• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

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Valentina Issa Castrillo

Revolución insostenible

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Esta “revolución” de bases enteramente discursivas se tambalea como nunca antes. Aún la sostienen algunos hilos de arbitrariedad y poder autoimpuesto, y la lealtad de sus integrantes a sus propias cuotas de poder como fuerza aglutinadora, pero de ninguna manera la lealtad mutua o espontánea. Esa se agotó en la figura del comandante fallecido, junto con la credibilidad de su legado revolucionario.

Chávez era el hombre de las mil y una historias con las cuales construía una “verdad” dotada de sustrato argumental suficiente para justificar cualquier cosa, incluso contradicciones, que posicionaba y enquistaba por fuerza de su ethos (su personalidad y personaje), y la repetición insistente. Táctica nada secreta ni misteriosa, por cierto, pues solía referirse expresamente a la máxima goebbeliana de “una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad” con gran astucia, argumentando que el enemigo del momento (la derecha, el imperio, la CIA, etc.) repetía mentiras y que por lo tanto él, y los demás voceros de su revolución, estaban compelidos a repetir “verdades”. Su habilidad para establecerlas en la opinión pública era realmente extraordinaria, junto a sus promesas infinitas. Todo lo bueno siempre a futuro, aunque pasasen 15 años sin concretarse, algún día sucedería y su sola voz era garantía.

Pero esas épocas doradas de historias repetidas a prueba de balas y difícilmente controvertibles han quedado atrás a pesar de los esfuerzos en “agitación, propaganda y comunicación”, e incluso del secuestro de poderes. A los encargados de continuar la “revolución” se les ven demasiado las costuras, las inconsistencias de sus historias son demasiadas. Han sido incapaces de tapar el sol con un dedo, pese a su agresiva política de silenciamiento y compra de medios. Buscaron esconder su brutalidad represiva contra estudiantes y disidentes pero no tuvieron cómo, todos de alguna manera sabemos lo pasó. Como consecuencia, hoy los sondeos de opinión son lapidarios con índices de descontento jamás vistos, y reflejando de manera histórica el reconocimiento generalizado del carácter opresor del gobierno y de la existencia de presos políticos.

Por más de que repiten una y otra vez sus teorías conspirativas y echan mano de recursos como el magnicidio, la guerra económica, y los vicios de la derecha apátrida , tratando de equivocarse y contradecirse entre sí lo menos posible, siempre hay un halo de sospecha alrededor. Entre nosotros –todos- reina la multiplicidad de hipótesis, nadie se queda tranquilo con el cuento oficial.

Ese señor puede afirmar una y otra vez que tiene los recursos para hacerle frente a las bajas del precio del petróleo, y al desastre magistral que ellos mismos crearon en nuestra economía, y el 85% de la población va a seguir pensando que no puede con esto, ni mucho menos solucionarlo en el futuro, porque siente el golpe en el bolsillo. Esta crisis de credibilidad no la salva ni el ingreso en el Consejo de Seguridad de la ONU, pues día a día caen 50 venezolanos a manos del hampa y los cadáveres y lágrimas son de verdad; ni el dinero donado al ALBA para combatir el ébola, pues en Venezuela no hay ni acetaminofén para paliar el rampante contagio de chikungunya, ni termómetros para medirle la fiebre a los pacientes en los hospitales.

Parece que finalmente la realidad le está ganando la batalla al discurso, y en estas condiciones el único recurso que tienen a la mano para sobrevivir es el control de precios y los “Dakazos” que son un paliativo momentáneo, una inyección efímera y agotable de apoyo. Esta revolución perdió el poder y el domino sobre la historia con su precursor, y también la capacidad de garantizar su supervivencia y continuidad futura.

Si nosotros hacemos algo útil o no con este panorama y aprovechamos la oportunidad para generar un cambio, es harina de otro costal y objeto de otra entrega.

Finalizo estas líneas agradeciendo a El Nacional por este espacio que ocuparé quincenalmente a partir de hoy, y dedico esta primera columna a mi abuelito J. R. Castrillo (†), periodista de esta casa por más de 40 años, pionero del periodismo con ética, y rebelde único. Gracias por el germen y la pluma, Caracolito.