privilegios.

Todo presunto, nada cierto, todo en percepciones solidificadas. Igual, como siempre, después del escándalo no pasa nada. Perdimos la capacidad de asombro, o a lo mejor nunca la hemos tenido.