• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

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Nacer el Viernes Negro

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Hoy se cumplen 33 años del Viernes Negro venezolano. Y lo sé no porque haya contado los años desde el 18 de febrero de 1983 hasta hoy para los efectos de esta entrega, sino porque nací ese día.

Es una cosa bien especial que cargo conmigo, la verdad. Desde temprana edad me llamaron “Valentina Viernes Negro”, y a los 4 o 5 años, eso no encuentra mucho sentido lógico en el pensamiento, solo una cándida interpretación que me ha llevado a pensar para siempre, incluso de adulta, en los días de la semana como ítems de distintos colores (lunes rojos; martes azules; miércoles anaranjados; jueves blancos; viernes, negros, obviamente; sábados verdes, y domingos morados).

Pero el Viernes Negro y su dimensión sí van cobrando sentido, relevancia, y verdadero significado a medida que creces en Venezuela. Es un proceso largo que implica hacer las paces año a año con la idea de que toda tu vida has vivido en un país que no sale de alguna “crisis”. Implica también una inquietud eterna, como una luz prendida en cerebro día y noche por entender lo que pasa en el entorno, y por supuesto una especie de sentimiento de culpa, o mejor dicho, de responsabilidad, con ese entorno que empezó a derrumbarse el día que naciste. Haber nacido el Viernes Negro involucra eterna preocupación, al menos para mí.

Si uno se lo toma con buen humor, hasta se ríe cuando en presentaciones gerenciales o académicas sobre “la situación política y económica del país”, hacen un análisis histórico estilo “cómo llegamos a aquí”, y señalan en rojo al Viernes Negro como el inicio del quiebre, la debacle que junto a muy desafortunados manejos, alternabilidad de corrupciones, e inmadureces en los años que le siguieron nos ha llevado a este hueco que el chavismo, el responsable actual, ve en estado de negación. Es divertido también toparse con cuentos y anécdotas del día en cuestión. “Todo el mundo recuerda clarito dónde estaba y qué estaba haciendo el Viernes Negro”, me dijo alguien que estaba fuera del país en ese momento, y cuando fue a pasar su tarjeta de crédito en un punto de venta, se la rebotaron. Otra historia relata la agudeza de algunos ya en 1983 que sabían que vendría la devaluación del Viernes Negro, y se apuraron a comprar dólares que luego vendieron por muchos bolívares y les permitió hacer sus pequeñas fortunas.

Cuán cíclica y repetitiva puede ser la historia.

Valga la consideración para reflexionar sobre el camino de vida de nuestro adolescente país. 33 años de administraciones e intentos fallidos más tarde, pareciera que la ley de la selva, la ley del más fuerte, o en este caso la del más poderoso aún domina nuestra vida nacional de mala calidad. Un chavismo agonizante, reducido y mal acostumbrado a las mieles y los exabruptos del poder se empeña en someternos los demás, a la mayoría, a los que no estamos forrados de dinero ajeno, a la miseria, a la muerte, a la tristeza más profunda, al bachaqueo como rebusque. Todo por raspar ellos, y solo ellos, una olla a la que le queda poquito arroz pegado en el fondo, pero suficiente para ellos y su descendencia de enchufados.

Atendiendo ese sentido de responsabilidad que no me deja, solo puedo apoyar el esfuerzo y trabajo duro de los diputados de la unidad, y colaborarles utilizando estas líneas para asegurarle a usted que me lee, que estamos viviendo mal por causa de unos pocos que no quieren respetar SU voto. Que le pasan por encima a usted y a su voluntad por miedo de perder sus lujos, y a enfrentar una justicia que no les va a perdonar todo el daño que han hecho. No hay más razones detrás de su insistencia, ni buenas intenciones de hacer nada porque las cosas cambien para bien.

Queda de nosotros decidir si vamos a seguir aguantando cúpulas corruptas que solo quieren su beneficio, o si finalmente podremos romper con esa secuencia nefasta de los últimos 33 años. Qué bueno sería que el Viernes Negro, y todos los demás días oscuros que hemos visto juntos después, nos sirvieran de algo.