• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Dos impotencias se balanceaban

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Hay escasez. La gente hace larguísimas colas frente a los supermercados a la caza de los productos perdidos. Harina, papel tualé, leche, pollo. Por largos días nada llega. Pero al final algo aparece y hay consuelo. No hay hambruna, recuerda alguien, como las de África o de China.

El gobierno trata de imponer un “captahuellas biométrico” –así llaman el dispositivo– en tiendas y supermercados para regular qué y cuánto pueden comprar cada persona. Que es sólo una medida preventiva, advierten los rojos. No una tarjeta de racionamiento, como la de los países comunistas. Aún no.

En una espiral que crece exponencialmente, los venezolanos por montones emigran del país. 1.600.000, 6% de la población se calcula, ya ha dicho adiós. Pero la mayoría lo hace por avión y pasaporte legal. No se ha visto a nadie escapando, como los cubanos, en una frágil balsa hecha con neumáticos, exponiendo la vida en la tétrica oscuridad de la noche en alta mar. Si se consiguen pasajes, se puede salir libremente. Todavía.

El promedio de personas asesinadas por año, la mayoría con armas de fuego, supera desde 2011 el número de 20.000. Pero no hay una guerra civil. No nos estamos matando en dos ejércitos, como los sandinistas y la contra. Claro, comparando las cifra salimos perdiendo. En la guerra de Nicaragua, en unos 6 o 7 años, murieron poco más de 30.000 personas. En cambio, sólo el año pasado en Venezuela, asesinaron 23.763. Pero guerra, que se diga guerra oficialmente declarada, no hay.

Tampoco estadios convertidos en campos de concentración, ni Caravanas de la muerte, como las de Pinochet. Pero en los tres meses que duraron las protestas populares conocidas como “La salida”, murieron 47 personas, una buena parte de de ellas abaleadas –así lo registraron las cámaras de los celulares– por miembros de los grupos paramilitares gubernamentales conocidos como “colectivos”. Según el Foro Penal, más de 3.000 venezolanos pasaron por los calabozos de cárceles comunes acusados de terrorismo, de los cuales 1948 fueron puestos en libertad pero con medidas cautelares, 117 siguen detenidos y, según Provea, al menos 135 fueron torturados en los centros de detención.

 La Constitución garantiza la libre actividad de los partidos políticos, pero el gobierno le declaró una guerra de extinción a Voluntad Popular. Su sede central es allanada con frecuencia. Leopoldo López, su líder máximo está preso, declarado culpable públicamente antes del juicio por el presidente espurio. Dos de sus dirigentes más importantes han tenido que huir del país para no correr la misma suerte. Igual que lo han hecho una centenar de activistas y dirigentes de otras organizaciones de la alternativa democrática. Pero, en términos legales, no hay partidos proscritos. Todavía no.

Chávez amenazaba todos los días al imperio. Le declaraba la guerra. Satanizaba al capitalismo. Pero nunca le negó un solo barril de petróleo. El combustible venezolano hacía volar los aviones gringos que bombardearon a Irak y su amigo Hussein. Estatizaciones más, expropiaciones menos, el capitalismo en Venezuela sigue vivo. La economía socialista es sólo un deseo. Una anuncio publicitario. El dólar paralelo marca la economía real. Hasta nuevo aviso.

Es la ambigüedad en la que vivimos. Dos impotencias. La de los rojos, cada vez más extraviados, que escudan su ineptitud para construir el cielo en la tierra transfiriendo la culpa a las guerras, especialmente la económica, desatadas en su contra por imperio, la oligarquía nacional y la oposición. Y, la de la alternativa democrática, que no logra construir un proyecto de futuro capaz de convocar la voluntad política de masas ni conciliar la postura de quienes postulan seguir haciendo política como si estuviésemos en democracia y la de quienes creen que es una pérdida de tiempo porque hace rato que la democracia desapareció.

Nada fácil. Las tiranías ya no son como antes. Los demócratas tienen muchos dilemas que resolver. No es sólo un tema de acción. El pensamiento también existe.