• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

Al instante

Tulio Hernández

El lobo y la resistencia

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

No hay que advertir más que por ahí viene. Porque ya llegó. El lobo está instalado entre nosotros. Lo que nos temíamos como una posibilidad futura, la instauración de un modelo político autoritario, ha ocurrido frente a nuestros ojos. Sólo que el modelo no era un calco del cubano. Ni tampoco del de una dictadura militar convencional. Es otra cosa.

A pesar del número elevado de expropiaciones, estatizaciones e invasiones, la propiedad privada subsiste. Y la economía de mercado también. Pero de una manera anómala. Con el Estado convertido cada vez más en el gran propietario, la entrega a China de una buena tajada de la economía nacional y a empresas extranjeras: brasileñas, iraníes, bielorrusas y chinas de las grandes obras estatales reforzando el propósito de reducir al máximo el gran capital nacional.

A pesar del cierre de televisoras, como RCTV, y de la neutralización forzosa de otros canales comerciales, aún quedan medios privados y en la prensa escrita algunos todavía podemos decir lo que pensamos sin censura previa. Pero el país es secuestrado audiovisualmente por la frecuencia de las cadenas radioeléctricas del Presidente junto con el más descomunal aparato de comunicación política que haya tenido gobierno alguno en América Latina, con cada vez más radios y televisoras adquiridos por grupos asociados al proyecto rojo, ya en condición de nuevos empresarios, ya de grupos comunitarios, mientras las cuotas de publicidad pública son utilizadas como instrumento de premio o castigo oficial.

Hay presos políticos, pero el Gobierno se encarga estratégicamente de negar su existencia. Muchos venezolanos han tenido que irse de Venezuela huyendo de un sistema judicial que cumple como perro de caza las órdenes del Jefe Único, pero el Gobierno repite una y otra vez que en Venezuela no hay exiliados.

Es cierto que hay elecciones libres, pero todos sabemos que la composición de la institución electoral la hacen parte sesgada del aparato oficial, que el Estado en pleno ha sido convertido en un gigantesco aparato proselitista para ganar elecciones y que el ventajismo y el abuso de poder oficialista alcanzan su punto más impúdico en el uso abiertamente pesuvista de los medios estatales.

El coctel se completa con tres ingredientes más. La eliminación sistemática, ya sin regreso, de la autonomía de los poderes públicos que ha dejado a la sociedad absolutamente indefensa ante el Estado. La conversión de las misiones en eficientes aparatos de control social que hace de sus millones de beneficiarios, los ciudadanos con menos recursos, un grupo humano también secuestrado que paga con votos obligados y supervisados los favores recibidos. Y, por último, el insaciable culto a la personalidad del Jefe Único que convierte su imagen en figura omnipresente y omnisciente, se instala en la psique colectiva y toma todas las decisiones importantes del país.

Es lo que somos, una nación secuestrada. Pero con seis millones y medio de personas, cerca de la mitad del país, que resisten, mantienen con vida la democracia asfixiada, y se han negado, y se seguirán negando, a aceptar resignadamente el modelo y la ideología autoritaria que su implantación supone.

A ese grupo y sus organizaciones políticas, sindicales y gremiales ahora les corresponde resolver un dilema, dejar de comportarse como si las reglas del juego se cumplieran y se estuviese en una democracia. Pero hacerlo sin abandonar el juego democrático. Dicho de otra manera, aprender a jugar póker con alguien que juega con las cartas marcadas.

Por ahora no nos queda otro recurso. Tendremos que votar, resistir y exigir que se cumpla la Constitución. Pero sabemos que vamos con el mismo CNE. Los triunfos del 2-D y de las elecciones parlamentarias y regionales anteriores nos dicen que podemos aprovechar los resquicios que el modelo aún nos permite sin abandonar ningún espacio ni ningún derecho político. Pero, desde ya, tenemos que imaginar nuevas maneras de hacer política, porque está claro que, aunque hemos ganado fuerza, las que hemos usado hasta ahora tienen un techo y una limitación. Grande, costosa y dolorosa.