• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

Al instante

El Estado malcriado

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Tienen años acostumbrados a pisotear con resentimiento acumulado y rancio, y sin mayor coto. Sin que nadie los llame “al botón”, más bien aupados a llevarse por el medio y humillar públicamente a quienes les opongan, todo a cuenta de estar en la lista correcta, en el pueblo remoto correcto, y con la mano alzada por el comandante correcto. A golpear y romper narices, a dejar al oponente sin sonido en medio de su discurso y doblando con la boca.

Tienen años acostumbrados a oír el sonido de sus voces y más ninguna. Las propias y las de sus camaradas, encadenadas sin pausa ni desconexiones de micrófono, llenas de gritos –como si el amplificador de sonido no fuese suficiente– y salpiques de saliva, con closeups directos de las cámaras de la televisora pública de todos los venezolanos, colocadas y anguladas estratégicamente para comunicar y transmitir su conveniencia. Qué sabroso ha sido escucharse a ustedes mismos en discursos trasnochados e incongruentes con su estatus y estilo de vida personal, y en muchos casos su edad, haciendo referencia a la cabeza del poder que debían estar controlando, presente en el hemiciclo en gigantografía de cuerpo completo, y como ícono de veneración.

Vienen acostumbrados también a debatir rechazos categóricos y contundentes redactados en numerosos “considerandos” contra la Iglesia, el imperio, los amigos del imperio, los enemigos de la paz planetaria, y a levantar la mano automáticamente para aprobar créditos adicionales al presupuesto. A otorgar leyes habilitantes ilimitadas en tiempo y materia como cheques en blanco, y a pasar videos dirigidos a ridiculizar y menoscabar al oponente, y sin ningún tipo de sustancia, fruto ni valor para el quehacer diario de un país que clama oxígeno y alimento. A no trabajar, pues. A sentarse ahí a calentar el curul, a chatear por el celular, y a burlarse de María Corina.

Por muchos años esto se los permitió un voto, cuestionable, pero voto al fin que ustedes interpretaron y usaron como endoso al portador y permiso para todo, en nombre de la revolución y un “socialismo” por el cual nadie votó, en primer lugar.

Pero ya no los votan más. Los botan, que es muy diferente. Y por eso ahora, los poquitos que quedan pataleando, se ponen malcriados y se meten debajo de las faldas de un poder judicial tan desviado de su sentido como ustedes, para procurarse por la vía de las decisiones tomadas por diez lo que no obtuvieron de los millones de venezolanos que salieron a darles un tatequieto el 6 de diciembre.

Como que no les quedó claro el mensaje, insisten en seguir molestando a un pueblo con hambre. Aprender a perder y a convivir barriga con barriga con el oponente, a sobrevivir sin poder absoluto, a respetar la voluntad colectiva, a escuchar y respetar otras voces distintas a las propias es contra-intuitivo para ustedes. Pero seguir con malcriadeces solo puede elevar el hartazgo que ya es evidente.