• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

Al instante

Tomás Straka

La sombra de 1998

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La última encuesta de Datanálisis, así como otras realizadas en el primer trimestre de este año IVAD, Datos y algunas más que no se han hecho públicas dan una idea de la amplitud y profundidad de la crisis que estamos enfrentando. Con 60% de desaprobación, y eso en un universo donde 80% considera que la situación general del país es mala o muy mala, el gobierno de Nicolás Maduro es de los más impopulares de la historia venezolana, solo superado por Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera al final de sus segundos mandatos. Por varias razones parecemos estar de nuevo en 1997 o 1998. Tal vez en ciertos casos se trate de la reaparición de fenómenos que habían desaparecido, pero es muy probable que otros sean la continuación de procesos que ya estaban en desarrollo tres lustros atrás.

Comencemos, sin embargo, con lo que parece definitivamente nuevo: la combinación de inflación con escasez. Según la encuesta, 32% de los venezolanos considera la escasez su principal problema, incluso por encima de la delincuencia (y vaya que somos el país más violento de la región). Hasta donde tenemos noticias, fue durante la Segunda Guerra Mundial cuando se dio un problema similar. Entonces, el cierre de Europa por la ocupación nazi y el volcamiento de toda la industria norteamericana hacia el esfuerzo bélico hicieron imposible la importación de las manufacturas y alimentos que se consumían en el país. No obstante, no sabemos si la escasez llegó al 30% que ostenta hoy o si fue, muy probablemente, menor. Lo que sí sabemos es que en la década de los años cuarenta del siglo pasado no había inflación. Esta arranca treinta años después, en medio de la expansión económica de la Gran Venezuela (en 1974 rompe la barrera del 10%), para aparentemente no desaparecer más. Las décadas de los años ochenta y noventa fueron en las que la alta inflación entró en nuestra cotidianidad, pero en ellas, salvo en algunos casos puntuales y pasajeros de desabastecimiento, los consumidores tuvieron que preocuparse por los precios, no por conseguir los productos.

Queda de parte de los politólogos y analistas ver hasta qué punto la escasez actual, acaso como la manifestación más notable de la postración económica, tiene incidencia en la impopularidad de Maduro, a pesar de que aquello de que “la política es economía concentrada” se ha probado, a lo largo de la historia, como severamente cierto. Tal vez sea acá donde comenzamos a ver ciertas coincidencias. Las caídas en la popularidad de CAP y Caldera tuvieron relación directa con el empobrecimiento de las clases medias y de las populares. Las llamadas reformas neoliberales que a la larga acabaron con las inflaciones de América Latina y pusieron al continente en el camino del crecimiento cosa que después les permitió a gobiernos más o menos socialistas como los de Lula da Silva, Tabaré Vásquez, el segundo Alan García o Rafael Correa iniciar sus políticas sociales en Venezuela solo se quedaron en su primera fase de inflación y shock económico. Detenidas tras el golpe de 1992 y durante los primeros años de Caldera, se retomaron cuando ya era muy tarde, solo para que al poco tiempo Hugo Chávez llegara al poder con la promesa de acabar con el neoliberalismo (y en general con todo liberalismo). De un modo u otro, durante la década de los noventa el venezolano promedio se sentía estafado por unos gobiernos incapaces de mantener e incluso elevar los estándares de vida tal como había venido ocurriendo desde la década de los años treinta. Convencido, además, de formar parte de un “país rico”, la convicción de que algo le había sido arrebatado, de que algo suyo le había sido robado por las élites que aparentemente seguían viviendo bien y por los políticos, abrió el camino para que una candidatura como la de Chávez se hiciera popular.

Esto también explica por qué Chávez, cuando los precios del petróleo se dispararon entre 2003 y 2008 y esto facilitó la expansión casi ilimitada del gasto público, fue visto como un salvador, como un mesías: finalmente vino el líder capaz de devolverme mi pedazo de la renta petrolera, antes en manos de la oligarquía, de los ricos y del imperialismo. No es el caso entrar en lo que de falaz pueda tener esto, o en las consecuencias en términos de endeudamiento, inflación y desmontaje del aparato productivo. La gente tuvo dinero en el bolsillo, lo gastó con regocijo (según varios estudios, entonces se duplicó la capacidad de consumo de los más pobres) y por eso no dudó en reelegir al mago viene muy a propósito la tesis del Estado mágico capaz del prodigio. Si el socialismo del siglo XXI es esta fiesta, ¡pues que siga! Pero ahora, otra vez, estamos en la resaca. Aparentemente se acabó el dinero (y es para Maduro una suerte que haya tanta gente que no le pregunte con vehemencia por qué). A su vez, el socialismo se convirtió en lo que siempre se convierte cuando se propone demoler y no sólo equilibrar la economía de mercado: anaqueles vacíos y colas. Aún no hay el sentimiento de indignación de finales de los años noventa, por lo menos no tan generalizado, pero por otro lado las encuestas hablan: una sólida mayoría está disgustada.  

Otra cosa que recuerda a 1997 es lo que está en el núcleo de ese disgusto: la convicción de que el gobierno no parece dispuesto, o no tiene la capacidad, de tomar las decisiones que hacen falta para superar la situación. Aunque siempre puede ocurrir un segundo “Dakazo” que lo oxigene, aparentemente son muy pocos los que de veras confían en él. Muchos siguen declarándose chavistas. De hecho, el PSUV es, de lejos, el principal partido en los sondeos, pero eso en buena medida siguió pasando con AD o Copei casi hasta la víspera de su debacle. De nuevo, es un campo que hay que dejar en manos de los analistas, pero es bueno recordar que para septiembre de 1997 Chávez no superaba el 5% de las encuestas. Es difícil que un fenómeno similar se repita, pero también es razonable pensar que toda esta desaprobación actual solo está aguardando a que aparezca una propuesta o una figura lo suficientemente atractiva para capitalizarla (y véase que ya en 2012 y 2013 Capriles Radonski logró morder una porción significativa del electorado). Además, está el dato de de que 50% también desaprueba a la Mesa de la Unidad Democrática. Esto significa que la mayor parte de los chavistas desaprueban a Maduro y un buen porcentaje de los opositores hacen otro tanto con la MUD. 

Por último, 92% rechaza las guarimbas. Es una cifra asombrosamente alta. Incluye casi a 60% de los opositores. Aunque en esto puede influir el cansancio de sumar a todos los problemas que ya tenemos el de los trancones que no dejan salir a la gente de sus casas o de sus trabajos, tal vez avale también lo que arrojó el importante estudio “Valoraciones de la democracia”, del Centro Gumilla (puede descargarse en www.gumilla.org): los venezolanos parecen estar en el centro del mapa político. Hay aspectos esenciales en los que existen coincidencias, que en la actualidad el estudio es de 2010 podrían llevar más allá de esta coyuntura de desaprobación de Maduro. Por algo Chávez siempre se moderaba en época electoral, y por algo 47,8% de los encuestados se declaran independientes cuando se les pregunta por un partido específico.

En fin, un panorama que podría augurar un viraje de importancia en la política venezolana. Parecemos estar bajo una sombra como la que nos cubrió durante los años noventa, en especial en 1997 y 1998: como en aquel año en el que la sociedad se sentía sumida en el fondo hasta que una parte de ella vio en Chávez una solución, vuelve la sombra del desencanto y de la crisis de los liderazgos, de la pérdida de la confianza en el gobierno (y en menor medida en la oposición). En 1998 fue una coyuntura en la que cualquier cosa podía suceder. Y es lo que, leídas con sentido histórico, las últimas encuestas comienzan a anunciar.