• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

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Tenemos las prioridades mal planteadas en el país. Y lo que resulta más dramático es nuestra capacidad de ajuste, de adaptación, y finalmente de resignación cuando ya no se puede hacer más nada. No sé si somos estoicos, de piedra, una raza que todo lo aguanta, como me una vez me dijo un epidemiólogo avezado, cuando discutíamos los posibles estragos de la gripe AH1N1 en 2009. O si es que lo absurdo se nos ha hecho tan cotidiano y normal que ya no tenemos capacidad de reacción. Ya es normal morirse de tensión alta o por falta de algún medicamento en Venezuela.

Y la vida continúa sin que nadie dé la cara por eso. Bebés prematuros, parturientas, niños con leucemia, muertos. O aguantando dolor porque sus padres no consiguen acetaminofén, o no tienen plata para comprarla por cinco veces su valor en el mercado negro. Y solo se conocen algunos casos que llegan a los medios digitales o a la AN por intermedio de la bancada opositora, no me quiero ni imaginar la cifra negra.

Por supuesto que la mayoría de venezolanos enfermos no tienen ahorros en dólares para ir a tratarse fuera del país, o para comprar las medicinas con el servicio en dólares que ofrece Locatel. No todos los venezolanos son Gualberto Ibarreto, a quien Maduro le mandó personalmente una medicina para tratarse el Parkinson, en respuesta al llamado abierto de “servicio público” que tuvieron que hacer sus hijos por las redes sociales. Gracias a Dios por Gualberto Ibarreto, pero se pregunta uno cómo se hace para que aparezcan así, como por arte de magia, para todos los que las necesitan (¿será que si todos le escribimos directamente a @NicolasMaduro con la lista de medicinas, nos las proveen?).

Se pregunta uno dónde se tratan los señores del gobierno y sus allegados sus dolencias, o si alguno de ellos deja de dormir alguna noche frente al prospecto de que sus hijos o nietos puedan morir en situaciones fútiles y condiciones perfectamente tratables con insumos y medicinas. Supongo que no, porque no es un problema para ellos. Ellos tienen dólares, y los medios para solicitar la reserva del último piso completo de una clínica privada por una semana por el nacimiento del primogénito.

Y es que su prioridad no es hacerle frente a la alerta de la Cámara Farmacéutica del agotamiento de inventarios en abril, ni reactivar la producción de medicinas, ni buscar la manera de pagarles a los proveedores de materia prima a los que se les debe un dineral, ni asegurarse de que haya agua en todos los hospitales del país para evitar infecciones e incomodidades a los pacientes. Su prioridad es echarle el muerto a El Niño, a Lorenzo Mendoza, a la “guerra económica” y a los esquemas internacionales de desprestigio, mientras se aferran al poder con las uñas porque ni bolsas que fueran para perder sus privilegios. Lo poquito que hay, pa’ ellos.

Pues la sequía, el calentamiento global y sus potenciales efectos en nuestra vida cotidiana han sido perfectamente previsibles por años, y la falta de agua en períodos de sequía es algo que se puede paliar. No hay que ser físico nuclear para saberlo. Pero el gobierno ha sido incapaz de adelantarse, invertir en infraestructura y prevenir. Ellos tienen agua, no es importante.

Y para ser tan eficientes y lapidarios en el uso y abuso de los poderes públicos, sorprende que sean tan incapaces de ganar la “guerra económica” de la que tanto hablan. La razón es simple, tal “guerra económica” no existe. Guerra económica es haber convertido a Venezuela en un país absolutamente dependiente de un petróleo que ya nadie quiere y con precios en picada, incapaz de autoabastecerse de las cosas básicas, e hipotecado a los chinos en las décadas por venir.

Que se vayan ya, y dejen que otros que sí tienen ganas e ideas claras sobre qué hacer entren a trabajar y a ocuparse de lo importante: la vida de los venezolanos. Por eso fue que los botaron el 6-D. Apártense y dejen respirar.