• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

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Tomás Straka

Recordar Auschwitz

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A Harry Osers, in memoriam

 

El 27 de enero de 1945 los soldados de la 322va división de fusileros del Ejército soviético se encontraron con una imagen que los dejó atónitos. Era algo parecido a una inmensa cárcel abandonada, con torres de vigilancia y alambradas de púa. Lo envolvía un denso hedor a muerte. Cuando entraron a la estructura pudieron ver cerros de cadáveres amontonados por todas partes.  Ancianos, mujeres, niños, de todo. Los cadáveres, además, mostraban un aspecto perturbador. Eran de personas con la apariencia enfermos terminales o de náufragos con semanas sin comer. Pronto encontraron a algunos prisioneros con vida que tenían las mismas características. Parecían confirmar los viejos mitos de los muertos que andan. Ni los soldados, ni prácticamente nadie en el mundo habían visto nunca algo así. ¿Qué podía ser aquello? Sin sospecharlo, los soldados de la 322va división estaban por revelar al mundo uno de los episodios más escalofriantes de su historia: Auschwitz, por varias razones el más famoso de los campos de extermino nazis. 

A setenta años de aquel episodio es indispensable volver sobre su recuerdo.  Las generaciones actuales y futuras tienen en él a un ejemplo de lo que somos capaces de hacer cuando actuamos de espalda a los derechos fundamentales de la humanidad. Y lo tienen, además, en momentos en los que tanto la lógica que hizo erigir a este campo y a muchos otros, como el método con que se administró, están lejos de ser algo que “ya pasó”. Siete décadas después se sigue matando en nombre de religiones y otros valores supuestamente “trascendentes”; las extremas derechas, algunas con confesas simpatías por el nazismo, ganan terreno en Europa; y el autoritarismo parece estar de vuelta en lugares en que se creía enterrado.  Recordar a Auschwitz en este contexto es más que un imperativo moral: es una herramienta de lucha para los que seguimos comprometidos con los derechos humanos y la libertad.

 

  1. 1.                Auschwitz debe ser un llamado constante a la ética:  

La Segunda Guerra Mundial fue el marco de algunas de las más grandes expresiones de crueldad de las que se tengan noticia. Fueron unos años, desde la inmediata preguerra hasta el inicio de la Guerra Fría, en los que se llevaron a cabo bombardeos inmisericordes a la población civil, como los sufridos por las ciudades alemanas, a Londres, a Rotterdam, a Belgrado, Guernica, Nanking y Varsovia, por solo nombrar algunas; episodios de violencia sexual generalizada como el de la Violación de Nanking (después del bombardeo sistemáticamente se violó a las mujeres sobrevivientes, unas 20.000) o los protagonizados por el Ejército soviético en su avance por Alemania; esclavización masiva de personas,  torturas, ejecuciones de poblados enteros, hambrunas como la de la India en 1943, democidios (es decir, destrucción de naciones completas, como las minorías alemanas en Europa Oriental) y, por si fuera poco, el horror de dos detonaciones atómicas. Sin embargo los campos de exterminio nazis sobresalen por la frialdad y eficiencia de su organización industrial. Tal vez la primera lección que debamos sacar de Auschwitz sea precisamente esta: la de aquello que puede hacerse cuando los últimos avances de la ciencia y la tecnología se emplean sin el respaldo de criterios éticos.

En efecto, la tentación de pensar que “por ser técnicamente posible, es éticamente aceptable” (la frase es de Juan Pablo II), sigue seduciendo a muchas personas. Los avances de la ciencia pueden ser la solución para el hambre y muchas enfermedades, pero también para destruir al mundo. Todo depende de lo que decidamos hacer con ellos. Cada vez esto es más patento, por lo que desde hace un par de décadas numerosos pensadores y juristas han reflexionado sobre este punto, en vista de lo que la ingeniería o la gerencia son capaces si no hay criterios éticos que respalden a las acciones.  Hoy la medicina lleva a situaciones de conflicto moral, como la de los experimentos con embriones, el aborto (¿cuándo los humanos empezamos a serlo? ¿Cuándo empieza a ser asesinato matar a una criatura?), la eugenesia (¿vale la pena prolongarle la vida a alguien que sufre horrores sin esperanza de recuperación?) o las mutaciones que algunas personas, como por ejemplo Michael Jackson, hacen con su cuerpo. El problema de la contaminación, el calentamiento global o el uso bélico (y para muchos incluso pacífico) de la energía atómica nos pone a los humanos, por primera vez en la historia, ante la posibilidad de tener en nuestras manos las claves de nuestra destrucción.  Somos nosotros,  es decir, nuestras decisiones y acciones, los que podemos apretar el botón del Apocalipsis. Son casos en los que el fantasma de Auschwitz está presente. La tecnología y eficiencia gerencial del campo pudieron usarse de mil maneras distintas, pero fue una decisión (la “Solución Final”), basada en prejuicios barnizados con criterios científicos, los que los convirtieron en esos montones de cadáveres que los soldados rusos descubrieron hace siete décadas. 

