• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Tulio Hernández

Dilemas de una nación secuestrada

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Venezuela es una nación secuestrada.

No es, por lo menos no todavía, una economía comunista. Porque, aunque menguadas, todavía existen empresas y propiedad privadas. Pero el avance voraz del gobierno rojo estatizando o monopolizando todo lo que puede, regulando precios, ejerciendo un férreo control cambiario y atemorizando empresas, permite concluir fehacientemente que no estamos tampoco ante una economía de libre mercado.

No es, por lo menos no todavía, una dictadura. Porque, aunque hostigados hasta el extremo, existen partidos políticos activos, ya pesar de que el gobierno cuenta con comandos de civiles entrenados para disolverlas violentamente, las personas pueden todavía ejercer su derecho a la protesta. Pero la ausencia plena de autonomía de poderes, y de un sistema de justicia independiente, más la violación frecuente y sistemática de las reglas de juego establecidas en la Constitución, la instauración de un Estado paralelo y un aparato de control social de estructura cada vez más militar, permite concluir sin titubear que el sistema político imperante tampoco es una democracia. Peor, que es un totalitarismo en construcción.

El mismo escenario en todos los terrenos. Hay elecciones frecuentes pero se realizan en condiciones de ventajismo obsceno por parte del partido de gobierno con la anuencia del árbitro electoral. No hay censura previa como en las dictaduras y todavía existen medios privados independientes, pero el descomunal aparato comunicacional gubernamental; la autocensura impuesta a los medios, especialmente a la televisión y la radio privadas; el uso de las divisas preferenciales como instrumento de chantaje gubernamental a los medios impresos, más el continuo uso abusivo de las cadenas radioeléctricas reiteran que entre nosotros la libertad de expresión y el respeto al derecho a la comunicación son solo un simulacro.

Vivimos en una nación secuestrada. El país ha sido tomado, gracias a una estrategia de autoritarismo slow motion, por lo que algunos calificamos como un Estado malandro y otros como Estado delincuente. Fuera de Ley.

La fiesta electoral que desde hace años nos mantenía febriles y distraídos ha entrado en tregua poniendo en contundente evidencia la verdadera situación: que estamos ante una oposición democrática que ha crecido pero no logra conquistar el poder y ante un gobierno autoritario que no crece en apoyo popular pero dispone ahora de un tiempo precioso para acelerar y terminar de implantar, fuera de Ley hay que recordarlo siempre, su proyecto de cerco final, hasta nuevo aviso, a la democracia.

La dirigencia y con ella la población opositora tenía guion hasta las recientes elecciones municipales. A escala local lo siguen teniendo los nuevos acaldes y sus equipos. Pero no haber logrado la mayoría necesaria para confirmar la discutida ilegitimidad del nuevo presidente y haber abandonado el combate en torno al tema, ha sumido a una parte de los electores en una nueva etapa de amarga desesperanza.

El futuro se ha ido cubriendo de tinieblas otra vez. En política, la impaciencia tanto como la inercia son malas consejeras.

Desestimar de un plumazo el trabajo exitoso de la MUD y la capacidad de crecimiento opositor gracias a la opción electoral es, por lo menos, ceguera.

Tanto como no aceptar que esa opción ya tiene un techo y necesita una revisión de fondo para atender nuevos dilemas porque otro momento llegó.

O se sigue haciendo política nacional como si estuviésemos en una democracia, a sabiendas que esto último no es verdad. O se cambia de estrategia y se inventan nuevos modos de combatir a partir de un ejercicio realista y profundo, intelectual y político, de caracterización y comprensión de la verdadera naturaleza del régimen y, en consecuencia, de las maneras de ejercer la resistencia y construir el proyecto político de transición.

En la lucha contra el autoritarismo la reflexión y el análisis son tan importantes como la acción. Como en las películas, los rehenes tienen mucho que pensar.