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Tomás Straka

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Tomás Straka

La maldición de Casandra

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Con la devaluación, la inflación y la escasez más grandes de nuestra historia, las peores pesadillas de la generación de nuestros padres parecen haberse hecho realidad. Todo cuanto creíamos resuelto y avanzado en un siglo empieza a correr peligro. Edificios que un día fueron ejemplos de vanguardia, hoy acusan ruina. Son como pagodas o pirámides mayas comidas por la selva, testimonios de otros tiempos y de otras gentes ya desaparecidos. Elegantes cadenas de supermercados y farmacias tienen los anaqueles vacíos. La clase media, que un día fue orgullosa y hasta arrogante, hoy trata de huir a donde sea o hace cola para comprar champú. Los pobres que creyeron que la hora de la redención había llegado, empiezan a enfrentar el hambre. Aquella Venezuela aparentemente próspera y llena de esperanzas en la que vivieron nuestros mayores a mediados del siglo pasado (pongamos, entre las décadas de 1940 y 1980) ha terminado por convertirse en una especie de distopía, de esas que creemos restringidas solo a la ciencia ficción.  

En efecto, cuando José Ignacio Cabrujas escribió y dirigió nuestra primera (no sabría decir si única) obra de tema distópico, El día que se terminó el petróleo (transmitida por RCTV en 1980 y que valdría la pena relanzar), probablemente no se imaginó cuán cercano estaba de lo que ocurriría tres décadas después. Una sociedad caótica y sumida en la carestía por la desaparición de nuestra principal fuente de recursos es el tema de aquel unitario que en su momento dio mucho de que hablar. Los televidentes vieron el programa con estupor, pero nada indica que su reacción fue salir a cambiar las cosas. Por el contrario, Cabrujas estaba entrando en ese grupo de venezolanos preocupados a los que Luis Herrera Campins fulminó llamándolos “profetas del desastre” y que tras treinta años parecían haber tenido razón. Se trataba de hombres y mujeres a los que pareció caerles algo parecido a la maldición de Casandra, aquella infortunada mujer a la que la esmerada crueldad de la que hacían gala los dioses griegos dotó de la doble condición de profetizar el futuro pero combinada con la incapacidad de hacer que la gente le creyera. 

Cuando hombres como Juan Pablo Pérez Alfonzo decían que la “debacle” (es la palabra que usó en un famoso ensayo) había arrancado en 1979, la sociedad lo oyó e incluso lo aplaudió (como hizo un año después con Cabrujas), pero no pareció tomarlo verdaderamente en serio. Cuando, tres años antes, en 1976, publicó junto a Domingo Alberto Rangel su famosa conversación (que hay que volver a leer) titulada El desastre, los pasajes a Miami en Viasa (que a veces conseguías regalados con un pana) eran los suficientemente baratos y los whisky 12 años estaban al alcance de tanta gente, que una vez más se les oyó, se les aplaudió y se siguió adelante con la fiesta. La lista de nuestros profetas es larga. Ya en 1957 el célebre economista brasileño Celso Furtado había advertido en un estudio para la Cepal que en Venezuela lo que se vivía era una sensación de prosperidad producto de la expansión del gasto público y del consumo, cimentadas en la sobrevaluación de la moneda y los petrodólares.  Si no se hacía nada, advertía, el modelo no se podría sostener a mediano plazo. En la década de los setenta estudiosos como Domingo Felipe Maza Zavala y Asdrúbal Baptista habían demostrando que no nos estábamos desarrollando, o al menos no tanto como nuestros rascacielos, industrias y autopistas nos hacían creer. Hasta Rómulo Betancourt, en su último discurso político en la Convención Nacional de Acción Democrática de febrero de 1981, advertía que si no se tomaban algunas medidas urgentes, como subir el precio de la gasolina, reducir la burocracia, generar nuevos consensos, mejorar el sistema educativo, “dentro de unos años, y no el año 2000 (…) no habrá dinero, divisas, para alimentar el 75% del presupuesto”. Cerraba advirtiendo que “sin jugar a Casandra, sin usar palabras apocalípticas” hacía estas advertencias para evitar el derrumbe. Para evitar, en suma, lo que su ex compañero de partido (entonces distanciado) estaba definiendo como una debacle, como un desastre. Otro tanto podría decirse de las imágenes bíblicas (“El festín de Baltazar”, “Las vacas flacas”) con las que Arturo Uslar Pietri ilustró sus advertencias. Aunque aún no estamos en situaciones tan torvas como las que se pitaron en Metrópoli de Fritz Lang (1927), Mad Max (1979) de George Miller (que tal vez detonó la obra de Cabrujas un año después, ya que versa sobre un mundo sin petróleo) o Delicatessen (1991) de Jean-Pierre Jaunet, por solo nombrar tres distopías célebres, todo indica que no dejaron de estar encaminados Uslar Pietri y otros “profetas del desastre” cuando previeron un desastre de proporciones bíblicas.

