• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

Al instante

Mala costumbre

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Hay nociones y usanzas a las que nos hemos malacostumbrado. Quizás porque son prácticamente ancestrales, tenemos mucho tiempo escuchándolas y son parte de la historia y la narrativa. Una de las más dañinas y engañosas es pensar que nuestras vidas dependen del petróleo que se produzca, refine y venda en Venezuela, atada a esa cosa de la repartición equitativa de una supuesta riqueza, con la que concluimos que a cuenta de haber nacido en un suelo cundido de “oro negro”, cada uno de nosotros está en posición de tener x porcentaje o cantidad de riqueza y bienestar, así pues, sin más ni más.

Pues el mundo del año 2015 nos exige abrir los ojos y entrar, a los golpes, en un nuevo estado de conciencia que nos permita ver con la preocupación y suspicacia del caso la afirmación del señor Maduro de que el gobierno seguirá “pariendo” los recursos para financiar las misiones, aunque el precio del petróleo siga bajando.

Un país que se respete y encaminado a alguna prosperidad no puede depender de una sola cosa para vivir. Venezuela necesita, como lo hacemos sus habitantes día a día, ganarse la vida y buscarse su sustento de diversas formas. Si usted trabaja como cajero en un supermercado y este cierra por cualquier motivo, no se va a quedar esperando a que lo vuelvan a abrir, pidiendo limosnas mientras tanto, ¿o sí? No, usted empieza a buscar trabajo en otro lugar, otra forma de ganar dinero. Es lo mismo con el país, Venezuela tiene con qué generar y producir servicios, productos, empleo y riqueza mucho más allá del petróleo.

La baja en los precios del petróleo es una desgracia porque dependemos absolutamente de él y el gobierno ocupante ha sido incapaz de prever, incluso para su propio mal –porque no tienen con qué comprar votos y conciencias– el escenario actual: el mundo cada vez necesita menos nuestro petróleo y cada día tenemos menos clientes que nos lo quieran comprar. El gobierno ocupante también ha sido incapaz de encontrar formas efectivas, sólidas y sustentables de pagar y proveer los servicios públicos básicos y las ayudas sociales que necesita la población. Y eso que cobran impuestos, imagínense si no.

Aun cuando los precios del petróleo siguieran altos, como país deberíamos reinvertir esos recursos en infraestructuras y oportunidades para que todos podamos trabajar y producir lo que necesitamos. El petróleo debe dejar de ser el principal proveedor para ser un complemento de nuestro crecimiento.

Queridos compatriotas, el petróleo ya no es oro negro. Es una forma de combustible y energía de la cual el mundo quiere salir y dejar de depender porque es limitada, se acaba, sus derivados no son precisamente buenos para el ambiente, y cada día hay más alternativas para sustituirlo y extraerlo. Por eso baja su precio y Venezuela debería estar en posición de responder ante eso. En cambio, damos lástima pidiéndole limosnas a prestamistas que nos van a cobrar caro, con creces y por mucho tiempo.

Este gobierno tiene como táctica la creación de dependencias de todo tipo porque le permiten dominar vidas y escenarios. Pero esta en particular lo pone en evidencia y lo arrodilla a él también. En todo caso, no es culpa de los precios del petróleo que estamos mal, es culpa de esa mala costumbre inculcada por años de creer que somos ricos, exacerbada y enquistada por un gobierno que perdió vigencia y noción del mundo hace tiempo. La pregunta ahora es qué vamos a hacer frente a eso.

Podemos empezar por abrir los ojos.