• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

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¿Por qué Venezuela?

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Para el académico venezolano que logra, después de superar una verdadera carrera de obstáculos, participar en un evento internacional, la experiencia no se limita solo al intercambio con colegas de otros países, al conocimiento de experiencias distintas a la suya (y hoy, por lo general, más alentadoras), a su actualización con informaciones novedosas o a la oportunidad de hacer un poco de “turismo académico”, tan importante para la formación integral de cualquier profesor. También implica enfrentarse a la constante inquisición sobre los problemas de su país, a la necesidad de elaborar, casi con tanto cuidado como su ponencia, una explicación de nuestros trastornos susceptible de ser repetida, en versiones que varíen de acuerdo con la inspiración o a la circunstancia, ante colegas, taxistas, bartenders, guías de museos y todo aquel que al enterarse de su nacionalidad le pregunte qué es, en definitiva, lo que pasa en Venezuela.

Quien escribe acaba de tener esta experiencia. Aunque en ocasiones me asaltó un poco de hastío (ya a la quinta vez o cuando se sabe que el interlocutor lo que quiere es confirmar sus propias ideas, empieza a fastidiar el asunto), pero por otra parte debo reconocer que el reto de elaborar respuestas de diversos calibres y de oír las opiniones de investigadores que muchas veces están muy bien enterados y tienen  aceitadas dotes analíticas, me reportó el beneficio de repasar un poco nuestra situación, en especial con los aportes de las miradas foráneas. El tema sobre Venezuela esta vez giró en torno a su situación económica. ¿Cómo es posible, se me preguntaba con insistencia, que Venezuela haya llegado a la situación que actualmente vive? ¿Por qué precisamente Venezuela, el país que parecía tenerlo todo para triunfar, es el que tiene mayores problemas económicos en la región, incluso dentro del ámbito del Alba? Fueron preguntas que en muchas ocasiones venían de personas que apoyaron, o siguen apoyando, con grados de sinceridad y compromisos diversos, la revolución bolivariana. Para algunos se trata de un problema de envergadura existencial: Venezuela parecía ser la última oportunidad para una cierta forma de socialismo, para una conectada con los “socialismos reales”, con los comandantes guerrilleros de los sesenta y los grandes partidos socialistas “únicos” o “unidos”, con las canciones, los gestos, los actos de masa, los “amados líderes”, los discursos, en fin, toda la estética de las añejas “democracias populares”. Y al parecer resultó ser otra oportunidad perdida.  La revolución bolivariana, y su aparente apuesta por utopías en las que ya creen muy pocos, vino como una renovadora brisa de primavera y terminó siendo una alegría de tísico. Otra vez, como en Alemania Oriental, o como en la Unión Soviética, o en los socialismos africanos, o en Cuba, la economía llegó a un atolladero, los anaqueles se vaciaron, las empresas estatizadas terminaron siendo improductivas y el gobierno se fue hundiendo en la impopularidad. Algo muy duro para quien lleva una vida soñando y peleando por este modelo.

Por supuesto, hay atenuantes. En Bolivia, Ecuador y hasta Nicaragua, por solo nombrar tres compañeros de ruta del Alba, las cosas han marchado distinto.  Ni hablar del caso brasileño. No son atenuantes del todo alentadoras para los más ortodoxos, pero demuestran que sí hay algunas oportunidades para el éxito del socialismo del siglo XXI; más allá de que también demuestren hasta qué punto es sensato reñirse con el mercado y la iniciativa individual. Cuando Rafael Correa declaró hace poco que en “Venezuela se han cometido errores económicos” expresaba un deslinde fundamental entre lo que estos países cuyos números se muestran sólidos y lo que Venezuela han hecho. Muchos de los interlocutores con los que hablé reconocen (¡ahora sí!) que, la verdad, desde el principio vieron que la administración venezolana de los recursos no era la mejor. A veces les dieron al gobierno el beneficio de la duda o calcularon que la riqueza petrolera era mayor de lo que podían pensar, pero ahora ven que tenían razón: de veras las cosas iban muy mal encaminadas. No faltan, además, los que sonríen como quien ve a un heredero millonario, caprichoso y botarate que finalmente se encuentra en apuros.