Por ejemplo, muchos de esos cadáveres fueron producto de experimentos científicos pensados, supuestamente, para el avance de la humanidad.  Joseph Mengele vio en los prisioneros de Auschwitz una fuente inagotable de conejillos de indias para sus estudios genéticos. Por su parte la psicóloga y antropóloga Eva Justin no tuvo empacho en usar a los gitanos del campo para sus estudios antropológicos, sin importarle su suerte posterior. No obstante, si bien la Solución Final apuntaba hacia un reacomodo “científico” del mundo con base en la entronización de una raza biológicamente “superior”, en términos prácticos fueron una gran industria al servicio de la economía de guerra del Reich.

Por eso hombres como Adolph Eichmann son más emblemáticos de la naturaleza de estas empresas de lo que lo fueron Mengele o Justin. Por sus extraordinarias dotes gerenciales, este contador logró ascender en las SS hasta ocupar un lugar clave en los procesos de deportación y ejecución de judíos. Con dotes de organización y capacidad de trabajo para ser CEO de un empresa global; meticuloso, incapaz de robarse un Reichmark, se encargó de optimizar los procesos de deportación de judíos desde toda Europa, haciéndolos más rápidos y económicos, de su selección en los campos, del uso más eficiente de los recursos de Auschwitz para que las cuentas siempre estuvieran en negro y las metas se cumplieran en los lapsos establecidos. Incluso antes de la huida del campo en medio del colapso general del Reich, se esforzó en tener todos los libros en orden ante la posibilidad de que alguien, en alguna parte, le hiciera una auditoría. No tenía ningún remordimiento. Tal vez estaba orgulloso de su trabajo como gerente. Su problema nunca fue la muerte de los judíos (y otros prisioneros): su problema era demostrar su eficiencia y pulcritud en la gerencia. Es justo lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal después de oír sus declaraciones en el sonado juicio que se le siguió en Jerusalén. Él, a diferencia de otros nazis, era incapaz de un desfalco. Hoy sabemos que muchos nazis además de asesinos eran ladrones con abultadas cuentas en Suiza, en parte alimentadas por bienes confiscados a judíos. Eichmann no.  Para él simplemente matar a los prisioneros de Auschwitz era una meta de producción que había que cumplir. 

 

  1. 2.                No todo vale en los negocios, públicos o privados.

Probablemente la instancia en la que la ética y la técnica llevan a dilemas es en el de los negocios. Sin llegar a los extremos de Eichmann, ¿cuántos gerentes, políticos, líderes del día de hoy siguen actuando según la banalidad del mal? Los que irrespetan las normas ambientales, los que contratan empresas de Asia donde no se respeta casi ningún derecho laboral para ahorrar costos, los que venden cosas a sabiendas que pueden hacer daños, ¿qué tan lejos están de aquel famoso gerente y contador? 

El capitalismo tiene una larga historia al respecto, desde los días de las factorías de Manchester en las que se trabajaba dieciséis horas al día y las minas que usaban niños hasta el límite de sus fuerzas, hasta las condiciones de los obreros que le permiten a China, la India y los Tigres Asiáticos producir cualquier cosa más barato que nadie en el mundo.  Afortunadamente, la combinación de siglo y medio de luchas sociales, los avances de la socialdemocracia y el laborismo, el aumento de la productividad y el desarrollo de la democracia, que empoderó la mayorías a través de la organización de sindicatos y el ejercicio del voto, han permitido que en muchos lugares esta situación esté superada, al menos lo peor de ella.   Pero cuando no hay contrapesos (sindicatos, partidos y prensa libres), los costos ambientales y humanos suelen ser enormes.

