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Tomás Straka

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Tomás Straka

J. M. Briceño Guerrero, filósofo de un siglo

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Con su barba blanca de profeta, su hablar muy quedo, casi un susurro, y esa capacidad para contar historias aparentemente sencillas pero que siempre terminaban en una tesis filosófica, poco a poco fue amansando a la audiencia hasta ponerla en una especie de estado de éxtasis, de arrobamiento. En contra suya tenía al calor de aquella mañana, casi mediodía, de Barquisimeto, a un salón largísimo y atestado, donde era casi imposible oírlo para los que estábamos al final, y a los tres días de sesiones que ya llevaba el congreso de historia al que asistíamos (y que, como en todo buen congreso de historiadores, se habían prolongado hasta las madrugadas en “sesiones” informales con los amigos).  Pero el cansancio y la canícula quedaron en un segundo lugar. La gente, en el afán de oírlo, se fue congregando a su alrededor. Al final hizo un semicírculo donde no pocos estaban sentados en el piso, del modo en que suelen pintar a los discípulos oyendo a los maestros de la Antigüedad o a Cristo predicando en Tierra Santa.  Era la primera vez (¡y sería la última!) que veía a J. M. Briceño Guerrero y de inmediato comprendí la fama de su carisma, que tantos afectos (y también comentarios maldicientes) le generó en vida. Yo mismo terminé en aquel corro extasiado. El filósofo tenía el aspecto que en nuestra imaginación le damos a los sabios, el don del habla de los fabuladores, la serenidad que suponemos en quienes poseen algún tipo de superioridad espiritual.  Aunque era un anciano venerable, no me imaginé que a poco más de un año se moriría. Y como ha pasado con otros muertos ilustres de este 2014 (año especialmente activo para la Parca, si los ha habido), los conflictos que acosan a los venezolanos no han dejado que le prestemos la suficiente atención a lo que estamos perdiendo con él. Acaso queda el consuelo de que entre aquellos que sí lo han hecho, se desdibujara por un momento las diferencias políticas para que el lamento sea general.

No fue, sin embargo, así en sus últimos años: hombre que rabiosamente bebió la vida hasta las heces, siempre respondió a su lugar y a su momento. Por eso no fue ajeno a la polarización política que Venezuela ha vivido desde hace tres lustros. Por momentos se le vio cerca de Hugo Chávez y el gobierno le reeditó algunos de sus libros y le rindió varios homenajes, cosa que sólo hace con los compañeros de ruta política e ideológica (el régimen anterior también lo había editado y homenajeado, pero se ufanaba de hacerlo hasta con sus mas acervos críticos). Eso, de automático, le ganó enemigos y admiradores (más de los que ya tenía) pero como con tantas otras cosas suyas, quedará para quienes estudien con detenimiento su vida y obra en el futuro la interpretación final. Valgan estas líneas sólo como una primera aproximación para comprender a un hombre emblemático del siglo XX venezolano y a todo lo que, en cuanto tal, nos pueda decir.

En efecto, fue cosmopolita como puede serlo alguien que hable tantos idiomas vivos (alemán, inglés, francés, portugués, hebreo) y muertos (latín, griego y sánscrito) que él los habló, pero a la vez tan latinoamericano y en especial venezolano como puede serlo un hijo de Palmarito, en el Estado Apure. Por sus preocupaciones, por su biografía, por los lugares en los que estudió y trabajó, por la forma en que su vida refleja cada uno de los momentos que le tocó enfrentar, podría ser considerado el filósofo representativo del siglo XX venezolano (ese “siglo XX corto”, para robarnos la frase de Hobsbawm, que en Venezuela iría de 1936 a 1999). No decimos con eso que su pensamiento haya sido el más potente o innovador (es algo que dejamos para especialistas) o que no haya otros nombres que puedan sonar incluso más alto (he ahí a Mayz Vallenilla, Eduardo Vásquez o a Ludovico Silva), lo que queremos resaltar es que la vida de un niño de una familia evangélica llanera de la década de 1930, cuyo mayor contacto con el mundo exterior eran los marineros que llegaban a Puerto Nutrias, que con los años llega a ser doctor en filosofía por la universidad de Viena y a hablar o al menos leer casi una docena de idiomas, expresa el vertiginoso periplo de lo que Venezuela, y en con grados distintos, el resto de Latinoamérica transitaron a lo largo de ese “siglo XX corto”. Hacer, entonces, el ejercicio de relacionar su vida, tan singular en comparación con el resto de sus compatriotas (¿cuántos venezolanos leen sánscrito?), pero tan parecida en el sentido de que cambió vertiginosamente en algunas cosas, es un ejercicio que no sólo nos ayudará a entenderlos a ambos, sino también a comprender los márgenes dentro de los que se mueve el individuo en la historia.

