• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

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Tomás Straka

A cien años de la guerra que cambió al mundo

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El 28 de julio de 1914 comenzó una guerra que no dejó nada igual. Aunque antes ya hubo otras de alcance más o menos mundial, como la de los Siete Años o las napoleónicas, ninguna había involucrado a tantas personas, de tantos países distintos, afectándolas de maneras tan profundas. Sus contemporáneos creyeron que después de ella ya no vendría ninguna más. Se equivocaron, y crasamente: veinte años después estalló otra todavía peor, pero tuvieron razón en ver en la Gran Guerra así la llamaronalgo de unas proporciones nunca antes vistas, capaz de generar cambios cruciales en la humanidad. Hoy, cuando los países involucrados se aprestan a conmemorar su centenario, se multiplican las exposiciones, los libros y los eventos, pero también se sopesan los desafíos que el conflicto ya planteó entonces y que muchas veces siguen siendo una tarea por cumplir: el fantasma de los nacionalismos, que hace dos décadas produjo las últimas guerras europeas del siglo XX justo, para escalofríos de todos, donde había comenzado la Primera Guerra Mundial, en los Balcanes, y que hoy revive en los combates de las zonas secesionistas de Ucrania; los odios étnicos y religiosos, el pacifismo como un valor, los retos que las afrentas cometidas hace cien años le ponen a la memoria histórica cuando los pueblos que hace tres generaciones se mataron entre sí se esfuerzan ahora por integrarse en una gran comunidad supranacional.   

De todos los cambios desencadenados por la Gran Guerra pocos tuvieron tanto impacto como los de la ciencia y el arte militar. Ellos pusieron la guerra en otro nivel, impactando en lo que la sociedad desde entonces piensa sobre ella.    La llevaron a los cielos y al fondo de los mares, como nunca antes involucró a los civiles, echó mano de los avances de la tecnología y así no solo se mató a fuego y hierro, sino también asfixiando con gases venenosos. Esa guerra a la que los ejércitos de 1914 fueron con tanto optimismo, todos prevalidos de planes que la soñaron resuelta en unas semanas, terminó estancada en el horror de las trincheras. Los vistosos uniformes que aún recordaban a los napoleónicos se tornaron pardos o grises, las caras se cubrieron con máscaras, los caballos fueron sustituidos por tanques, el casco volvió a popularizarse después de haber sido olvidado como una antigualla medieval. Sin embargo, la doctrina militar fue más lento que las innovaciones técnicas, y así se sacrificaron millares de hombres en inútiles ataques en cargas de bayoneta contra nidos de ametralladoras. Al final murió 1 de cada 8 soldados, más de 5 millones en 4 años. Pero también hubo unos 6 millones de civiles muertos entre las víctimas de los barcos hundidos, del hambre y las enfermedades por los bloqueos, de los primeros bombardeos aéreos y de los genocidios, algunos tan famosos como el de los armenios en 1915, otros casi desconocidos como el de los sirios. Y eso sin contar a los tal vez 30 millones de muertos de la Gripe Española, un tipo de H1N1 para el que aún no estábamos inmunes, que en realidad no comenzó en España sino entre las tropas aliadas en el frente occidental, pero que en los años inmediatamente posteriores al conflicto diezmó a poblaciones enteras por todo el mundo. Así la guerra perdió en épica lo que ganó en técnica. Las batallas dejaron de ser prodigios de valor y poesía que recordaban o intentaban recordar a Troya, para convertirse en simples matanzas como las de Verdun y el Somme. Fue el triunfo de la lógica industrial: se empezó a matar con más eficiencia y rapidez. La guerra mundial siguiente la llevó a niveles todavía más altos, hasta alcanzar el horror nuclear.
 
Pero no solamente en el aspecto militar fue una guerra que marcó un parteaguas en la historia. Con ella se demostró hasta qué extremos había llegado la mundialización. Ya la interconexión del planeta por el llamado sistema-mundo capitalista (es decir, lo que llamamos mundialización) había producido conflictos capaces de envolver a una gran cantidad de países y de generar combates en casi todos los continentes. La Guerra de los Siete Años y las guerras napoleónicas así lo probaron. Lo que ocurrió con la Gran Guerra es que todo el mundo, sin excepción, se vio involucrado, directa o indirectamente. Aunque los campos de batalla fueron fundamentalmente los europeos, hasta ellos fueron soldados de todos los continentes. Los imperios ya no solo pelearían en sus colonias, el volumen de hombres que tuvieron que movilizar, así como las cifras descomunales de muertos, hizo que las tropas de las colonias terminaran peleando en la metrópoli. La force noire del ejército francés, que en 1914 tenía unos 70.000 hombres entre senegaleses y argelinos, fue remontando hasta llegar a casi 600.000 hombres de todas las colonias para el final de la guerra; más de 150.000 soldados de la Indian Army fueron desplazados hasta el frente francés. Otros tantos lo fueron a África y al Medio Oriente. Australianos y neozelandeses desembarcaron en los Dardanelos, en Egipto, en Palestina. También combatieron en Europa. Grandes ejércitos canadienses y estadounidenses cruzaron el Atlántico. Hubo combates en China y Nueva Guinea. Los árabes se alzaron contra los turcos, los irlandeses contra los ingleses. En los ejércitos ruso y austrohúngaro, vestidos con sus uniformes, combatían soldados de las más variadas nacionalidades. Y si bien esto en sí mismo era un signo de la mundialización, no lo fue tanto como que la economía de todos los países, beligerantes o no, se afectó por el conflicto, demostrando que ya no había ningún lugar en la tierra que no estuviera conectado, al menos parcialmente, con los grandes centros de poder.  Cualquier acontecimiento, en cualquier parte del mundo, podría tener lo que hoy llamaríamos un efecto mariposa para el resto de la humanidad. Y eso porque el capitalismo había penetrando ya en todas partes y las conectaba a través del mercado mundial.  