Ahora bien, es un desastre que admite matizaciones. Es bueno recalcar que Betancourt, Pérez Alfonzo y Uslar Pietri sabían de lo que hablaban porque los tres, desde posiciones de gobierno, enfrentados e incluso juntos (hay que recordar que Uslar terminó apoyando al gobierno de Leoni y fue embajador de Carlos Andrés Pérez), habían hecho grandes esfuerzos para domeñar la renta petrolera y convertir lo que parecía un espejismo de riqueza en desarrollo real y autosostenido, es decir, lo que Uslar llamó en un famoso editorial de 1936 “sembrar el petróleo” y que todos los presidentes desde entonces, incluyendo a Hugo Chávez, han tomado como lema. Excede los límites de este artículo determinar en qué o por qué erraron, pero no podemos obviar que con sus diferencias, desde 1936, cada régimen sembró petróleo de diversas maneras y que no puede considerarse fracaso. Vías de comunicación, industrias básicas, centros educativos, empresas privadas que una vez fueron grandes y prósperas (y que en algunos casos aún siguen siendo fundamentales: ¿cómo sería el desabastecimiento que hoy padecemos sin Polar?), quedan como testimonio de aquello. Es más: aunque todo lo avanzado está en peligro de terminar de desaparecer, si con algo contamos para salir adelante es con lo que queda de aquel petróleo sembrado en ochenta años. 

Probablemente la clave esté en la explosión de los precios y las nacionalizaciones de la década de los setenta, que desquiciaron al proceso de desarrollo más o menos sostenido, que con sus enormes falencias e incluso algunos retrocesos se había mantenido desde la década de los años cuarenta. Todo indica que la bonanza que triplicó la renta en cosa de cuatro o cinco años, se le fue de las manos a los hombres escrupulosos, y fue aprovechado con irresponsabilidad y deshonestidad por muchos (tal vez demasiados) más.   Entonces la combinación de factores que había preocupado a Furtado y que desde los años sesenta había tratado de revertirse con relativo éxito, ganó la batalla con el boom petrolero, se impuso para quedarse y con sus altas y sus bajas terminó llevándonos en tres décadas a la bancarrota actual. Es como en una especie de circuito de montaña rusa, en el que las etapas de altos precios nos llevan a la cúspide para después precipitarnos al foso, nuestra historia parece ir en ese sube y baja de momentos de expansión de la renta y de los gastos para después caer en la crisis. Pasó entre 1958 y 1962, cuando salimos de la ilusión de bonanza anterior desenmascarada por el informe de Furtado; pasó entre 1983 e inicios del siglo XXI, cuando una vez más a la bonanza siguió el fin de la “ilusión de armonía”, como la llamaron en un texto célebre Ramón Piñango y Moisés Naím; y está pasando otra vez.  

En cada ocasión el golpe es más fuerte que en la anterior, porque los daños estructurales son mayores y los males acumulados más amplios. Nuestro estado es el de un corazón que ya ha sufrido su tercer infarto. Incluso no puede decirse que Chávez, Jorge Giordani y su grupo no hayan querido eliminar el modelo denunciado por Furtado. Todo indica que sincera, honesta, denodadamente trabajaron para sustituirlo por uno creyeron mejor. Sin embargo, los resultados fueron todavía peores. Por un lado, la alternativa que impulsaron, el socialismo bolivariano, resultó un desastre económico, como previeron casi todos los economistas (y como ha pasado con todos los socialismos de economía tendencialmente centralizada dondequiera que se han experimentado). Pero por el otro hubo una dinámica que se le escapó de las manos a Chávez como ya se le había escapado a otros, en la que la expansión del gasto y del consumo volvió a generar un espejismo de abundancia. Por supuesto, esa expansión ya no fue suficiente para generar el espejismo entre la clase media (aunque muchos se hicieron ricos, inmensamente ricos), pero sí entre los más pobres, a lo cuales con menos recursos se les puede cambiar la vida: no es lo mismo comprar consenso con televisores que con becas en el exterior. Tal vez uno de los grandes errores de Chávez fue pretender que después de incentivar el consumo para ganar las elecciones, esas mismas personas que votaban por él entusiasmadas por los celulares y televisores pantalla plana que habían comprado, iban a reconvertirse en el “hombre nuevo” socialista. 1 trillón de dólares y la triplicación de la deuda fue lo que se gastó en esta estrategia. Hoy están las arcas vacías (o casi vacías: las cuentas no están, ni de lejos, claras) y los precios del petróleo han bajado a la mitad.

Así las cosas, Cabrujas atinó aunque se quedó corto en su distopía de 1980: el petróleo no se acabó. Venezuela tiene las reservas más grandes del hemisferio y al ritmo actual de producción habrá petróleo para un par de siglos más. Ha sido nuestra administración la que ha producido un efecto similar porque lo que se produce ya no alcanza para la espiral de gastos. Nuevamente son muchas las voces que llaman a darle un viraje a la economía, pero mientras los edificios, puentes y carreteras terminan de derruirse, las colas se hacen más largas, los jóvenes de clase media emigran en desbandada y la gente ve su sueldo convertirse en sal y agua, el presidente Nicolás Maduro ha respondido con un apego notable a la tradición: el año pasado, en su presentación de la Memoria y Cuenta ante la Asamblea Nacional afirmó que los miembros de la “oposición apátrida” son unos “profetas del desastre” (http://www.asambleanacional.gov.ve/noticia/show/id/213). Quién sabe qué dirá el año que viene cuando presente la memoria de lo que ocurre hoy. De momento vemos que Casandra sigue sin ser creída. Al menos entre quienes detentan el poder.

 

@thstraka