• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

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Valentina Issa Castrillo

Hablemos sobre la cárcel

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Las cárceles son un tema controversial. Despiertan todo tipo de emociones y opiniones, rechazo y compasión, interés y desdén, asco y dolor. En lo personal, me han preocupado sus dinámicas crueles desde temprana edad. A los 10 años veía el programa Alerta escondida de mis padres y recuerdo clarito las ediciones en las que Anna Vaccarella se las ingeniaba para entrar en las profundidades del desaparecido Retén de Catia y mostrar una realidad que ya en los noventa era espeluznante. El Retén de Catia fue derribado en una acción que quizás buscó de manera simbólica derribar un sistema entero visiblemente inhumano y atroz, pero lo cierto es que nuestra cultura violenta y degradante de privación de libertad como castigo del delito quedó vivita y coleando, y se ha ido pervirtiendo intensa y sostenidamente hasta llegar a ser un monstruo de mil cabezas rodeado de dramas y complejidades que desde hace rato demandan a gritos nuestra atención. Ya es hora de que todos notemos su existencia, y mi intención hoy es invitarlos a hacerlo con apertura.

En términos muy llanos, se supone que la cárcel es una forma de control social que busca castigar a quienes cometen delitos en una sociedad con la privación de su libertad por un período de tiempo “razonable” que depende de la magnitud del delito, sus daños y sus consecuencias. Esa privación de libertad significa que a quien cometió el delito el Estado le prohíbe circular por la calle y hacer su vida normal por ese tiempo, que en Venezuela no puede ser mayor de 30 años, para retribuir a la sociedad por el daño que ocasionó, y con la aspiración de que el confinamiento le sirva para “aprender la lección” y no volver a delinquir. Se dice fácil, privación de su libertad, pero no es cualquier cosa quitarle a un hombre o una mujer su derecho de estar libre, es un castigo fuerte, por el período de tiempo que sea.

El problema es que en Venezuela ir a la cárcel representa mucho más que perder la libertad. Representa entrar en un mundo horrible, degradante y humillante a extremos que violentan la integridad más básica de un ser humano. Si partimos del hacinamiento exacerbado de un sistema penitenciario con capacidad para albergar alrededor de 16.000 reclusos, con más de 50.000 en la realidad, y de que a la mayoría de ellos (más de 80%) nadie les ha dicho todavía cuánto tiempo tienen que permanecer presos porque no los ha condenado un tribunal aún, el resultado no puede ser otro que la pérdida absoluta del control interno en las cárceles por parte del Estado; ocio reinante dentro de ellas; condiciones insalubres; dinámicas de poder y jerarquía basadas en violencia desmedida, tratos crueles y maltrato entre reclusos, y de custodios hacia reclusos; flujo libre de armas y drogas; y absurdos como que los reclusos tengan que pagar para tener derecho a un espacio donde estar presos, con dinero que producen sus familiares semana a semana con desesperación para mantenerlos al menos vivos.

En debates sobre estos temas he escuchado a muchos decir que los delincuentes que nos tienen contra la pared y encerrados en nuestras casas merecen eso y más. Pero se equivocan porque la situación deplorable del sistema carcelario no está aislada del espiral de violencia generalizada, es parte de él y lo complementa. Más aún cuando 80% de los presos no han atravesado un proceso judicial completo y con las garantías que establece la ley. Vale preguntarse cuántos de esos serán o no inocentes, o cuántos de esos merecen penas menores de las que terminan cumpliendo gracias un sistema judicial rebasado en su capacidad, por decir lo menos.

Los más de 50.000 que sobreviven hoy en el sistema penitenciario integran un ciclo vicioso y repetitivo que se alimenta de y alimenta a su vez la delincuencia desbordada que nos come día a día, y que comienza en la falta de cobertura de la educación pública y de acceso igualitario a oportunidades para todos los venezolanos. La cárcel es solo la guinda de una torta de atrocidades. Y vaya guinda, ¿qué tipo de lección aprende alguien que va parar a un entorno que le dice a diario que su vida y su integridad no valen nada?

Por un motivo no tenemos en Venezuela la pena de muerte, y la pena máxima es de 30 años de prisión. Es porque nuestra tradición civilista y civilizada –hoy ausente, adormecida o hibernando– apostó en 1953, cuando fue fijada la pena máxima de 30 años en Venezuela, por la reinserción social, por la posibilidad de darle una segunda oportunidad a quien transgrede las normas, y por la fe en un sistema de justicia operativo, funcional y dedicado a cumplir su papel.

En Venezuela no tenemos pena de muerte en el papel, pero lamentablemente el sistema penitenciario venezolano actual parece ser su equivalente, pero de una muerte tortuosa y prologada. Esto debe llevarnos a una profunda reflexión y a no ignorar tragedias como la muerte masiva de reclusos de Uribana por envenenamiento.