• Caracas (Venezuela)

Valentín Arenas Amigó

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La revolución tiene miedo

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Leopoldo, preso. Ledezma, preso. Rosales, preso. El mensaje que con estos presos le está enviando a Venezuela el régimen es que les tiene miedo a estos tres líderes y por eso no puede dejarlos en libertad porque son una amenaza para la fracasada revolución chavista. Cualquiera de ellos en la calle es un peligro, y presos intentan inhabilitarlos pero lo que están logrando es promover aún más su liderazgo políticamente tanto dentro de Venezuela  como en el resto del mundo. Cada día que pasen en prisión confirma y hace crecer su liderazgo, mientras todo lo contrario sucede con Maduro que mientras más cadenas utiliza para promoverse más decrece su popularidad, pues está raspado en carisma. Hugo le dejó el cargo como heredero, pero el pueblo lo rechaza porque el carisma no se hereda sino que se nace con él. Un político opaco, como es el caso de Maduro, no se vuelve carismático por aparecer constantemente en las pantallas de un televisor. Lo contrario sucede. Al repetir su aparición genera rechazo, porque de conducir un transporte  colectivo a conducir a un país la distancia es muy grande.

 

La cultura democrática.

Venezuela acumuló en las cuatro décadas de democracia una cultura de respeto a la libertad y demás derechos humanos que no pudo ser destruida en dieciséis años de eso que llamaron revolución. El venezolano se acostumbró a que su vida le sea respetada, y por eso rechaza la inseguridad en que vive. Se acostumbró a elegir a sus gobernantes en elecciones libres y con un árbitro imparcial que reconocía la voluntad expresada por el pueblo en las urnas. Se acostumbró a que sus derechos humanos le fueran respetados por las autoridades. Se acostumbró a tener medios de comunicación libres que podía escuchar cuando quería. Se acostumbró a que la vida humana fuera respetada, y por eso rechaza  ahora la inseguridad en que vive. Esta cultura democrática no se destruye tan fácilmente. Cuando es agredida reaccionará con mayor fuerza y exige que se la respeten. Está ahí firme y mientras más se le agreda, reacciona con mayor fortaleza. No es fácil sustituir la cultura democrática donde el pueblo tiene libertades por una cultura autocrática donde se intenta someterlo a la minoría  gobernante. ¿Cómo ignorarla en apenas dieciséis años de autocracia? Lo que ha conseguido es potenciarla en cada uno de los venezolanos. Sé lo que es vivir libre en democracia y nadie me lo va a quitar, dice el venezolano.

 

Gobernar no es hacer propaganda.

El  régimen que ejerce el poder político en Venezuela, como gobernar en la búsqueda del bien común no sabe, se dedica todo el tiempo a hacer propaganda, trabajo que se le facilita por haberse apropiado previamente de los medios de comunicación social: periódicos, radios y televisoras. Se encadena obligatoriamente cuando quien habla es quien usted sabe… que de gobernar no sabe nada. Al no saber cómo se gobierna un país, sustituye la labor de gobernar por la propaganda anunciando misiones, exagerando lo poco que hace o simplemente publicitando las mentiras como si fueran verdades. Ni Hugo ni Maduro tenían experiencia como políticos capacitados para poder gobernar a Venezuela. Uno fue militar y el otro transportista. Ninguno tenía experiencia de gobierno. El primero practicó como político hasta que Dios se lo permitió, y el segundo está en lo mismo pero como aprendiz político parece estar menos capacitado. Y le cuesta aprender. Un mar embravecido ahora azota a Venezuela y el capitán no sabe qué hacer para que el país no se le vaya de las manos y quiera volver a ser “el soberano pueblo” que como tal consagra la Constitución de la República de Venezuela. Amanecerá y veremos

 

*Profesor de Instituciones Políticas de la UCAB

Correo: alenri@gmail.com