Sin embargo, para muchos la Gran Guerra marcaría el fin de este sistema. Tal vez fue un error tan craso como el de pensar que se acabarían las guerras por siempre jamás, pero uno que, visto a un siglo, se puede comprender. El esfuerzo bélico se trató, para la mayor parte de los países involucrados, de la primera guerra total de su historia fue tan grande, y el costo en vidas tan enorme, que ningún régimen pudo resistir el costo de la derrota. Cuatro grandes imperios desaparecieron: el alemán, el ruso, el austrohúngaro y el turco. Los dos últimos fraccionados en varios países y generando escaladas de nacionalismo que aún se dejan sentir. Los recientes conflictos de la antigua Yugoslavia así como los del Medio Oriente tienen mucho que ver con los desafíos que entonces contemplaron la demarcación de las nuevas fronteras y las aspiraciones de los diversos colectivos a su autodeterminación.
En Europa, fueron unos de los alicientes más poderosos para el estallido de la siguiente guerra mundial; en el Medio Oriente, donde las potencias imperialistas occidentales frustraron las aspiraciones locales de independencia, los efectos se siguen manteniendo hasta hoy. Inmediatamente después de la guerra se desataron conflictos que también tienen resonancias en la actualidad, como la guerra greco-turca que prácticamente acabó con la mayor parte de la milenaria población griega en Anatolia- o la guerra polaco-soviética por el control de Ucrania (a un siglo, en el territorio, por causas similares, vuelve a combatirse por lo mismo). No obstante, ninguna de estas modificaciones conmocionó tanto al mundo como la revolución que acabó con el gobierno de los zares y, poco después, estableció el primero socialista del planeta. La Revolución rusa hizo creer en el inicio de una nueva era, en la que todo lo que había sido hasta el momento quedaría atrás para dar paso a una nueva era de paz, armonía e igualdad. Por fin el “fantasma” que recorría el mundo empezaría a mostrar su rostro en la concreción real. El aparente fracaso del capitalismo para generar bienestar para todos y la forma en la que los imperialismos (recuérdese, fases superiores del capitalismo, según Lenin) empujó a la humanidad al holocausto de la guerra, hizo inevitable, a los ojos de muchos, la hora de la gran revolución mundial. A partir de entonces, y por setenta años, todos los movimientos y proyectos políticos, conflictos domésticos o internacionales, van a estar permeados, en mayor o menos medida, por su distancia o cercanía con lo que en Rusia comenzó a ocurrir en 1918.

Pero el comunismo no fue la única de las grandes consecuencias en la conciencia de la humanidad. De hecho, demostró ser una que a la postre resultó más o menos pasajera. Del mismo modo que en cuatro años se derrumbaron tronos e imperios que parecían inconmovibles, también se derrumbaron muchas de las certezas que habían hecho de los europeos de finales del siglo XIX algunos de los hombres más seguros de sí mismos de la historia. La razón, las ideas de belleza, la “moral burguesa”, todo entró en tela de juicio. El camino quedó abierto para que nuevas formas de expresión artística que venían incubándose desde la Belle Epoque -el dadá, el expresionismo, el fauvismo- demolieran lo que se había considerado arte hasta entonces, para crear nuevas e inquietantes formas de expresión. Pronto los hombres nos adentraríamos en nuestro subconsciente para determinar esos impulsos que nos mueven más allá de nuestra voluntad y de nuestra ética (acaso para quien había estado en una trinchera aquello le sonara plausible).  
También deshilvanaríamos lo que se consideraba música para entregarnos a la sensualidad creadora del jazz o a las complejas formas dodecafónicas. En breve Albert Einstein nos demostraría que el universo no es el gran aparato de relojero que habíamos creído, sino una combinación dinámica de fuerzas más difíciles de catalogar.

Un nuevo tipo de hombre, un nuevo tipo de guerra, un nuevo arte, una nueva sociedad. Todo eso desató la Gran Guerra. Sería incorrecto decir que lo creó, porque se trata de procesos que ya venían en desarrollo y a los que el cataclismo solo hizo detonar; pero eso no debe quitarle importancia al conflicto cuyo inicio hoy llega a cien años y que en buena medida nos hizo ser como seguimos siendo hoy.

Se dedica el presente artículo a Lucía Raynero, que impulsó su redacción, y a Fernando Falcón y Daniel Sánchez, que me dieron pistas importantes para escribirlo.

@thstraka