• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

Al instante

La universidad y la tragedia de Venezuela

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El pasado 21 de octubre los medios y las redes sociales del mundo se llenaron de alusiones a la película Volver al Futuro 2. Como la película fue un fenómeno global, en todas partes se habló de lo lejos o cerca estuvo la ciencia ficción de este futuro que vivimos actualmente, de los sueños alcanzados o incumplidos en estos casi treinta años, de la Era Reagan, ahora vista por algunos con nostalgia (“Ronald Reagan?! The actor?! Then, who’s vice presidet? Jerry Lewis?”, ya es una frase para la historia); de que “el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos”. Sin embargo, de todo lo dicho en particular me impresionó un meme que vi en Facebook. Es un chiste cruel, y tal vez precisamente por eso me dijo tanto de la hora actual de Venezuela: se trata de un fotograma en el que aparece Marty McFly diciéndole, cariacontecido, algo al Dr. Emmett Brown. A la imagen le pusieron por texto: “Doc, vengo del futuro y la UCV sigue en paro”.

Por los “likes” que recibió el meme, me di cuenta de que la broma no fue entendida por los más jóvenes, pero para quienes fuimos adolescentes entre mediados de los ochenta y los tempranos noventa padeciendo paros universitarios y disturbios de encapuchados, nos reveló, con la contundencia de un puñetazo, la dimensión de lo que estamos pasando, de lo que hemos venido pasando en estos treinta años. La utopía de la película que idearon Robert Zemeckis y Bob Gale, en la que un viajero en el tiempo trata desesperadamente de volver al futuro, en gran medida es la metáfora del conflicto que hoy tiene a las universidades en huelga y movilizados a muchos sectores de la sociedad: regresar a un futuro promisorio, siquiera como la esperanza que tuvimos de él hasta la década de 1980. Una imagen de futuro como una postal vintage de 1985, en la que quisiéramos volver a creer.  Un futuro que ya es pasado y al que quisiéramos volver. 

En efecto, si McFly llega hoy a Venezuela en su fabuloso DeLorean, le echara un vistazo al panorama que tendría frente a sí y de regreso a 1985 o 1989 nos hubiera dicho que en la UCV seguirían los paros un cuarto de siglo después, lo que en realidad nos hubiera estado diciendo es que los problemas habían llegado para quedarse. Que los cambios que se reflejaron en el Viernes Negro y el Caracazo eran más hondos de lo que pensábamos. No se tratan, a lo mejor nos hubiera señalado, de accidentes en el camino a la modernidad, la libertad, el bienestar: ellos son el camino. Quiebra económica, pobreza, violencia.

Por eso volver al futuro, en este octubre de 2015 al que arribó McFly, es en alguna medida volver a soñar con el futuro soñado y dejado atrás. Es retomar una vía hacia el desarrollo o, mejor, crear otro, porque la que transitamos nos trajo adonde estamos. El chiste (en realidad no se trata de un chiste) de la universidad que sigue en paro no habla de los problemas específicos de la educación superior, o no solo de ellos: habla de la quiebra del modelo de desarrollo del país. Concebida como una de sus grandes punteras, al colapsar el modelo se llevó consigo la mayor parte de sus promesas y ahora amenaza con llevarse la existencia misma de la universidad. En su esquema, la universidad era una de las grandes palancas de ascenso social; el semillero de la orgullosa clase media que se mostraba como el éxito del modelo venezolano. En la universidad se produciría la ciencia y la tecnología que nos sacaría del subdesarrollo; se formaron los técnicos que hicieron posible administrar la industria petrolera cuando se nacionalizó, los médicos que dispararon los indicadores de nuestra salubridad, los gerentes que hacían de Venezuela el lugar preferido de las transnacionales para ubicar sus oficinas para las regiones andina y caribeña: había capital humano, servicios públicos y seguridad como en pocos lugares del área; los ingenieros que se precian de estar entre los mejores del mundo. 

Aunque todo lo anterior lo sigue haciendo, y con una notable dignidad si atendemos a sus limitaciones, nuestro sistema universitario, el punto es que desde el gran paro de 1987, en el que se perdió el año escolar, comenzó un declive que la seguidilla de 30 años de paros mayores y menores ha demostrado indetenible. Como toda la sociedad venezolana, el sistema universitario con su espectacular salto de 1958 a 1998 (es decir, de 4 universidades nacionales, 2 privadas y un instituto pedagógico a más de 100 instituciones) dependió de la expansión de la renta petrolera para sostenerse. Así, en 1982 el presupuesto de la Universidad Central de Venezuela fue 308 millones de dólares, cifra que para 1988 había bajado a 54 millones de dólares (¿hace falta otra explicación para el gran paro de ese año y el paro de 4 meses del siguiente?); para 2001 había logrado recuperarse y llegar a 393 millones de dólares, pero si calculamos que un dólar de 1982 equivalía a 1,85 dólares de 2001, en cifras constantes el presupuesto en realidad era casi de la mitad (las cifras las tomé de 30 años de presupuesto de la UCV, 1975-2004). Desde 2008, cuando los precios del petróleo comenzaron a bajar y las tensiones entre el gobierno y la universidad a subir, el presupuesto comenzó a reconducirse.  Es decir, que se ha recibido más o menos lo mismo (aunque suelen llegar créditos adicionales) en un período con una inflación acumulada de 571,6% solo hasta diciembre de 2014… (De entonces para acá hay que sumar otro 100% más). Así, calculado a dólar libre, el actual presupuesto de la UCV es de ¡unos 4 millones de dólares! (http://ucvnoticias.ucv.ve/?p=35530).

