• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

Al instante

El reto del 6-D

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“¡Es como ganarle a un casino!”. Un estudio sobre la composición de los circuitos electorales y sus posibles consecuencias, produjo la exclamación de un curtido dirigente. “Algo así no se veía desde los tiempos de López Contreras y Medina Angarita: un sistema diseñado para que ganen las minorías”. La dimensión de lo que esto significa como reto para la oposición, habla de los retrocesos que ha sufrido nuestra democracia. El hecho de que existan posibilidades para ganarle al casino subraya que el peso de lo conquistado en los últimos setenta años sigue teniendo un papel que jugar.

El próximo 6 de diciembre los venezolanos nos enfrentamos a unas elecciones que serán cruciales para nuestro porvenir, tanto en lo inmediato como en el mediano y largo plazo. Si en algo coinciden todos los analistas es en que las encuestas, sostenida y sistemáticamente, auguran una sólida mayoría para la oposición; y que anuncie lo que anuncie el CNE aquella noche (¡ojalá sea aquella noche!) el mapa político de Venezuela cambiará de manera sustancial.  Pero a partir de allí empiezan las dudas: no es posible predecir que la mayoría se traducirá, al menos no en su verdadera proporción, en el número de escaños opositores; ni tampoco se puede saber cómo ocurrirá ni cuánto tiempo se llevaría lo que en cualquier otra democracia sería un hecho normal: un nuevo gobierno que refleje el auténtico sentir nacional.

Por ejemplo, si el barrunto del viejo dirigente se cumple –y hay algunas posibilidades de que eso sea así– estamos ante un peligroso escenario de ilegitimidad como no lo vivíamos desde que el viejo Consejo Supremo Electoral proclamó, con cifras sacadas de la chistera, a Marcos Pérez Jiménez ganador en 1952 y 1957. Ni siquiera López Contreras y Medina Angarita con sus sistemas electorales escrupulosamente organizados para que solo un grupo eligiera y fuera elegido merecen ser metidos en este saco: al cabo, ellos representaban avances notables en liberalización y democratización si tomamos en cuenta que venían y actuaban dentro del marco del gomecismo, y su obra era sólida en todos los ámbitos. Con ellos el vaso estaba medio lleno.  Pero Pérez Jiménez sí marcó un regreso a formas de usurpación de poder que se creían superadas. No obstante su farsa electoral demostró que, como todas las mentiras, tenía patas cortas. Solo con represión no se controla a un pueblo. 

No obstante, hay que admitir que la imagen de casino inquieta: a pesar de aquello de que “la casa pierde y se ríe”, ello suele ocurrir poco, especialmente en entornos de institucionalidad reblandecida como la descrita por Luis Almagro en su famosa carta. Lo importante es que, cuando la ilegitimidad ya es muy grande, ocurre: los casos del plebiscito de Chile de 1988 y de las elecciones legislativas polacas de 1989, que dieron al traste con la dictadura comunista del general Wojciech Jaruzelski, son elocuentes al respecto. En ambos sitios los márgenes de libertad y equilibrio de poderes eran mucho menores que los nuestros y sin embargo la democracia logró imponerse.

Naturalmente, no se dejó todo a los votos: hubo potentes movimientos populares (¡piénsese nada más que en el sindicato Solidaridad!), crisis objetivas que hacían a los regímenes más o menos inviables y grados diversos de presión o al menos acompañamiento internacional. En el caso venezolano, además, depositar nuestro voto es algo más que depositar una ficha en esas máquinas tragamonedas sobre las que no tenemos ningún control y a las que hay que aceptarles lo que a ellas les dé la gana de seguir. Según todos los especialistas, el sistema es confiable, aunque el desafío está a nivel de centros de votación. Por eso si votamos masivamente, si los partidos y otras organizaciones se movilizan, la casa, aunque no se ría, deberá admitir que perdió.