• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Fechas felices

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Hay acontecimientos políticos inolvidables por felices. Días y noches cuando la libertad y la democracia se visten con sus mejores ropas y entran en escena triunfantes. Momentos cuando los colectivos humanos que generalmente vienen de padecer largos períodos de infortunio se convencen, aunque sea por unos días, de que su país y su modelo político tienen futuro y la justicia o la equidad, que es un mejor término, vendrán a instalarse en el reino de la Tierra.

Cada generación debe tener su lista de estos grandes momentos. Y cada persona la suya. En función de sus creencias, claro. En la mía personal, y creo que en la de la generación a la que pertenezco, brillan algunas fechas.

La muerte de Franco en 1975. El fin de la dictadura de los Somoza en 1979. El derrumbe del Muro de Berlín y el adiós a  la noche oscura del comunismo de Europa Oriental en 1989. La derrota de Pinochet en el plebiscito de 1990. El triunfo de Mandela, 1994, en las elecciones presidenciales de Suráfrica que pusieron fin a esa humillante anacronía llamada apartheid. Y, por supuesto, echando la película hacia atrás, el 23 de Enero de 1958.

El 23 de Enero es, sin duda, el gran acontecimiento histórico de la democracia en Venezuela. El día cuando un país, que solo había conocido por escasos meses la experiencia de tener un presidente y un gobierno elegido democráticamente por sufragio universal, logró deshacerse del último dictador del siglo XX, Marcos Evangelista Pérez Jiménez, uno de los tres oficiales de alto rango que planearon y dirigieron el golpe de Estado que puso fin en 1948 al efímero gobierno de ese escritor fundacional llamado Rómulo Gallegos.

Por primera vez los venezolanos vieron en acción tropas militares ejerciendo su  poder de fuego, y sacerdotes instigando la revuelta desde el púlpito, no para deponer a un gobierno civil, sino para todo lo contrario, para sacar del juego un gobierno militar y abrirle paso a una junta de gobierno democrática que se encargaría de garantizar la transición pacífica y convocar a elecciones libres.

Quienes nacimos en el seno de familias demócratas y crecimos e hicimos la escuela primaria en la década de los años sesenta del siglo pasado sabemos con exactitud, por las historias que escuchamos una y otra vez en nuestro entorno familiar, la felicidad inmensa, la épica y los ríos de esperanza que se crearon alrededor de aquella fecha que puso fin a largos años de persecuciones, carcelazos, torturas y asesinatos de miles de venezolanos que arriesgaban sus vidas y su libertad tratando de recuperar el hilo extraviado de la incipiente democracia.

Entre los relatos que sobreviven a aquellos días, recuerdo con gusto profundo una crónica de Gabriel García Márquez, por entonces un joven periodista enviado como corresponsal, titulada “Caracas la infeliz”. Con el talento narrativo que obviamente ya tenía, el Nobel colombiano cuenta que su amiga Soledad Mendoza subió de “dos zancadas las escaleras de la casa con sus botas de Siete Leguas” y gritó: “¡Se alzó la Aviación!”.

Luego escribe: “En efecto, quince minutos después, la ciudad se abrió por completo en su estado natural de literatura fantástica. Los caraqueños habían salido a las azoteas, saludando con pañuelos de júbilo los aviones de guerra, y aplaudieron de gozo cuando veían caer las bombas sobre el Palacio de Miraflores (…) Tres meses después, Venezuela fue por poco tiempo, pero de un modo inolvidable en mi vida, el país más libre del mundo. Y yo fui un hombre feliz”.    

Pero las grandes fechas no siempre tienen dulces finales. La esperanza que abrió la insurrección de 1958 se fue desvaneciendo con el tiempo por obra y gracia de las mismas fuerzas políticas que le dieron vida. En hombros de un líder carismático, mesiánico y premoderno ya desaparecido, el militarismo regresó al poder y ahora la Venezuela democrática aguarda por un nuevo 23 de Enero que la libere tanto de los platos rotos del bipartidismo fracasado como de las ruinas precoces, morales y económicas del proyecto rojo. Serán días felices.