• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

Al instante

La hora cero: pueblos que mueren, pueblos que resucitan

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—Doctor Morón, ¿y usted cree que en Venezuela saldremos de esta crisis?

Guillermo Morón escruta con la mirada a sus interlocutores (dos historiadores que lo visitan en una tarde calurosa). Trata de sopesar el alcance real de la pregunta, así como el de la respuesta que le viene a la mente. Apura un trago más de vino tinto (al que atribuye parte de la vitalidad que goza a sus 89 años) y rotundamente afirma:

—Naturalmente. Todos los pueblos pasan por crisis profundas…

Pero deja la frase suspendida unos segundos. Echa atrás la cabeza, mira hacia el alto techo de su casa, como buscando un dato, una idea en el aire, y con tono más severo advierte:

—Eso sí, hay pueblos que no resucitan.

Ni él ni los historiadores que lo acompañan creen, o al menos quieren creer, que tal será el destino de los venezolanos, pero no por eso la advertencia deja de tener resonancia en sus cabezas. Uno de ellos recuerda una tesis que le ha oído a Germán Carrera Damas: “A veces los pueblos retoman su curso histórico”. Es decir, la de colectivos aparentemente desaparecidos de la historia y de repente (al menos para el observador desprevenido) reaparecen, incluso con fuerza. Para Carrera Damas la irrupción en la política latinoamericana de los pueblos indígenas en los últimos años es una prueba de ello: cuando muy pocos pensaban que podían tener otro destino que el de la completa asimilación a la mayoría criolla, retomaron la lucha por la autodeterminación más o menos suspendida en el siglo XVI (aunque muchos no dejaron de resistir ni un día, hasta hoy). Es, en buena medida, lo que siguiendo a Morón podríamos llamar la “resurrección” de ciertos pueblos, aunque “resurrección” entre comillas, porque en este caso nunca estuvieron realmente muertos. Los casos que nos preocupan, los que hicieron callar por unos segundos a los tres historiadores aquella tarde, son los de los pueblos como los antiguos mayas, es decir, los que no son capaces de superar sus crisis hasta sucumbir completamente bajo su peso.

Por varias razones, el setenta aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial volvió a plantearnos lo de la muerte y resurrección de las naciones. Pocos episodios en la historia han tenido un sabor tan apocalíptico como la Stunde Null, la Hora Cero, como los alemanes le dan a los aciagos días de mayo de 1945. Con las ciudades destruidas, la ocupación del país por varios ejércitos extranjeros, la pérdida de la independencia  y el desguace de sus provincias orientales (lo que significó acomodar 10 millones de refugiados en lo que había quedado de Alemania), la propaganda nazi de que la nación no podría sobrevivir a una derrota parecía verificarse. No fueron pocos los alemanes que se suicidaron sumidos en el terror. La destrucción de Prusia Oriental por el Ejército soviético, con los saqueos, las violaciones masivas de mujeres y el éxodo hacia occidente de la mayor parte de la población, fue vista como el prólogo de lo que le pasaría al resto de Alemania cuando llegaran los rusos (pintados por la propaganda como una horda “amarilla” de bárbaros guiados por un Atila comunista). Algunos soñaban con un trato mejor por parte de los ejércitos occidentales –cosa que terminó siendo parcialmente cierto– e incluso con la reconversión de Alemania dentro de una alianza anticomunista, pero para eso aún faltaba mucho. Además, pesaba en sus conciencias lo que habían hecho en los días felices de la Blietzkrieg: juzgando por su condición, muchos funcionarios, líderes nazis e incluso ciudadanos comunes optaron por la cápsula de cianuro o por un tiro en la sien antes de que les hicieran lo que ellos le hubieran hecho a otros. Lo que de hecho le hicieron a polacos, rusos, checos, a los gitanos, a los judíos de todas las nacionalidades (incluyendo connacionales suyos).

Pero amputada y hecha añicos, Alemania comenzó poco a poco a “resucitar”.  Limpiar los escombros (Das Aufräumen), la hambruna, el crimen desatado, someterse a las leyes del mercado negro, ver a sus muchachas prostituirse con soldados extranjeros, hicieron de los días que siguieron a la derrota (conocidos en alemán como Nachkriegszei) fueran, probablemente, los más duros y tristes de la historia alemana. No obstante la Hora Cero –con todo y lo que tiene de falso el término: ningún país arranca en una hora cero– terminó significando un nuevo comienzo; acaso el apocalipsis alemán lo fue en el sentido teológico anuncia el texto bíblico: el fin del mundo tal como lo hemos conocido para dar paso a otro mejor. No porque en su caso haya habido un plan divino para que esto fuera así –por lo menos es algo que no podemos discernir desde la historia y que queda para los teólogos– sino porque las cosas, justo cuando parecían estar peor, en realidad comenzaban a mejorar.