Un ejemplo claro viene, paradójicamente, de lo que se proponía como la solución de la explotación del hombre por el hombre: el socialismo centralizado de la Unión Soviética y los otros países que, con sus variantes,  se ajustaron a su modelo. Sin sindicatos, ni prensa ni partidos autónomos, el esfuerzo por industrializar acumuló algunas de las tasas de contaminación y enfermedades ocupacionales más altas del mundo. Aunque en general los obreros de la URSS y de la mayor parte de los países del socialismo real tenían garantizado un nivel mínimo de vida, servicios de salud, educación, pensión de vejez y entretenimiento sin la necesidad de ser especialmente productivos (lo que llevó a la larga a la quiebra del sistema), eso no obstó para que hayan sido sus regímenes los que hayan cometido violaciones más parecidas a los de los campos de concentración. El uso de prisioneros en trabajos forzados fue común en la Unión Soviética. De hecho, hay indicios de que en su historia tuvo numerosos Chernobyl pero como básicamente los sufrieron internados en los Gulag pasaron desapercibidos. Producto de años de contaminación incontrolada, el mar Caspio es probablemente el de peores condiciones ambientales en el mundo y en muchos sentidos es hoy un mar “muerto”.

Sin embargo, una vez más, nada puede compararse con el sistema económico de los campos de concentración. Se trataba de una gran empresa coordinada por talentosos administradores y gerentes como Eichmann, que entre otras cosas garantizaron buenas ganancias a las SS. La organización siempre estuvo a la caza de jóvenes talentosos egresados de escuelas de ingeniería o negocios, así como de ejecutivos de empresas privadas (como Eichmann). Se les ofrecían altos sueldos y un buen programa de seguridad social para ellos y sus familias. Además, durante la guerra era mejor cumplir el servicio en sus oficinas que en el campo de batalla. Ante este panorama, es necesario subrayar el valor de aquellos que, con las mismas credenciales, prefirieron enrolarse en las fuerzas armadas regulares peleando toda la guerra con pundonor militar.

Estos gerentes de las SS organizaron una explotación en términos que ni Marx se hubiera podido imaginar cien años antes. La selección de los internos era hecha con el criterio de una granja industrial. Se separaba a los más aptos para el trabajo de aquellos que debían ir de una vez a las cámaras de gas. Los primeros se ponían entonces a trabajar sin ninguna paga y con el mínimo de comida en diversas empresas, tanto públicas como privadas. Si tenían alguna formación especial se les trataba un poco mejor. No fueron los únicos esclavizados, ya que millones de europeos terminaron trabajando bajo condiciones a penas un poco mejores, pero sí los que sufrieron la explotación con la premeditada intención de llevarlos hasta la muerte. En lo que no podían dar más, simplemente se les sacrificaba. Lo que se quiere decir con esto es que los campos también fueron un negocio lucrativo, desde el expolio de bienes de judíos hasta la dotación de mano de obra para empresas privadas, y los SS actuaron como unos gerentes con verdadera eficiencia administrativa. El gran arquitecto de la economía de guerra alemana, Albert Speer, los usó sin remordimiento y hay un dato tan triste como revelador de los resultados: a pesar de los bombardeos aéreos, del bloqueo, del llamado al frente de trabajadores especializados, de la muerte de muchos de ellos, de la falta de materia prima, del colapso institucional, para el final de la guerra Alemania solo había perdido alrededor de 25% de su planta industrial (Venezuela, desde 1998, ha perdido más de 50%...). No en vano los supervillanos de los cómics y la ciencia ficción se inspiraron en ellos (los de mi generación se acordarán que en los programas de televisión siempre los ponían con acento alemán): brillantes, eficientes, sin moral. 

 

3.  El odio nuestro de cada día.

Los dos puntos anteriores dibujan el panorama de una gran racionalización de impulsos más o menos irracionales. El odio al que es distinto, el supremacismo racial, la intolerancia son pulsaciones cuya naturaleza suele estar más allá de los valores, las ideologías y las religiones que se alegan para justificarlos. En estos días en los que el mundo fue conmocionado por la masacre de Charlie Hebdo, con la menos publicitada (aunque más sangrienta) de Nigeria y por las ejecuciones de ISIS, el tema vuelve a revelarse en toda su amplitud.  Umberto Eco ha dicho que, en términos de desafío para los valores de la libertad, el autoprocalamado califato es una amenaza similar a la que fue el nazismo. En alguna medida tiene razón.  Aunque el poder económico y tecnológico de ISIS no puede compararse (no todavía) al del III Reich, sí tiene en común el hecho de saber usar lo último de la tecnología bélica para conquistar un territorio nada despreciable creyéndose con derecho a ello por su autoproclamada superioridad; de demostrar una gran eficiencia para administrar las porciones de la industria petrolera que ha tomado, con la que ya produce unos 30.000 barriles diarios, al menos según algunas estimaciones; y de ser extremadamente hábil en el manejo de la propaganda. Gracias a las redes sociales cada decapitación que ejecuta es un acontecimiento planetario. Entre tanto, asesinan a todos aquellos que no quieren someterse a sus valores. Si bien Occidente se espanta, con razón, de los europeos y norteamericanos degollados, lo que se le ha hecho a los yazidíes probablemente sea el primer gran genocidio del siglo XXI. Como vemos los problemas de ISIS no son técnicos, sino morales. No es que no sepan manejar misiles, Internet y pozos petroleros, sino el objetivo con los que los manejan.