Veamos lo que esto implica en los salarios: en 1990 un titular tiempo completo (eso quiere decir, un profesional generalmente con doctorado y alrededor de 20 años de servicio) ganaba unos 800 dólares mensuales. Eso era entonces considerado todo un desastre porque justo 2 años antes, en 1988, ganaba el doble; y en 1982, cuando la Gran Venezuela estaba en ese punto más alto que precede a la caída, tenía un sueldo de 3.500 dólares (que, en ciertos casos, por las primas podía subir hasta casi a 5.000). Hoy, si la última propuesta del gobierno fuera aceptada, los titulares ganarían unos 62 (sí, ¡62!) dólares mensuales. Estos números dan una idea bastante general de lo que ha ocurrido con todo el país: simplemente, como en la universidad, no hay modo de seguir viviendo como en 1982. Pero esto solo es el marco. Las implicaciones son muchísimo más variadas y profundas. Por ejemplo, está en juego la continuidad misma de la universidad (y de lo que ella representa: médicos, ingenieros, innovaciones, gerentes, maestros). ¿Cómo conseguir, con semejantes sueldos, una generación de relevo? 

Lo que esto significa como empobrecimiento de recursos humanos, pero también de actividad intelectual, de pensamiento, de cultura, puede tener graves consecuencias a largo plazo. Pregúntenle al director de cualquier servicio de un hospital qué necesita alguien para hacer una guardia o al director de un colegio que requiera un profesor de Inglés o de Física. Tanto en medicina como en el magisterio ya estamos presenciando la desprofesionalización, bien con los médicos integrales comunitarios que no aguantan un semestre en ningún posgrado serio, o bien con los docentes que hay que improvisar para que dicten alguna asignatura. A falta de una categoría mejor, a esto solo se le puede llamar atraso. 

Pero hay más: donde también retrocedería el país es en sus libertades. Un aspecto principalísimo en la crisis actual es la arremetida de un gobierno poco amigo de las disidencias. Un combativo movimiento estudiantil que no ha podido conquistar y un profesorado que a pesar de las dificultades aún produce trabajos que demuestran sus falencias, son estorbos a los que evidentemente no se quiere enfrentar. Desde la creación de un sistema universitario paralelo para formar sus cuadros, hasta la reconducción de los presupuestos por tantos años llenos de inflación, todo parece encaminado a someter a las universidades, como ya se ha visto en aquellas que ha intervenido. Ni en ellas ni en el sistema bolivariano son realmente posibles la libertad de pensamiento y de cátedra, la disidencia, la autonomía funcional e intelectual. Es decir, todo lo que usaron muchos profesores y alumnos que hoy están en el poder para oponerse al antiguo régimen, incluso para conspirar contra él. Pero también lo que permite crear ciencia y formar profesionales y ciudadanos de bien en una universidad. Todo indica que la actual coyuntura del conflicto podría ser utilizada para aplicarle el torniquete final al largo estrangulamiento a que ha venido siendo sometida la universidad. 

De tal modo que si la universidad en un momento fue el signo de la modernización triunfante, la que vivimos en la actualidad, pudiera llegar a serlo de su contrario: de la desmodernización. Sin talento humano y sin libertad deja en la práctica de ser universidad. Algunos dicen que Venezuela no es un país posmoderno, sino ex moderno. En efecto, si se comparan los recursos de la universidad en 1985 con los actuales, pareciera que hemos dejado la modernidad atrás, pero no para superarla sino para retroceder.  Como esos templos budistas comidos por la selva en algunos sitios de Asia, como una especie de Angkor que fue floreciente, donde hubo pensamiento y arte y hoy está abandonada, así pueden quedar nuestras casas de estudio superior. Regresar, entonces, al futuro, es volver al camino del desarrollo y la libertad. No el que transitábamos en 1982, que nos llevó hasta acá. Sino uno nuevo y mejor. En efecto, McFly, la UCV sigue en paro, pero, como todas las otras universidades, un paro activo, de lucha, de pensamiento, de creación,  para no volver a dejar el futuro atrás.

 

@thstraka