• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

Al instante

Para un proyecto de nación

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Con motivo de su 73 aniversario, Acción Democrática organizó un conjunto de actividades entre las que estuvo un foro para evaluar su situación actual, hacer un resumen de lo que ha sido su papel en la historia y, sobre todo, atisbar qué le puede aguardar en el porvenir. Las conferencias centrales estuvieron a cargo de Germán Carrera Damas y Américo Martín, a los que seguimos como comentaristas Ricardo Villasmil y quien suscribe. Después intervino una representación de la juventud del partido. Es decir, dos historiadores, un “histórico” (Martín, líder de la resistencia contra la dictadura así como de la división del partido en 1960), un economista, que también tiene estudios en Historia, y un grupo dirigentes juveniles. El peso parece haber estado en la historia, bien por quienes la tenemos como objeto de estudio, o bien por quienes la han protagonizado, lo cual puede dar pie a varias interpretaciones. Algunos dirán que es la evidencia de que a AD ya es fundamentalmente cosa del pasado, que tiene más que decir sobre su historia que sobre sus planes para el futuro; pero otros, sobre todo de cara a la cantidad de jóvenes presentes en el evento y de su notable éxito en el movimiento estudiantil (¡el partido ha ganado nada menos que la presidencia de la Federación de Centros Universitarios de la UCV, algo asombroso para quienes fuimos estudiantes en los años noventa!), verán en la revisión de la historia una base sobre la cual construir nuevos proyectos de sociedad, un trampolín para saltar hacia nuevas metas. Es sobre esta imagen de la historia como base y como trampolín sobre la que queremos detenernos.

Queda en manos de la dirigencia adeca ver qué decisiones toma con base en lo discutido en el foro. Si algo dejó en claro es que se trata de un partido que en un momento determinado supo sintetizar las aspiraciones mayoritarias de los venezolanos, convertirlas en un proyecto político, tomar el poder teniéndolas como bandera y ejecutarlas en gran medida; de uno al que se le pueden atribuir realizaciones muy importantes en el fraguado de la moderna nación venezolana y de su Estado. De uno que contó entre sus filas a los intérpretes más entrañables de la venezolanidad, como Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco o Simón Díaz. Del partido de Rómulo Betancourt, figura central de nuestra historia, bien se le ame o se le deteste. Pero también quedó en claro que los actuales no son los tiempos gloriosos, que a partir de 1980, o incluso un poco antes, se cometieron faltas importantes, que no debe eludir su cuota de responsabilidad en la quiebra del sistema político anterior, que llegó a estar al borde de su desaparición hace un quinquenio. Desde entonces ha logrado avances vertiginosos, de casi haber muerto tiene otra vez una veintena de parlamentarios y otra de alcaldes, numerosos concejales, sindicatos, gremios y organizaciones estudiantiles (sobre todo esto: por alguna razón, AD ha logrado conectar con una gran cantidad de muchachos). En esta hora de aparente resurrección, ¿para qué puede servir la historia? ¿Será un fardo que impida avanzar, o una base sobre la cual seguir edificando, o un trampolín para saltar al futuro?

Son reflexiones de especial importancia en este momento en el que muchos señalan una ausencia de proyectos viables de país, o al menos una en la oposición venezolana, como parece demostrarlo la crisis de la Mesa de la Unidad Democrática. ¿Qué hizo posible el proceso vivido por AD entre 1941, o incluso entre 1938 y, por poner una fecha, 1988? ¿Qué pasó a partir de entonces para que los consensos empezaran a ser tan difíciles de construir, para que un partido logre amalgamar y representar lo sentido y reclamado por la mayoría de los venezolanos? ¿Qué podemos hacer ahora para lograrlo? Ni la duración del foro ni el espacio de este artículo pueden dar una respuesta definitiva, pero tanto la historia de AD como algunas de las variables de nuestra dramática y agitada hora actual, pueden ofrecernos algunas pistas para emprender planes de acción. Veamos:

