• Caracas (Venezuela)

Tulio Hernández

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Dilemas éticos de la supervivencia

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Durante mucho tiempo Venezuela, vamos a decirlo así, fue un país importador de trabajadoras sexuales. Uso el término propuesto por el gobierno para “dignificar” los reunidos en el DRAE: prostitutas, mujeres públicas o meretrices.

Las crónicas hablan del prestigio de las trabajadoras de cama francesas entre las élites del siglo XIX. En “El inquieto Anacobero” de Salvador Garmendia, dos personajes claves, La Tamborito y Miss Panamá, provienen de vecinos países del Caribe. Y en el siglo XX el atractivo de las venidas de Colombia era tan grande como la cantidad de pesos equivalentes a un bolívar.

Ahora parece que la balanza comercial cambió. Además de petróleo y profesionales universitarios, Venezuela sería un país exportador de trabajadoras sexuales. La cortina la corrió el cierre de la frontera. Un periodista cucuteño cuenta que entre las consecuencias menos conocidas de aquella operación destaca la cantidad de venezolanas que quedaron atrapadas en los “chuchos”, como llaman en Cúcuta a las “casas de citas”.

Cuenta nuestro informante que aquellas venezolanas, que pasan la frontera por la tarde y regresan al despuntar el alba, son una competencia desleal para las locales. Suelen ser más jóvenes y cobran a mitad de precio. Es comprensible. Gracias al diferencial cambiario, una buena jornada de trabajo sexual en pesos un fin de semana le reporta el equivalente al salario en bolívares de tres meses de una secretaria o una cajera. “Es injusto con las locales, las venezolanas les hacen dumping”, concluye con cierta sorna nuestro amigo colombiano.

A Panamá también están viajando. Durante mucho tiempo en este país la mayoría de trabajadoras sexuales prestigiosas provenían de Colombia y Paraguay. Ahora, es vox populi, también de Venezuela. Pero al contrario de lo que ocurre en la frontera, en Ciudad de Panamá, respaldadas por la imagen de marca del Miss Venezuela, nuestras connacionales se han convertido en el top de la movida prostibularia de lujo.

No sabemos cuánto de legalidad o ilegalidad haya en la manera de ejercer estos oficios. Pero lo que sí está claro es que se trata de una de las tantas estrategias a las que nuestros y nuestras compatriotas están recurriendo para mantenerse a flote en medio de la debacle económica.

Recurrir a formas de comercio ilícito, el contrabando, el acaparamiento, la especulación, se han hecho prácticas frecuentes a las que recurren miles y miles de personas comunes. A los dramáticos efectos propiamente económicos de la inflación y el desabastecimiento hay que añadir como calamidad las repercusiones morales.

Las fronteras éticas entre lo legal y lo ilegal; lo permitido y lo delictivo; lo digno y lo indigno, se evaporan. Sin incluir a aquellos generales y guardias nacionales que hace mucho cruzaron la barrera del grado cero de la honradez, un bachaquero encuentra plenamente justo vender un producto a cuatro o cinco veces el precio en que lo adquirió dadas las horas de cola que hizo para legar a él. Y, lo peor, quien lo paga, en el fondo se siente agradecido. Consiguió el producto.  

La degradación por la subsistencia es un proceso conocido. Hace años Maruja Torres, desde la mirada severa de una feminista, publicó en El País de Madrid un conmovedor reportaje sobre el turismo sexual a Cuba. Con doscientos euros más un “combo” –compuesto por ropa íntima, cosméticos, toallas sanitarias, medias de nylon– un español promedio podía hacerse de una exuberante jinetera, como llaman en la isla a las trabajadoras sexuales, por una semana.

El cine también ha dejado excelentes testimonios. Hace años, en un festival de cine en La Habana, asistí al estreno de Adorables mentiras, una excepcional película crítica. En una escena clave, una jinetera veterana le dice a su amiga: “Es que cada vez que escucho a Fidel decir que el comunismo acabó con la prostitución en Cuba me dan ganas de tirarme por la ventana”.

En la sala se escuchó una exhalación coral de asombro contenido. Y algunos, discretamente, se atrevieron a aplaudir.