• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Tulio Hernández

La viga en el ojo propio

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Acá en Colombia, desde donde envío estas notas el día jueves 5, la mayoría parece concluir que las masivas, y en algunos casos violentas, movilizaciones de protesta que comenzaron por reclamos de los productores del campo, a las que se les fueron sumando luego otros sectores sociales, tomaron por sorpresa ­agarraron fuera de base, diríamos en venezolano­ al presidente Juan Manuel Santos y su equipo.

Es eso lo que he escuchado y leído en tierra colombiana estos últimos tres días. Que Santos no estaba preparado para avizorar, entender, y mucho menos manejar, el descontento que el paro agrario iba a hacer aflorar. Que el jefe de Gobierno y su equipo están absolutamente desconectados de lo que ocurre tierra adentro, en los municipios y departamentos, ubicados más allá del cotarro político de Bogotá y las grandes ciudades. Que el Presidente, en un gesto de centralismo exacerbado, no tuvo la precaución de llamar a gobernadores y alcaldes para evaluar la situación y sólo lo hizo cuando lo peor ya había ocurrido. Y que, por tanto, a poco tiempo de las elecciones legislativas, y en plena preparación del camino para su reelección, la imagen presidencial ha quedado maltrecha, y el camino hacia el acuerdo definitivo de paz también.

Porque lo que ocurrió fue un efecto dominó. El paro nacional agrario, iniciado por cafetaleros del Catatumbo que pedían al Gobierno el pago oportuno de subsidios y la intervención en los precios de fertilizantes, motivó a los productores de papa, leche, cebolla, tomate y cacao de diversas zonas del país a bloquear carreteras quejándose de la falta de apoyo a los pequeños productores, del costo de la gasolina y otros insumos, los bajos precios de importación y el contrabando exacerbado. Y estas manifestaciones, a su vez, motivaron a las asociaciones de maestros, trabajadores de la salud y estudiantes a salir a expresar su solidaridad con los campesinos y hacer sus propias demandas.

Mirado desde lejos la situación pareciera muy grave, pero estando en Colombia, al menos para un venezolano, podría producir envidia. En primer lugar, porque se trata de un conflicto generado por gente productiva, es decir, hablamos de un país que, a diferencia del nuestro, sí tiene seguridad alimentaria porque produce prácticamente todo lo que consume y aún le queda para exportar. En segundo lugar, porque es un país donde, con todos sus conflictos y su tradición de odios acumulados por décadas de violencia política, sus gobernantes tienen capacidad para rectificar y dialogar con los gremios que protestan, los partidos opositores democráticos e, incluso, con la guerrilla terrorista y delincuencial.

Y, en tercer lugar, porque a pesar de la gravedad del conflicto se respira un sistema político sólido y una sociedad creativa que no está psíquicamente secuestrada por la política y tiene otras razones para sentirse satisfecha y con futuro.

La prensa de Cali, en la que escribo, abre en primera plana con fotos de la selección nacional de fútbol que se enfrentará a la de Ecuador en las eliminatorias suramericanas al Mundial de Brasil 2014. En las páginas del diario local El País se reseña con gran despliegue la noticia de que el hurto a personas bajó 12% y que, en el último año, 46.000 caleños menos fueron víctimas de un delito. Y, páginas adelante, que la mortalidad empresarial en Colombia, es decir, la liquidación de empresas, bajó 26% en el último año.

Es una situación opuesta a la nuestra. En Venezuela no hay, y no ha habido desde hace mucho tiempo, un conflicto de las dimensiones del que hoy vive Colombia, o como los que vivió recientemente Brasil, pero todos sabemos que la nación es un carro viejo y destartalado, que se desplaza a fuerza de milagros, echando humo negro, con el motor recalentado y botando las piezas de su carrocería, a los ojos de todos sin que nadie pueda hacer algo para detenerlo. Porque en Venezuela la procesión va por dentro.