  1. AD logró resumir los grandes valores y aspiraciones de los venezolanos.  A pesar de que su programa, desde el genésico Plan de Barranquilla (1931), estuvo definido por el pensamiento de sus líderes, en especial de Rómulo Betancourt, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Juan Pablo Pérez Alfonso, Rómulo Gallegos y algunos más, como Mariano Picón-Salas y Eduardo Mayobre, en todos los casos se basaron en una detenida reflexión sobre la historia de Venezuela.  Era lo que correspondía a unos políticos que venían y por mucho tiempo se mantuvieron en el marxismo, pero siempre tomando como eje las especificidades de nuestra realidad de los años treinta y cuarenta. Tanto fue así que esa realidad la pusieron por encima de la ortodoxia revolucionaria que presuponía el marxismo de entonces, para así romper con el modelo soviético y buscar una ruta propia, venezolana.  Eso fue haciendo un diálogo (una dialéctica acaso le hubiera gustado decir a un Betancourt de 1938), entre sus ideas propias y lo que la sociedad venía aspirando desde hacía un siglo: la democracia como palanca para la igualdad, la construcción del Estado nación sobre los regionalismos, el respeto de la independencia ante los poderes externos (en aquel momento encarnados en las compañías petroleras), la sustitución del caudillismo por un régimen de legalidad. El programa de la “revolución democrática”, como siempre la llamó Betancourt, era sobre todo producto de una tradición venezolana, actualizada en sus métodos con los últimos avances del siglo XX. En el foro Carrera Damas dijo que hay que “comprender para explicar”: pues bien, los adecos de la primera hora comprendieron a su sociedad, con base en ello la explicaron, y del diagnóstico hicieron un proyecto. Obviamente, AD no fue el único partido en plantear tales cosas, ni el único que hizo grandes esfuerzos en alcanzarlas, pero sí el que supo traducirlas en una propuesta conectada con las mayorías. Si la historia es capaz de dar lecciones, esta puede ser la más importante para AD y para cualquier otro partido venezolano actual: la necesidad de comprender su sociedad.
  2. El proyecto de país chavista no ha generado un consenso mayoritario. A diferencia del proyecto enarbolado por AD y los principales partidos que terminaron por imponerse durante el sistema de Puntofijo (1958-1999), el proyecto de país impulsado por Hugo Chávez, cuya síntesis definitiva está en el Plan de la Patria 2013-2019, no ha alcanzado, al menos hasta el momento, un consenso similar. Esto puede medirse, a falta de mejor variable, por los resultados electorales: durante los cuarenta años del sistema democrático anterior, quienes votaban por los partidos del sistema sumaban más de 90%. Eso en alguna medida explica el fracaso de la guerrilla. Pues bien, ni en su mejor momento el chavismo ha logrado representar a más de la mitad de los venezolanos si consideramos una abstención que en promedio ha rondado 30% y que, dentro de los restantes que sí votaron, el chavismo ha sido en su mejor momento 60% (pero que en las últimas elecciones ha llegado, con dificultad, a 51%). Por eso, del mismo modo que el altísimo apoyo a la democracia hace comprensible sus grandes victorias políticas de los años sesenta, el apoyo más bien limitado del chavismo explica su dificultad para dominar a toda la sociedad, así como los continuos sobresaltos a que se ha enfrentado en estos tres lustros. No es que otros factores, como sus falencias administrativas o sus escándalos de corrupción no hayan actuado en su contra, pero de base hay que considerar este aspecto cuando vemos que después del desmoronamiento de los partidos en la década de los años noventa, de las abrumadoras victorias políticas del chavismo entre 2002 y 2007, y de la gigantesca bonanza petrolera, se haya muerto Chávez lejos de consolidar su sistema: de base, por lo que vemos, hay demasiados venezolanos que no lo comparten. Incluso muchos chavistas tienen reservas en aspectos esenciales del mismo, como el socialismo.
  3. ¿Cómo llegamos a esto? Si el chavismo, entonces, no es una mayoría tan absoluta como puede pensarse, ¿por qué ha tenido tanto éxito? En buena medida porque no se ha enfrentado a contrapesos importantes, y no solo en los liderazgos. Lo que Hugo Chávez representó como mago de las emociones no se puede negar, pero junto a ello se apuntala la carencia de un proyecto como el que AD encarnó en 1940, diseñado con base en la historia y las aspiraciones mayoritarias. Más allá de sus limitaciones, el chavismo, tanto como un movimiento social amplio, como en cuanto partido político, fue lo que más se acercó a eso. De hecho, es imposible negar que retomó muchas banderas que los partidos del sistema anterior habían dejado olvidadas desde la década de los noventa, como el caso del sueño de igualdad, paralelamente golpeado por el colapso del sistema económico (colapso larguísimo, casi de dimensión geológica, en el que aún estamos). Una vez alcanzadas las grandes metas que se habían trazado en los años cuarenta (y eso ocurrió hacia 1980) hubo una crisis de ideas y una rutinización que no preparó a la dirigencia para la crisis económica que en breve estallaría ni para renovarse al ritmo en que cambiaba la sociedad. Veinte años después, ya la distancia con la base de la población era insalvable y, en medio de ese vacío de liderazgo, Chávez pudo morder una parte, no una abrumadora mayoría, pero sí lo suficientemente grande como para imponerse sobre las demás. La debilidad de las instituciones y de las empresas, junto con el control de Pdvsa y del Ejército después de 2002, pudo darle el poder absoluto. Pero ni su proyecto ha logrado convencer a todos los venezolanos (hoy decepciona cada día a más), ni la oposición logra terminar de perfilar el alternativo. 
  4. Vale la pena repasar la historia. Aunque no puede aportar las soluciones que deben tomar los líderes y asesores, ¿no ofrece el panorama acá presentado algunas pistas sobre lo que ha sido un proyecto de sociedad exitoso, siquiera en el sentido de integrar a las mayorías? Leer la historia, oír a la gente, construir con ella y sus aspiraciones un programa, atender a sus tradiciones pero conectarlas con los avances de la hora actual: eso es lo que en buena medida le dio tan buenos resultados a AD, o al menos lo que el repaso de su historia insinúa. Y parecer ser, al mismo tiempo, lo que los líderes que deben abrir un camino para Venezuela en medio de la maraña de problemas que nos envuelve, que casi nos estrangula en este durísimo 2014, deben considerar si quieren construir una alternativa viable de sociedad.

@thstraka