• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Estampidas a Cúcuta

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Cúcuta, y en su conjunto el Norte de Santander, han sido una referencia constante y fundamental para la vida de su contraparte de este lado, el estado Táchira. Y, sin exagerarlo mucho, incluso para el resto de Venezuela. Comenzando por el hecho de que fue en este departamento, en la población de Ocaña, donde nació Francisco de Paula Santander, la contrafigura histórica de Bolívar en los escarceos de la Gran Colombia.

Por el Norte de Santander, como bien lo ha contado Ramón J. Velásquez en su prólogo a Los alemanes en el Táchira vino el know how del cultivo del café que, junto a la operación importadora de los alemanes y el financiamiento de los corsos, hizo del Táchira el gran emporio cafetalero del siglo XIX.

A Cúcuta, a finales del XIX, se fue Cipriano Castro, a apertrecharse, armar tropas y partido cuando decidió invadir a Caracas para hacerse de la Presidencia de la República. En Santander del Norte, en los años 20 del siglo pasado, como lo cuenta en su breve Autobiografía Leonardo Ruiz Pineda, igualmente encontraron refugio cerca de 20.000 tachirenses que huían de la persecución de Eustoquio Gómez, el sangriento presidente de estado y primo del dictador.

Y a la inversa, el Táchira fue el destino obligado en las décadas siguientes de miles de colombianos que huían de la violencia política que cobró fuerza, de aquel lado, desde los años 30 y 40 del siglo XX. Entre esa inmigración vendrían muchos maestros que contribuyeron a crear la educación privada en la región.

En Cúcuta, en la tercera década, cursó estudios de secundaria el joven Marcos Evangelista Pérez Jiménez, antes de regresar a Venezuela a inscribirse en la Escuela Militar y hacerse luego presidente también por vía de las armas. 

Cuando el dólar era barato y los bolívares se multiplicaban en pesos, por Cúcuta pasaron durante décadas millones de venezolanos a comprar ropa, alimentos, medicinas, cosméticos y orgasmos. Viajar a Cúcuta, cuando éramos niños, en los años sesenta, era para la generación de tachirenses a la que pertenezco una suerte de bálsamo confirmatorio de lo bien que estábamos económicamente los venezolanos y lo mal que estaban los colombianos. Las calles de tierra aledañas al mercado municipal, las del centro llenas de mendigos y la presión de los padres para que nos cuidáramos de los arrebatones de los carteristas, eran una inequívoca señal de pobreza.

En el presente es al revés, viajar a Cúcuta es la verificación de cuánto nos hemos empobrecido en casa y cuánto han progresado los vecinos. Los contrastes inversos son abrumadores. La llegada a Colombia se hace en Venezuela por la misma avenida estrecha de hace sesenta años, mientras que para entrar a Cúcuta, ya en suelo colombiano, se dispone de una amplia, moderna y fluida autopista. La ciudad se llenó de centros comerciales, grandes avenidas, tiendas de diseño, casinos y una sensación de seguridad que nada tiene que ver con el pasado.

Pero las estampidas de lado y lado continúan. Las dos últimas son reveladoras del tipo de modelo político y económico que ha secuestrado al país de este lado del río. La primera dirigida por el gobernador Vielma Mora, el Eustoquio Gómez del presente, fue la expulsión, por la fuerza, en el más puro estilo fascista, con destrucción de viviendas y robo de enseres incluidos, de casi un millar de colombianos que residían en Venezuela. La segunda, ocurrida hace 2 semanas, la peregrinación masiva de venezolanos, se calcula que 30.000 por día aproximadamente, a la búsqueda desesperada de alimentos y cosméticos que en Venezuela no se consiguen. La prensa internacional se dio un banquete fotográfico con el éxodo exprés.

En ambos casos, el gobierno colombiano y organismos como la Cruz Roja tuvieron que habilitar campamentos de emergencia y operativos de apoyo para impedir que las movilizaciones terminaran en catástrofe. Hubo una diferencia notoria: mientras los policías colombianos ayudaban a las mujeres venezolanas a transportar sus productos, al llegar a la aduana de este lado, uno que otro policía venezolano les arrebataba alguno. La vida te da sorpresas.