• Caracas (Venezuela)

Tomás Straka

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Tomás Straka

Domingo Irwin, 1947-2014

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Acaba de fallecer Domingo Irwin (1947-2014). Con él no sólo perdemos a uno de nuestros historiadores más importantes: también perdemos a un verdadero maestro. Recordarlo y rendirle homenaje en este momento va más allá de la simple expresión de afecto de quienes fuimos sus amigos y sus alumnos, para subrayar aquellos valores de ciudadanía y de academia que tanto nos hacen falta hoy, y que de forma tan completa encarnó en vida.

Domingo Irwin escribió muchos e importantes libros, popularizó teorías y creo algunas propias, asumió compromisos políticos y académicos, pero, por encima de todo, si algo le preocupó en la vida fue la formación de jóvenes talentos. Ese carácter que con frecuencia asustaba a los alumnos en el primer día de clases, esas salidas que hicieron rabiar a más de un estudiante remolón, la rigurosidad de sus esquemas y lecturas, ocultaban a un hombre en el que siempre podían encontrar consejo y amistad.  Aquellos alumnos en los que ponderaba el interés y la capacidad suficientes, eran invitados a participar en proyectos de investigación, a publicar libros colectivos o a integrar paneles en eventos nacionales e internacionales. Así se formó un grupo amplio de discípulos, una verdadera escuela que, sin duda, representa la mejor prueba de que su obra germinó y seguirá creciendo.

Irwin fundó el estudio de lo militar en la historiografía venezolana, mucho antes de que los recientes procesos políticos demostraran la importancia del tema.  Centrado en las relaciones civiles-militares, tema central de nuestra vida republicana si los ha habido, recorrió sus avatares desde la independencia hasta Hugo Chávez. En clásicos como Relaciones civiles-militares 1830-1910 o Relaciones civiles-militares en el siglo XX, aclimató categorías poco trajinadas entre nosotros y elaboró propuestas teóricas propias. Hay quienes no están de acuerdo con sus tesis,  pero nadie podrá regatear la importancia de sus trabajos.  Ellos marcan una antes y un después, por lo que constituyen una referencia imposible de obviar. Como historiador, Irwin se empeñó en comprender el fenómeno, pero como hombre de resueltos compromisos ciudadanos, trató de combatir sus peores manifestaciones.  Domingo Irwin fue un demócrata y un anti-militarista convencido y militante.
 
Luis Alberto Buttó, Hernán Castillo, José Alberto Olivar, Inés Guardia, Nahem Reyes, Germán Guía Caripe, Ingrid Micett y muchos más se encuentran entre quienes le deben a él gran parte de su formación e incluso de sus oportunidades de desarrollo profesional e intelectual.   Fui su alumno y fui su amigo. En el primer rol participé en uno de sus libros colectivos y más nunca volví a confundir “militarismo” con “pretorianismo” (una de sus grandes batallas). Como lo segundo compartí innumerables y divertidísimas tenidas (Irwin era hombre de buena mesa y de mejores copas) y siempre conté con su respaldo cuando lo llamaba a dar una clase magistral en un curso, a integrar una mesa dentro de un evento o a dar clases en la maestría que dirijo. Incluso, la muerte lo sorprende con un seminario programado para el semestre que arranca en octubre.

Si algo puede explicar al maestro que fue Domingo Irwin es su condición de egresado del Instituto Pedagógico de Caracas, donde también hizo la mayor parte de su carrera de profesor universitario.  Después se graduó de magíster en la Universidad de Glasgow. Esta experiencia escocesa no sólo amplió sus horizontes, sino que representó un rencuentro con sus orígenes, descendiente como era de uno de los soldados de la Legión Británica. Su interés por el tema militar lo llevó a meterse a fondo en el tema.  Así lo encontramos como un civil con la borla de Magister en Seguridad y Defensa por el Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre (Iaeden), así como con una especialización del Center for Hemispheric Defense Studies de la National Defense University, de Washington.

La Universidad Católica Andrés Bello, donde se doctoró, fue la institución en la que desarrolló otro trecho importante de su carrera.  Allí dictó seminarios en las maestrías y el doctorado de historia.  Buen amigo del P. Hermann Goznález Oropeza, encontró en él no sólo a un colega sino a un jesuita con el cual debatir teológicamente desde sus posturas de piadoso presbiteriano.  Hombre enamorado de los estudios, sacó una maestría más en teología.  Aunque en sus análisis Calvino siempre terminaba teniendo la razón, sostenía que, probablemente, si en el siglo XVI la Iglesia Católica hubiera sido como hoy, el reformador de Ginebra tal vez se hubiera integrado al proyecto de su compañero de clase, Ignacio de Loyola.   Nuevamente, el espíritu democrático y tolerante se manifestaba en su religiosidad, siempre de vocación ecuménica.  Gracias a él, los investigadores podemos contar con la colección completa de La Verdad, tal vez el primer periódico protestante de Venezuela, y de El Porvenir,  aparecidos en Rubio entre 1920 y 1936, que editó en facsímil en su importante trabajo La minoría protestante en el Táchira (minoría dentro de la que la familia Irwin tenía un rol predominante).

Hoy, que la afección cardíaca que lo acosaba desde hace años pareció haber ganado finalmente la partida, es imposible repasar sobre su obra y sobre los buenos momentos pasados con él sin un nudo en la garganta.   Tal vez el mejor homenaje que podemos hacer es recordarlo desde sus libros, sus ideas y sus compromisos.  Es lo que sin duda resolverán hacer sus discípulos, y a lo que también nos comprometemos todos aquellos que por el hombre y sus trabajos sentimos cariño y admiración.  La ciencia y las luchas democráticas de Venezuela lo sabrán agradecer.

@thstraka