• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Dios nació en Sabaneta

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Si María Estrella Uribe, con el propósito de alabar al Comandante Supremo, como llaman sus fieles a Hugo Chávez, no hubiese modificado el Padre Nuestro sino un versículo del Corán, y lo hubiese leído públicamente no en Venezuela sino en algún país donde opere el Estado Islámico, para el momento de escribir estas líneas hace rato que debería haberse quedado sin cabeza. Con transmisión en vivo y a manos de alguno de los fanáticos yihadistas que se han especializado en degollamientos globales de herejes.

La señora Uribe es la autora de “La oración del delegado”, una versión del Padre Nuestro en la que se sustituye la figura de Dios por la de Hugo Chávez, “que estás en el cielo, en la tierra y en los mares” dice el rezo, y en la que se le ruega al conductor del golpe militar de 1992: “Danos hoy tu luz para que nos guíe todos los días y no nos dejes caer en la tentación del capitalismo, mas líbranos de la maldad, la oligarquía y el delito del contrabando, por los siglos de los siglos. Amén”.

Parece un mal chiste. Pero no lo es. Al final de un Congreso del PSUV, la autora fue llamada al presídium a leer, conmovida, la oración bajo la mirada aprobatoria de su alta dirigencia y el aplauso frenético de los más de 2.000 delegados, todos y cada uno uniformemente vestidos de rojo, y lo convirtieron así en un texto oficial.

Para un creyente, el Padre Nuestro, como el Credo, son sagrados. La oración a Chávez, por tanto, se convierte en una burla y un irrespeto a su fe. Así lo ha explicado por estos días el Arzobispado de Caracas en un comunicado público. “El Padre Nuestro –dice el comunicado– proviene de los mismos labios de Nuestro Señor Jesucristo en el Sermón de la Montaña (Mt. 6,9-13), y por ello es intocable. Así como a nadie se le permitiría cambiar la letra del Himno Nacional para honrar a una persona, tampoco a nadie es lícito cambiar el Padre Nuestro o alguna otra oración cristiana”. Luego el documento concluye: “Quien dijera esta nueva e indebida versión del Padre Nuestro estaría cometiendo el pecado de idolatría, por atribuir a una persona humana cualidad o acciones propias de Dios”.

Es la interpretación religiosa del hecho. Que, dogma teológico aparte, en su segunda parte no dista mucho de una lectura sociológica. La perversión mayor de “La oración del delegado”, y la de todas las operaciones de culto a la personalidad, es “atribuir a una persona humana cualidad o acciones propias de Dios”. O de superhéroes, podríamos agregar.

No es nada nuevo. Kim Il-sung, el dictador coreano se hacía llamar oficialmente “Nuestro padre celestial”. Stalin, en versión más popular, era “el Padrecito”. Y Leni Riefenstahl, cineasta oficial del nazismo, en El triunfo de la voluntad, un documental sobre el Congreso del Partido Nacionalsocialista en 1934, arma una secuencia del avión del führer arribando a Nuremberg que, con música de Wagner atrás, intenta hacer sentir a los creyentes que se trata del mismísimo Dios brotando entre las nubes.

Como no solo quieren el poder, también poseer el corazón, las creencias y la fe de los ciudadanos, los modelos totalitarios hacen cualquier cosa para lograrlo, incluyendo el culto al Jefe Único. En América Latina ya conocíamos el de Fidel y, un poco más un poco menos, los de Perón y Evita. Pero ninguno de ellos había llegado a los desafueros mística y grotescamente manipuladores del chavismo.

Venezuela se va llenado de capillas con avisos de entrada “Altar a Santo Chávez”; murales con las Tres Divinas Personas: Cristo, Bolívar y Chávez, y; de versiones pictóricas de La Última Cena en donde Chávez ocupa el lugar de Jesús y Marx, el Che, Fidel y hasta Marulanda, el jefe guerrillero colombiano, el de los apóstoles.

Esta semana, luego de ver a Uribe rezando “La oración del delegado”, y a Maduro ahogándose sin salvación en la acuosidad babosa de su propia retórica, terminé de comprender por qué hay quienes creen que Venezuela ya no es una república sino un sanatorio mental donde los pacientes tomaron el control y aseguran que los médicos están locos.