En este sentido, la pregunta que se me fue delineando después de discutir y comparar procesos es la de por qué la dirigencia venezolana tomó decisiones que compañeros ideológicos de otros países no se atrevieron a tomar. Decir, como de manera simplista plantean algunos, que se debió a la “influencia cubana” o más precisamente a la de “Fidel” no resuelve sino que hace más compleja la pregunta: primero, porque Cuba está en una lenta liberalización, y segundo porque, habida cuenta que las posibilidades de una coacción cubana son (o al menos fueron al principio) muy pequeñas, esa “influencia”, si la ha habido, fue consciente y deliberadamente buscada por esa dirigencia. Acá no vino ninguna fuerza de ocupación a imponernos un modelo. Si se trata de echarle la culpa a alguien, no puede ser a Fidel Castro: él a lo sumo habrá hecho propuestas que otros aceptaron, habría que ver hasta qué punto; y si esto fue así, si le hicieron caso y después supo sacar ventajas de la situación para obtener mayores cuotas de poder, así son las cosas en la política. Incluso si aceptamos las más intrincadas teorías de la conspiración, si decimos que todo ha sido meticulosamente planificado por él desde hace cincuenta años, nada, en última instancia, obligaba a Hugo Chávez, más allá de sus convicciones, a seguir las directrices que tentativamente le vinieran de Cuba. Lo que queremos decir es que tanto las decisiones como los resultados de nuestro desastre son solo atribuibles a nosotros. 

Así las cosas, el esquema de comodities a altos precios más políticas sociales, más relativa ortodoxia fiscal, más el fomento de la empresa privada, que hasta el momento han resultado para el resto de los países de la región gobernados por las izquierdas, en Venezuela no se aplicó. Sobre todo no se aplicó en dos de sus bases: el fomento de la empresa privada y la ortodoxia fiscal. Acá, dirigidos por teóricos como Jorge Giordani, se intentó seriamente crear un socialismo distinto a la socialdemocracia (el esquema descrito es, en su esencia, el socialdemócrata), una versión que se esperaba fuera mejorada del socialismo real: lo esencial en manos del Estado, el resto administrado por una economía social de cooperativas y otras organizaciones similares y un pequeño espacio para lo privado, en vías de su extinción. Sin duda más liberal que el modelo estalisnista, pero más cerca de la planificación central que de la economía mixta o la de mercado. No es el caso detenernos en la forma en la que la sociedad, las dinámicas de la economía y las falencias del Estado han impedido ejecutar el proyecto (hoy ley promulgada por la Asamblea), y no porque no sea tema importantísimo, ya que, sin darnos cuenta, estamos librando una batalla ideológica de alto octanaje (la de la posibilidad o no de que el socialismo real retorne). El punto en este artículo es: ¿por qué en Venezuela se decidió por un camino distinto al del resto de los “socialismos” latinoamericanos? ¿Por qué nos ha pasado esto precisamente a nosotros? Proponemos tres hipótesis para el fomento de la discusión.

