• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

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Valentina Issa Castrillo

Nuestra cultura de la muerte

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Recientemente leí un artículo de la escritora Laura Restrepo publicado en marzo de 1990, y escrito después de una larga “pasantía” en los barrios de Medellín estudiando y experimentando en primera persona las dinámicas de violencia de una ciudad que en los últimos 25 años se ha paseado por picos y bajones en cifras de actividad delictiva, y que ha sido pionera en ocupar los sitiales de honor de los rankings de violencia en América Latina. El artículo titulado “La cultura de la muerte” parte del lapidario reconocimiento –ya evidente en 1990– de una generación entera de colombianos que no conocía la posibilidad de “morirse de viejo”. Leerlo fue como verme en el espejo, tuve que hacer el esfuerzo de repetirme reiteradamente que fue escrito hace 24 años, y que se trató de una ciudad en Colombia y no de Caracas.

“Matar es una forma de poseer al que de otra manera no se entrega: yo dispongo de su vida, luego soy su dueño…”, suena aterradoramente familiar en nuestra propia cultura de la muerte con códigos de violencia gratuita y esquemas aspiracionales en la que robar no basta, hay que matar también aunque la víctima ceda sin oponer resistencia; y hay que matar con 9 o 10 balas, pues las una o dos necesarias para hacer el trabajo no son suficientes. Balas sobran, y escasean alternativas a la escuela de la delincuencia.

Ya he comentado en el pasado sobre la elección que enfrenta la mayoría de jóvenes y niños venezolanos entre la educación pública mediocre en un entorno que los pone a ganar sueldo mínimo de 4.888 bolívares (que se devalúa con el paso de los minutos), y la dinámica de poder y riqueza rápida que ofrece el crimen. En situaciones precarias de familias numerosas y dependientes de una madre con trabajo eventual, informal y por día en el mejor de los casos como único sustento, no extraña que los jóvenes opten por la ruleta rusa cotidiana en el que tienen tanto chance de ser perpetrador como víctima, sean los principales habitantes de las cárceles, y que su principal causa de muerte sea el homicidio, como lo indica el informe “Ocultos a plena luz” de Unicef.

Frente a esta realidad cultivada por acción y omisión durante los últimos 15 años, el gobierno, que utiliza y manipula cifras oficiales de organismos internacionales a su conveniencia, solo se defiende o apunta a realidades violentas de otros países. Ante su negligencia frente al tema que raya en la violación de derechos humanos, algunos se excusan diciendo que la “revolución” no puede resolver en 15 años problemas acumulados de 200. No hay duda de que tienen otras prioridades antes que atender una cultura que está diezmando a la población como una pandemia.

En el camino, la muerte en Venezuela va tomando un rumbo irreversible que no solo involucra en sus dinámicas a los jóvenes en desventaja. Va más allá, nos aterroriza y amenaza a todos, y a la vez se nos hace cotidiana. Hablamos de ella con naturalidad, ocurre fuera de nuestras casas y trabajos, a plena luz del día, frente a supermercados y panaderías –y dentro de ellos–. Les ocurre a nuestros amigos y conocidos, cada vez más. Limpiamos la sangre del piso, y seguimos a adelante como podemos, temerosos de que nos toque a nosotros la próxima, y les pedimos a nuestros seres queridos que no vayan al sitio donde mataron al último del que nos enteramos. Nos encomendamos a Dios mientras la muerte en Venezuela se va haciendo contagiosa y vamos cayendo en ese lugar espantoso y sin vuelta atrás al que hace referencia Laura Restrepo cuando dice que “los pueblos tienen que llegar hasta un extraño y pavoroso punto de no retorno para alcanzar tales niveles de tolerancia frente a la muerte…”.