En efecto, como ha apuntado el historiador Richard Bessel, la Alemania de 1945 era un país destruido pero no un país del Tercer Mundo (afirmación que a los tercermundistas nos da escalofríos). Todo indica que el descomunal esfuerzo del Tercer Reich por ocultar sus industrias bajo tierra dio resultado y a pesar de los bombardeos para el momento de la rendición solo había perdido 25% de su capacidad industrial (de 1998 a 2015 Venezuela ha perdido más de 50%). Además, el know-how gerencial estaba casi intacto y los aliados occidentales no tardaron en aprovecharlo (aunque al precio de olvidar, en algunos casos, su colaboración con el nazismo). Si a eso le sumamos que con el estallido de la Guerra Fría se logró finalmente el sueño de reconvertir Alemania en aliada de sus antiguos enemigos dentro de una gran alianza anticomunista (en 1955 entra en la OTAN), todo estaba servido para que el Milagro Alemán ( Wirtschaftswunder) tuviera lugar. Las políticas liberales de Ludwig Erhard, uno de esos opositores al nazismo que se quedaron en Alemania, lograron sobrevivir al régimen y después encabezaron la transición hacia la democracia; su exitosísima reforma monetaria, el apoyo del Plan Marshall y la rápida reactivación de la industria, demostraron, largamente, que después del Armagedón (así llamó el historiador Max Hastings lo vivido en Alemania entre 1944 y 1945) puede venir un nuevo día. La prosperidad de los años sesenta fue vista por todos como un milagro, en efecto, como la “resurrección” de una nación (¿y qué mayor milagro que resucitar?). Aunque el Método Erhard se basó en realidades fácticas y por eso algunos piden matizar lo que tuvo de “milagroso”, no se puede ocultar, sobre todo en vista de lo que Alemania ha llegado a ser en el siglo XXI, que es otro ejemplo de un pueblo que retoma su curso histórico.

Incluso, aunque con menos éxito, lo retomó la parte oriental del país, ocupada por la Unión Soviética y convertida en la República Democrática Alemana en 1949. Al contrario de los ingleses y americanos, que se esforzaron en reactivar las industrias y contratar a los gerentes capacitados, los rusos le hicieron pagar a Alemania la destrucción que había causado en su patria desmontando y llevándose gran parte de las fábricas que estaban en las regiones que le tocaron ocupar. Por otro lado, los gerentes y profesionales capacitados, en vez de encontrar un nuevo destino en la RDA, prefirieron huir a Occidente en la primera oportunidad, lo que generó inmensos problemas para el país. No en vano, para evitar más deserciones, la RDA construyó el Muro de Berlín. Pero no por eso dejó de haber un segundo “milagro” alemán en el Este. Para la década de los años setenta la RDA estaba entre los diez países más industrializados del mundo. Sus centros de altos estudios, que a veces estaban entre los mejores del mundo, se dieron a la tarea de formar nuevos profesionales capacitados. Si la escasez de los productos de primera necesidad y el mercado negro no se superaron nunca, fue por las fallas estructurales que la economía socialista centralizada genera dondequiera que se aplica.

¿Qué le puede decir esto a los tres historiadores que conversan en aquella tarde en la que Caracas parece un horno? Primero, que en los setenta años de la Stunde Null pareciera posible que los pueblos puedan “resucitar” y retomar su curso histórico. Al menos si tienen el talento para enmendar los yerros y replantearse su provenir en nuevos términos, si buscan su propio Método Erhard (es decir, aprovechar lo que queda en pie, desechar lo que probadamente no sirve, y lanzarse a trabajar con ahínco). Pero al mismo tiempo quedan otras preguntas inquietantes: ¿cuál es el curso histórico de Venezuela? Si “resucitamos” como nación, ¿en qué sentido sería? Y, sobre todo, ¿qué puede garantizar que nuestro destino sea el de los alemanes y no el de los mayas? Las decisiones que tomemos son las que lo van a determinar.  O somos innovadores como Erhard o terminaremos de perecer. Guillermo Morón sorbe otro poco de vino y opta por el país:

—Vamos a salir de esta.  Ustedes lo van a ver.

 

@thstraka