Pero que ISIS no nos despiste con nuevos estereotipos islamofóbicos. Decir que todos los musulmanes son como los soldados del “califato” es como decir que todos los alemanes son como Eichmann. Además es ocultar cosas tales como que las principales víctimas de los terroristas son islámicos, como lo prueba el caso de la mezquita en Nigeria (y los de las decenas de mezquitas más voladas en Irak y Pakistán). También es minusvalorar los avances de la derecha racista en Europa Occidental, incluso de los grupos que sin embozo se declaran neonazis, demostrando que en la democrática Europa a no todos Auschwitz les horroriza igual. Incluso, la celebración de los 70 años de la liberación del campo se ha empañado por la rivalidad secular de Polonia y Rusia. En el marco de la guerra civil de Ucrania y la anexión de varias de sus provincias por la federación rusa, el canciller polaco, Grzegorz Schetyna, solidario con los ucranianos, afirmó que los rusos tenían poco que hacer en los actos ya que el grueso de los soldados de la 322va división (y en general del 64vo Ejército a que pertenecía) habían sido ucranianos. No sabemos hasta qué punto eso es verdad (aunque perfectamente podría haberlo sido), pero nos asombra cómo de un plumazo se reacomoda la historia por razones políticas: resulta ahora que no fue el Ejército Rojo, sino los ucranianos, quienes liberaron el campo. Las respuestas no se hicieron esperar, llenas de indignación, por parte de las autoridades rusos. Incluso no ha faltado quien deslice otra verdad incómoda: así como hicieron todas las fuerzas policiales de la Europa Occidental ocupada, que se encargaron de hacer las redadas de los judíos para entregárselos a las SS, los ucranianos, entonces también bajo control alemán, apoyaron activamente las matanzas…

Pero es mejor parar las recriminaciones acá, que de la Segunda Guerra Mundial casi nadie salió inmaculado. El punto es que estos ejemplos demuestran que Auschwitz, es decir, los motivos y la lógica que lo hicieron funcionar, están más vivos de lo que pensamos y que a veces solo basta un empujón para que afloren. Hay, pues, que recordarlo, pero como quien recuerda un clamoroso error que no se puede volver a cometer. Recordarlo como advertencia.

 

4.  Coda

Se le dedica este artículo al profesor Harry Osers (1929-2013). Siendo un adolescente fue internado junto a su familia en Terezin, para después ser enviado a Auschwitz. Con talento se las arregló para sobrevivir y no perder su buen humor. Cuando el campo fue abandonado participó en la Marcha de la Muerte hasta Alemania, donde finalmente es liberado por tropas estadounidenses. Terminada la guerra, regresó con sus familiares sobrevivientes (fue muy afortunado en eso) a su Checoslovaquia natal.  Terminó la secundaria pero la felicidad duró poco: en 1948 llegan los comunistas al poder. Su familia decidió entonces emigrar y Venezuela le abrió las puertas. Acá cursó estudios de ingeniería y vivió una vida larga y productiva. Le debemos obras esenciales como el Viaducto de La Cabrera, en el que participó muy joven. Pero sobre todo le debemos sus décadas de profesor, en realidad de verdadero maestro, en la UCV. Su manual de geometría descriptiva ha sido usado por generaciones de estudiantes. Al final de su vida, muy angustiado por el camino que estaban tomando las cosas en su nueva patria (que amó, integral, apasionadamente), se propuso sembrar conciencia entre los más jóvenes. Universidades, escuelas, foros de distinta índole fueron escenario de sus charlas sobre el Holocausto y la necesidad de respetar los derechos humanos y la democracia. Un día, con otros miembros de la Asociación Checo-Venezolana, compartí con él en una escuela en Lídice, el barrio de Caracas que se bautizó en honor de la ciudad checa masacrada por los nazis. Con la sencillez y el humor que lo caracterizaron envolvió a aquella audiencia de muchachos para los cuales Checoslovaquia y nombres como el de Reinhard Heydrich parecían cosas de otro planeta.  Pero Osers no estaba tan seguro de que eso fuera así. Le preocupaba lo que veía en Venezuela. Lamentablemente, murió con esa preocupación, aunque también con la conciencia limpia de haber actuado correctamente. Todos cuantos lo conocimos sentimos escalofríos cada vez que le veíamos el número tatuado en el antebrazo. Que descanse en paz.