  1. El personalismo de Hugo Chávez. El problema del “papel del individuo en la historia” tiene en el fallecido comandante un ejemplo emblemático. Un solo hombre no es capaz de meter a toda una sociedad por un camino, pero ciertos líderes sí pueden marcar diferencias y pautas muy importantes. Todo indica que Hugo Chávez fue un sincero socialista. Que si él no hubiera escogido a la izquierda más radical para que lo acompañara, si no le hubiera delegado parte del inmenso poder que acumuló, ni Giordani, ni Monedero, ni el Centro Internacional Miranda ni Fidel ni ningún otro “asesor” hubieran podido llevar adelante el experimento de cambiar a toda la sociedad.  Son cosas del hiperliderazgo, del hiperpresidencialismo o comoquiera que llamemos ahora el personalismo. La sociedad le entregó todo el poder a un hombre, y este decidió emprender una revolución socialista como, tal vez, si hubiera tenido que discutir con otros poderes o incluso con un partido bien organizado, tal vez no hubiera podido hacerlo. Es decir, el modelo que se implementó y hoy hace aguas tiene mucho que ver con lo que Hugo Chávez pensaba y creía. Quedará para los historiadores del futuro ver en qué medida esa combinación de ideas que es el socialismo del siglo XXI fue suya o de otros, pero de lo que es difícil dudar es que en todo caso él la aceptó y la impulsó.
  1.  El petróleo.  Si el resto de Latinoamérica se benefició con el aumento de los comodoties, el caso de Venezuela superó a todos los demás. La más grande bonanza petrolera de nuestra historia dio un margen de acción muy amplio para llevar adelante el experimento de Chávez y sus asesores, especialmente para garantizar el consenso que permitiera su despliegue. Se pudo estatizar una buena parte de la economía, administrar desastrosamente a las empresas y haciendas en manos del Estado, hostigar a las que seguían en manos privadas y aun así revertir por mucho tiempo las consecuencias que esto ha tenido en todas partes. La sobrevaloración del bolívar, la entrega de grandes cantidades de ayudas económicas a los más pobres y de oportunidades de enriquecimiento para un amplio sector de la clase media y el empresariado, hicieron muy popular a Chávez “a realazos limpios”. No fue la única razón de su liderazgo, pero sí es una que no puede pasarse por alto. Además, no era la primera vez que ocurre: mucho de la paz vivida desde 1936 hasta, digamos, 1989, fue resultado de una repartición de la renta, solo que en este caso se hizo de una manera mucho más honda e intensa. Las expropiaciones y otras formas de hostigamiento a la producción, junto al empeoramiento de la administración de lo público, logró paliarse con los petrodólares. El caso de las importaciones es, al respecto, emblemático: los dólares baratos evitaron que la escasez se saliera de control por mucho tiempo, mientras enriquecían a los nuevos empresarios que se dedicaron a traer cosas de China, de Panamá o de Miami. El petróleo impidió que se tomaran en serio las advertencias sobre los yerros de la economía o que el gobierno reconsiderara alguna modificación en su proyecto de construir el socialismo. Naturalmente, los mejor formados ideológicamente se dieron cuenta de la contradicción de ensayar un socialismo repartiendo dinero, de un socialismo de smartphones, whisky de 18 años y prótesis de silicón, pero tal vez los planificadores pensaron como los granjeros que engordan a los cochinos para después degollarlos. O que poco a poco iban a poder convertirlos en el “nuevo hombre” del socialismo. Todo indica que lo que no se pudo con la austeridad espartana de los socialismos reales, no podrá ejecutarse con el consumismo de los petrodólares, pero eso ya no parece ser un tema a discutir con el modelo rondando la bancarrota.
  1. El costo del éxito de la democracia anterior.  Puede sonar paradójico, pero tal vez el tremendo éxito del sistema de Puntofijo en derrotar a sus principales enemigos, y en incorporarlos después a su juego político, ayudó de alguna manera a que los más radicales tomaran el poder una vez que este no pudo seguir adelante. Nos explicamos: cuando un sistema se viene abajo por sus contradicciones internas, como pasó en la década de los años noventa en Venezuela, hay dos sectores, que en combinaciones distintas, suele tomar el poder: representantes del sistema anterior que se reconvierten en los líderes del nuevo, como pasó en casi todos los países que fueron comunistas, o por sectores antisistema que se legitiman gracias al derrumbe y aprovechan la coyuntura para tomar el poder.  En Venezuela ocurrió lo segundo, con las matizaciones del caso. Ahora bien, el punto es: ¿quién podía ser realmente antisistema en uno donde casi todos tenían alguna cabida, donde la renta era el gran mecanismo para obtener consenso social? Estrictamente ninguno lo era, pero hubo dos sectores especialmente interesados en comportarse como tales: uno de carácter empresarial, deseoso de ocupar el lugar de los “políticos” “corruptos” e “ineficientes”, y otro, mucho menor, de comunistas, exguerrilleros que no renunciaron nunca a sus ideales, al menos no del todo, después de la derrota en los sesenta y de la caída del Muro de Berlín. Chávez logra reunir en torno a sí a representantes de ambos sectores, para finalmente decantarse por los segundos, y los empodera hasta el día de hoy. Los sucesos de 2002-2003 fueron un punto de quiebre en nuestra historia, ya que un sector importante del empresariado, los partidos tradicionales, los sindicatos y los medios son derrotados por los grupos nucleados en torno a Chávez y al sector de la Fuerza Armada que lo apoya. Entre 2004 y 2006 el chavismo obtiene rutilantes victorias electorales que le otorgaron casi todo el poder y fue entonces cuando, en 2007, se proclama el socialismo. Hay que estudiar cómo han logrado convivir desde entonces los grupos de izquierda con los militares.  Parece ser un aspecto que actualmente está en pleno desarrollo y cuyo destino final está por verse, pero sobre todo es un aspecto esencial para comprender la insistencia (habrá que ver por cuánto tiempo) en el modelo. Hemos visto que ha habido una variable ideológica y una económica que hizo posible el experimento, pero existe el enramado de intereses y relaciones de poder que quedan por estudiar.

@thstraka