• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

Al instante

Revocatorio o vida

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1. Como Fidel ante los millares de cubanos que le aplaudían en la Plaza de la Revolución, Hugo Chávez, en sus máximos momentos de euforia, cuando se daba baños de multitudes seducidas por su presencia, solía gritar con la fuerza potente de un dios Thor: “Paaaaaaaaatriiiiiia o muerrrrrrrte”. Entonces las multitudes poseídas se convertían en gigantesco megáfono, y contestaban con fuerza atronadora: “¡Venceremos!”. El grito de guerra resonaba por todo el territorio nacional

2. No fue buena idea. Más temprano que tarde la muerte, esa que los ilustradores todavía suelen representar como un espectro con capucha y guadaña, lo persiguió hasta un hospital de La Habana y allí volvió a ejercer su eterno oficio de segadora de vidas. La segadora logró lo que la actividad opositora no había logrado: sacarlo de la Presidencia de la República. La patria siguió con vida, pero el teniente coronel la dejó en terapia intensiva. El sucesor no ha logrado rescatarla. Sigue entubada.

3. La fascinación por la muerte y por los muertos, la necrofilia, ha sido una tentación recurrente de las lógicas totalitarias. El chavismo no es la excepción. La teoría, parece que construida por algunos historiadores y un cineasta merideño, de que Bolívar no había muerto por enfermedad natural sino envenenado obsesionó tanto a Hugo Chávez que importó –a dólar regulado– un equipo de científicos e hizo que, en un espectáculo de TV en vivo, con invitados VIP, abrieran el sarcófago con sus restos para determinar “científicamente”, primero, si esos eran realmente los de Bolívar y, segundo, las causas reales de su muerte. Nada nuevo se descubrió. Dólares a la basura.

4. Ya desde entonces, dicen que bajo las orientaciones de un sabio arquitecto de palacio llamado Francisco Sesto, se venía diseñando un mausoleo para que albergara, juntos hasta la eternidad, los restos de Bolívar y de Hugo Chávez.

La edificación, en realidad el adefesio, se terminó, ¡y a qué costo!, pero –dicen los rumores peseuvistas ahora convertidos en leyenda urbana– que cuando Hugo Chávez, ya desahuciado, fue a ver el lugar adonde reposaría eternamente, exclamó: “Esa cosa está bien como tumba de Michael Jackson, pero no como residencia final de un estadista y un guerrero”. Fue, cuentan, cuando decidió que sus restos irían, como fueron, al Cuartel de la Montaña y ordenó que fuese el arquitecto Fruto Vivas quien se encargara del nuevo monumento.

5. La muerte exalta en el chavismo su creencia de que la política es guerra a muerte. Para el chavismo no hay muertos, hay mártires. No importa que alguien haya muerto de gripe, por una sobredosis, o por un asesinato pasional, si es un dirigente conocido las pompas fúnebres se convocarán multitudinarias, con rituales heroicos, como aquellos entierros de la época de la confrontación entre democracia incipiente y guerrilla marxista, que culminaban siempre con la consigna: “Camarada, tu muerte será vengada”. Por eso, aunque no tan grandes como los de Chávez y Kirchner, Robert Serra y Lina Ron tienen sus respectivos mausoleos heroicos en el Cementerio General del Sur.

6. Viene todo esto al caso porque recientemente, a propósito de la negativa de la élite obcecada que nos gobierna a convocar el referéndum revocatorio, escuché a una dama entrada en años confesar, convencida, que si era necesario estaba dispuesta a dar su vida en la calles, protestando, para que los rojos no se salieran con la suya. La señora me explicó que le había propuesto a la MUD una gran marcha donde adelante fuese solo gente de la tercera edad, en el medio lo que llaman adultos contemporáneos, y atrás, protegidos, porque ellos se encargarán de la reconstrucción, los más jóvenes.

Me pareció bien la idea. Pero en el fondo, le dije, la conducta es chavista. Los demócratas tenemos que hacer lo posible porque en esta lucha, que efectivamente se dirimirá en la calle, no muera nadie. La consigna tiene que ser tolo lo contrario: “Revocatorio o vida”. El encanto por la rodilla en tierra dejémoselos a los mitómanos de la muerte.