Por eso reconozco que la descripción que de él hice al principio de este artículo puede despistarnos. El retrato del hombre barbado, sabio y sereno parece rendirle tributo a todos los estereotipos que una vida viendo televisión ha producido en mi mente, una mezcla de Yoda con las atractivísimas (al menos para un niño) ilustraciones de Mi libro de historias bíblicas que los Testigos de Jehová editan y que leí siendo un muchacho. Es una imagen calza demasiado bien en los convencionalismos como para no despertar sospechas y que seguramente ayudó a alimentar a quienes siempre mantuvieron distancia con él y no dudaron en hacerle las más variadas acusaciones. Son cosas que quedan para sus futuros biógrafos. En lo que no hay discusión es en que se puede estar de acuerdo o no con lo que escribió, pero lo que no se puede hacer es eludirlo. Referente al tema del ser latinoamericano y su capacidad para desarrollar (o no) un pensamiento autónomo, por ejemplo, produjo con La identificación americana con la Europa Segunda (1971) y América y Europa en el pensar mantuano (1981), dos textos ineludibles. Sus reflexiones sobre el lenguaje en libros como El origen del lenguaje (1970), Discurso salvaje (1980) y Amor y terror de las palabras (1987), han merecido la atención y la alta valoración de los especialistas.  Su inicial ¿Qué es la filosofía?, sigue siendo una referencia muy atendida por los estudiantes que comienzan a dar sus primeros pasos en la universidad. Con el seudónimo de Jonuel Brigue, además, redactó también una obra narrativa abundante y meritoria. Fue Premio Nacional de Literatura en 1996.

¿De qué manera todo esto puede reflejarnos una forma de ser venezolano, sobre todo una emblemática, del siglo XX “corto”? Comencemos con el hecho de que haya provenido de una familia evangélica. A finales de la centuria anterior comenzaron a llegar a Venezuela misiones protestantes (que entonces deciden hacer énfasis en llamarse “evangélicas” ya que, después de cuatro siglos de condena al protestantismo, la palabra estaba muy desacreditada en Latinoamérica). En su mayor parte provenían de los Estados Unidos y estaban dispuestas a transformar al país. Hasta el momento la actividad protestante se había limitado a atender a las colonias extranjeras asentadas en Caracas y en algunos puertos, pero nunca se había planteado hacer proselitismo entre los venezolanos.  Esto cambia cuando las iglesias norteamericanas comienzan a ver en América Latina una zona de misión, en buena medida como consecuencia del creciente poder que el país va adquiriendo en la región. A Venezuela, además, comienzan a llegar grandes cantidades de estadounidenses y antillanos para trabajar en la industria petrolera. Junto a ellos vinieron también algunos pastores. No obstante el avance evangélico fue muy lento en todas partes salvo, tal vez, en el Estado Apure donde por razones que aún no se han estudiado del todo (pero que tal vez se asocie con la poca presencia de la Iglesia Católica) la mecha prende con relativa rapidez: en 1927, convertidos por una misión bautista, Arístides Díaz funda la primera iglesia evangélica venezolana, la Iglesia Nativa Apureña, que aún existe y que fue el núcleo de una transformación sociocultural que queda por estudiar: según algunas fuentes, en Apure los evangélicos superan la tercera parte de la población.  Dos años después de la conversión de Díaz, en Palmarito, nace José Manuel Briceño Guerrero. No sabemos si su mamá era miembro de la Iglesia Nativa, pero sí que era evangélica, evidentemente producto de las conversiones al protestantismo en la región. El filósofo siempre la recordará con cariño, entre otras cosas porque le inculcó el amor por la lectura haciéndole leer (y aprender) pasajes de la Biblia.  En breve los libros serán su pasión y su refugio: el muchacho evangélico que no bebe ni baila (el evangelismo apureño era singularmente severo) no se siente completamente situado entre sus compañeros del Llano, y termina por encerrarse, cada vez que puede, en una biblioteca.

Ese muchacho evangélico en medio del Llano es la Venezuela tradicional en la que se van sintiendo los vientos de cambios. El petróleo y sus cambios parecen estar muy lejos, pero ya los bautistas norteamericanos están convirtiendo a gente en la “Venezuela profunda”.  De Palmarito la familia se muda a Puerto Nutrias. Son los años treinta y todavía es un puerto fluvial con mucha actividad. En ocasiones llegan marineros extranjeros. Para los niños son como seres llegados de otro planeta. En especial llaman la atención del niño José Manuel, sobre todo la forma extraña en que hablan. En ninguna otra parte oía a nadie hablar así (tal vez en el cine era posible, pero acaso por evangélica su familia no iba a lo que entonces era considerado una fuente perdición).  Por eso José Manuel se les acercaba, trataba de comunicarse, se maravillaba con los sonidos que salían de sus bocas y terminaría por enamorarse de los idiomas. Hasta la vejez será de esas personas que se sienten profundamente felices aprendiendo una y otra lengua. Con casi ochenta años aún se sentía con fuerzas para tratar de descifrar el chino. Pero la imagen de Puerto Nutrias con marineros extranjeros rápidamente pasó a ser historia. