• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

Al instante

Una frontera llamada revocatorio

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Independientemente de que se realice, o que sea definitivamente boicoteado por el gobierno, el referendo revocatorio marcará un antes y un después, el fin de una era de nuestra historia política reciente y el nacimiento de otra.

Si se realiza, si el gobierno respeta las normas, acusa la presión internacional y el creciente sacudón interno, las cartas para un relevo gubernamental están echadas. La tendencia decreciente del apoyo popular al proyecto rojo hace inexorable la derrota del oficialismo.

Es una curva en picada. Chávez en las presidenciales de 2006, le saca a Rosales 23% de ventaja. Maduro, en el 2013, sólo un sospechoso 1,4%, esta vez a Capriles. En las legislativas de 2015, los rojos pasan a ser una minoría y la Unidad Democrática se hace de la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. En apenas tres años, el chavismo pierde el fervor de 2.560.000 electores. Un promedio de 2.000 por día. 

No es descabellado entonces que la élite cívico-militar rojarrojita, atrapada en la cárcel sin ventanas de la utopía revolucionaria guevarista, esté dispuesta a frenar la realización del referendo. No importa cuantos principios constitucionales tenga que llevarse por delante, la meta es impedir a toda costa su expulsión de Mirafores.

Si este exabrupto ocurriera, ya que nada lo impide en un modelo político donde no existe autonomía de  poderes, continuarían los mismos actores al frente del Estado pero su percepción, legitimidad y reconocimiento internacional cambiarían definitivamente.

Los miembros de la élite cívico-militar en el poder dejarían de ser percibidos de manera ambigua, como un mix entre izquierdistas revolucionarios y tiranuelos de república bananera, para pasar a engrosar las filas, ahora sí de manera flagrante, de los dirigentes políticos latinoamericanos que en un momento de sus vidas patean la mesa y optan por un régimen de facto. Como el que condujo Fujimori luego de la disolución del Congreso peruano.

Un espectador escéptico diría que esta nueva violación no sería otra cosa que una raya más p’al tigre. Que los chavistas han violado la Constitución cuantas veces les ha dado la gana. Y que, sin embargo, nada decisivo, ninguna sanción, ha ocurrido en su contra.

Es verdad. Pero al espectador habría que recordarle que una cosa es violar a alguien en la oscuridad confusa de un calabozo, una habitación de hotel o un lejano descampado y otra, con efectos muy distintos, hacerlo en la plaza pública a la vista de todos.

La figura revocatorio se ha convertido en un icono mundial de la defensa de la democracia en Venezuela. Se ha hecho figura humana. Como en el cuadro aquel de La libertad guiando al pueblo, de Delacroix, el revocatorio o la libertad de escoger, que es lo mismo,  adquiere forma de mujer que con su pecho desnudo, y en este caso no bayoneta sino voto en una mano y la bandera tricolor en la otra, avanza incontenible hacia el espectador dándole fuerza a aquellos que la siguen.

La realización del referendo se ha convertido en el más inmediato y probablemente único instrumento que pueda revertir, o al menos palear, por vía pacífica y constitucional el acelerado proceso de deterioro nacional. Impedir que la consulta se realice sería algo así como un strip tease ideológico de parte de los rojos, una manera de arrancarse de una vez por todas la máscara democrática que ocultaba el rostro totalitario, y firmar el fin de la política y el pase a la clandestinidad de la dirigencia opositora.

Como un anciano lascivo, el chavismo en sus últimos estertores trata de impedir el paso de la mujer bastión que avanza por la plaza pública. Le rasga sus vestiduras. La patea y la deja tendida en el piso sangrante e impotente. Le niega sus derechos. La viola.

Todos lo han visto. En la calle la ira comienza a fluir. Como lo ríos subterráneos. Una nueva era ha comenzado. La boca de los manifestantes sabe a metal lacrimógeno. El diablo anda suelto. O quizás no.  Quizás haya revocatorio  y, en medio de la hambruna evidente, nos preparamos para volver a ser un solo país que pronuncia titubeante, pero con gusto, la palabra futuro.