• Caracas (Venezuela)

Valentina Issa Castrillo

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Valentina Issa Castrillo

Economía de guerra

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Revisar ejemplos históricos de “economías de guerra” en el mundo, como la del Reino Unido y otros países de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, puede ser un ejercicio desconcertante. Los recuentos relatan características muy parecidas a las de nuestra economía hoy: férreos racionamientos de alimentos y bienes de consumo masivo por medio de cupones y tarjetas especiales, impulsados por la escasez típica en economías con producción interna mermada o paralizada; colas interminables para comprar cosas; conflicto entre ciudadanos por el acceso a la comida y por los privilegios de algunos; surgimiento de un mercado negro con productos a sobreprecio; sacrificios importantes de parte de los ciudadanos, a fin de cuentas.

Pero estos sacrificios estaban justificados y encontraban sentido en un objetivo común: vencer a un enemigo poderoso, violento y genocida que estaba acabando con una raza entera, y que día a día amenazaba su seguridad y sus vidas en una guerra de verdad-verdad. De esas en las que la gente tiene que protegerse de bombas en el subsuelo. Los ciudadanos, guiados y motivados por un liderazgo consistente, sacrificaban su calidad de vida y se acoplaban lo mejor que podían a la economía de la guerra en la que se encontraban unidos por circunstancias que salían de su control.

Hoy en Venezuela entre la inflación y la baja de los precios del petróleo en una economía absolutamente dependiente de su venta, estamos en el borde de la insolvencia generalizada. Ocasionada, que no quede la menos duda, por la destrucción dirigida e intencional desde el gobierno del aparato productivo, el gasto público desmedido en importaciones, clientelismo y manutención del aparataje de poder del chavismo, el control de cambio y de precios con objetivos autoserviles a ese mismo aparataje, la emisión irresponsable de moneda, y la procura de recursos por la vía del endeudamiento y el compromiso del petróleo a futuro con chinos y otros acreedores.

El desastre es colosal, todos lo sabemos. Los mismos señores del gobierno lo evidencian, en franca contradicción de sus palabras, cuando mandan emisarios por el mundo a rogar para que nos presten más dinero, y transfieren recursos habidos por en un mecanismo de financiamiento, como lo es el Fondo Chino, al fondo de reservas. Así como para hacer creer que tenemos con qué responder, agarran la plata de un préstamo que no hemos terminado de pagar y la disfrazan de activo.

Por si fuera poco, para continuar paliando el desastre que ellos mismos crearon, ahora le meten la mano en el bolsillo a los ciudadanos con impuestos nuevos, y están considerando abiertamente la subida del precio de la gasolina –con la desfachatez de presentarlo como una propuesta de “los trabajadores”–. Como si la vida no se estuviese volviendo cada vez más impagable con el paso de las horas.

Se pregunta uno sobre la base de qué circunstancias apremiantes pretenden los ocupantes del gobierno venezolano que los ciudadanos nos sacrifiquemos hoy. ¿A cambio de qué pretenden estos señores que nos sigamos apretando el cinturón? ¿Cuál es el bien superior y común si no otro que su propio enquistamiento en el poder? ¿Cuál guerra infernal se supone que Venezuela está batallando para calarse tanta miseria?

Tengamos por seguro que no es la bendita “guerra económica” que ellos aluden como causa de todo y que pocos le compran como argumento. Sea lo que sea, no parece que vale mucho la pena.