• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Tulio Hernández

Reivindicar la democracia

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Los regímenes comunistas y las dictaduras militares latinoamericanas se han caracterizado por el gran esfuerzo que colocan sus gobernantes en el trabajo de cultivar una épica que reivindique de manera sistemática y permanente las supuestas bondades del modelo político, el combate heroico realizado por los líderes históricos en el momento de su construcción, el caos o las injusticias que debieron afrontar o el nuevo y exitoso orden que lograron instaurar. Por eso celebran con astucia y pompa goebbeliana las fechas consideradas patrias; reciclan una y otra vez actos de masas y desfiles militares; cultivan ceremonialmente banderas, retratos y personalidades, y, sobre todo, se cuidan de introducir en el sistema educativo el componente ideológico necesario para inocular conocimiento y exaltación del régimen presente y condena del pasado inmediatamente anterior.

Los modelos democráticos, y el venezolano no ha sido una excepción, por su propia naturaleza, tienden en cambio a no hacer épica. Una vez que han salvado los años de la transición y se han consolidado tienden al olvido del esfuerzo que significó su conquista, los sufrimientos personales y colectivos –persecuciones, cárceles, torturas, exilios, penurias económicas– por los que tuvieron que atravesar sus constructores generalmente enfrentados a feroces regímenes dictatoriales, la capacidad de militancia y el trabajo intelectual que supuso la construcción de partidos modernos y un proyecto político capaz de darle voz y ciudadanía a una población pobre y analfabeta y de construir un modelo político basado en la convivencia pacífica y plural de grupos que piensan diferente.

Los gobiernos, los partidos y sus dirigentes, para decirlo en venezolano, se enchinchorran ideológicamente, las generaciones que no vivieron en carne propia las dictaduras se van acostumbrando al paisaje y tienden a suponer que la democracia es un regalo, que siempre existió, que no hay manera de perderla y que, por tanto, tampoco hay que hacer un esfuerzo especial por mantenerla con vida y capacidad de generar bienestar a toda la población sin exclusiones.

En eso pienso cuando reviso el impacto que ha tenido tanto en la taquilla como en la opinión pública venezolana Tiempos de dictadura, la película en la que el cineasta Carlos Oteyza reconstruye documentalmente el derrocamiento en 1948 de Rómulo Gallegos a través de un golpe de Estado militar, y la posterior instauración de un gobierno dictatorial que llegaría hasta enero de 1958 bajo la conducción del general Marcos Pérez Jiménez.

El de Oteyza tiene un doble impacto. De una parte, por la fascinación que genera en el espectador la reconstrucción de un período en el que se mezcla de manera paradójica la entrada acelerada de Venezuela en la modernidad constructiva y del consumo con el retorno a las formas más crudas del militarismo del que el país democrático creía haberse liberado con la muerte de Juan Vicente Gómez. Y, de la otra, porque nos sirve para verificar en unos casos el olvido, en otros el profundo desconocimiento que reina en la población, especialmente la más joven, de una etapa gris de nuestra historia que interrumpió por la vía de las armas el proyecto civil que se había inaugurado en el 48 con la primera elección democrática de un presidente de la República a partir del voto universal de hombre y mujeres sin importar condición social o educativa.

La lección está clara: en los países en donde el militarismo forma parte de su propio imaginario fundacional y en donde la democracia se hizo régimen político pero no se convirtió en una verdadera cultura –en tanto que las prácticas del clientelismo, el paternalismo y los esquemas de privilegios sobrevivieron a las dictaduras– la democracia está siempre en riesgo. Es necesario educar para la democracia, reforzar los mecanismos institucionales y las prácticas que en la vida cotidiana la reivindican como modelo de convivencia y hacerse de una épica que impida que olvidemos cuánto ha costado su construcción.

Un ejercicio necesario de recordar hoy cuando de nuevo tendremos posibilidad de ejercerla emitiendo nuestro voto.