• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Lugar común, el odio

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Son diferentes pero se confunden, solapan y, en muchos casos, retroalimentan. Hablo de tres de las grandes taras que impiden la convivencia pacífica entre los seres humanos: la condición fanática, el pensamiento totalitario y la lógica fundamentalista. 

La condición fanática puede estar asociada, pero no necesita del poder para ser ejercida. Y aunque el término suele asociarse a las creencias religiosas, me parece más lúcida la segunda acepción del DRAE cuando define al fanático como alguien “entusiasmado ciegamente por una cosa”. 

Ciegamente es la palabra clave. Califica a quien es capaz de hacer lo que sea, sin límites morales, por cualquier causa: asesinar a alguien por considerarlo miembro de una raza inferior, salir como los hooligans a patear el trasero a los adversarios, o suicidarse en grupo para reivindicar la pureza de su secta. 

El totalitarismo, en cambio, es una lógica de poder y se ejerce desde el Estado. La definición que reivindico siempre es la de Tzvetan Todorov: la imposición del bien. Alguien, el partido, el caudillo, la logia militar, decide qué le conviene a la sociedad y trata de imponerlo cueste lo que cueste. No importa cuántas leyes, constituciones o derechos humanos haya que violar. 

Detrás de todo totalitarismo, recuerda Todorov, está siempre el proyecto de crear una sociedad nueva, constituida por hombres nuevos, un proyecto de resolver todos los problemas de una vez por todas. Tarea que requiere para su concreción convertir un ideal único en dogma de Estado, estableciendo un Estado “virtuoso” que exige la adhesión espiritual de sus súbditos y, en consecuencia, la condena y persecución de quien se oponga.

El fundamentalismo, en cambio, es un término que se corresponde con el orden de las creencias y hace referencia a la aplicación intransigente de una determinada doctrina, generalmente producto de una interpretación literal de sus textos sagrados o políticos –la Biblia, el Corán o el Libro Rojo– obviando el hecho de que toda reflexión humana es producto de una época, un tiempo histórico y una cultura.

El fanatismo pareciera haber sido acompañante eterno de la experiencia humana. El totalitarismo tuvo su momento de auge en el siglo XX pero, aunque haya hoy en el planeta más democracias que nunca antes, ha mutado en sus métodos para seguir con vida en el XXI. Y el fundamentalismo, especialmente en su versión islámica de la guerra yihadista, no ha hecho más que crecer y cobrar fuerza tal y como lo acabamos de ver en el atentado terrorista a la revista Charlie Hebdo y en las imágenes frecuentes de fanáticos cortándole el cuello a occidentales frente a la cámaras.

El fanatismo, asociado al totalitarismo y al fundamentalismo, conduce a un mismo punto, el odio. La división de la humanidad entre dos partes mutuamente excluyentes –fieles e infieles, revolucionarios y contras, puros e impuros– es esencial para su existencia. La conversión de las creencias políticas en fe religiosa y principio de exclusión moral, también.

Nadie sabe cuándo se está gestando un movimiento a la vez fanático, totalitario y fundamentalista. Pero cuando un alto vocero chavista sentencia algo así como: “Si eres cristiano tienes que ser chavista”. Cuando otro declara a la prensa: “Si no eres chavista no eres venezolano”. O cuando un vicepresidente amenaza: “Cuídense porque en Ramo Verde (para los extranjeros, la cárcel donde está Leopoldo López secuestrado) hay mucho espacio”, hay que preparase para lo peor.

Los sobrevivientes de la escuela de Peshawar cuentan que los criminales mataron a los 132 niños recitando una y otra vez, y haciéndoselo recitar a sus víctimas: “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su mensajero”.