• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

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El mal ejemplo

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Nacieron y crecieron en un entorno con oportunidades relativamente limitadas, pero accesibles. Fueron al liceo, y uno de ustedes, a la universidad. El otro no, el otro optó por la “escuela de la vida” y la formación política “de calle”; esa que enseña a ser sindicalista de profesión y práctica, y rara vez trabajador. La que te lleva a ocupar espacios y cuotas, a negociar posturas. La que es perfecta para quienes padecen de flojera mental.

El camino hasta acá ha sido largo y sinuoso, y empezó con una observación callada y recelosa de otros que estaban en el poder y que a ustedes los hacían sentirse excluidos. Ustedes, el pueblo, estaban lejos de la toma de decisiones, mientras otros entregados a intereses corporativos o imperiales determinaban el futuro de la mayoría trabajadora. O eso decían de la boca para afuera, lo que realmente sentían era envidia porque eran ellos y no ustedes en el poder, agarrando, gozando. Ahí empezaron las malas lecciones: de su observación recelosa aprendieron que lo que vale en la vida es “estar donde haiga” algo que agarrar, alguien a quien adular.

En ese momento llegó a sus vidas un líder potencial con necesidad de muchos aduladores envidiosos de otros como ustedes. Solo tomó sembrarles un poco de orgullo y ofrecerles una carrera de servilismo a su lado, con promesa de que algo les iba a tocar en algún momento. Instrucciones: dediquen las horas y entreguen la dignidad, utilicen la envidia como una pistola llena de balas contra cualquiera que quiera bajarnos del coroto, cumplan órdenes sin cuestionar, extiéndanse hacia otros órganos del poder, agarren donde consigan. Ahora comemos nosotros.

Y ahí empezaron otro set fresco de malas lecciones. No hace falta estudiar, hablar idiomas, ni saber de nada para ser ministro o diputado; si votan por nosotros, quiere decir que podemos hacer lo que queramos, usar las reglas a nuestro favor, el apoyo popular es un cheque en blanco, compañeros; que estemos en el poder también significa que los recursos del país son nuestros para utilizar, bastante que nos costó llegar aquí, nos lo merecemos. Dinero y prerrogativas: nos tocan. El pueblo entiende, sabe que son lujos que vienen con el cargo. Además, el pueblo nos ama, en todo caso querrán ser como nosotros, llegar donde nosotros llegamos (aunque sabemos que no van a llegar).

Así, colaborativamente con otros envidiosos reivindicados como ustedes, movidos por las mismas aspiraciones y lecciones, fueron armando un tejido de poder impenetrable, controlado en todas las instancias y niveles, acompasado con secretismos, sobornos, pisoteos, arbitrariedades, intimidaciones, abusos de poder. Y ahí empezaron a creerse más allá del bien y el mal, todo el mundo tiene un precio, a cualquiera se le moja la mano, todo el mundo tiene rabo de paja, todo el mundo es capaz de arrodillarse. Tú ves, empezaron a juzgar a todo el mundo por su condición.

Y se acostumbraron a “surfear” escándalos. Esos que en otras latitudes hacen renunciar a autoridades, en nuestro país se desechan, se les quita importancia, se acusa a otro, total, ya vendrá otro escándalo hacia el cual desviar la atención, todo es periódico de ayer, ¿no se olvidaron del señor aquel que viajó con maletas de dólares para una campaña política en Suramérica, y de la cosa esa con la comida podrida? ¿Que en otro país los políticos renuncian cuando los agarran a ellos o a sus allegados con las manos en la masa? Jaja. ¡Bien pendejos ellos!

Mientras actuaban, su descendencia consanguínea y afín, adoptiva y natural, filial y no filial, partidista o civil, miraba, observaba, aprendía, absorbía, grababa en el disco duro... y se incorporaba a la dinámica. Las malas lecciones los han llevado lejos con libertad y sin ser tocados, ¿malas? Malas no son. Lo que pasa es que les crearon la ilusión en sus cabezas de que aplican más allá de su mundillo controlado, les hicieron perder la noción del alcance espacial de su chapeo. Se regodearon tanto en su propia astucia que no contaron con la ajena, y sus tácticas, efectivas e intimidantes en su patio, pero risibles y patéticas en el resto del mundo, se hicieron públicas, llegaron a oídos que no temen represalias por contarlas. Tú ves, les salió el tiro por la culata.

El final de esta historia es que, producto de su mal ejemplo, su ignorancia y las malas lecciones aprendidas, la cámara escondida agarró a su prole in fraganti. Y seguro les duele, pero les está tocando renegar de ella. Cuidado, los cuervos sacan ojos.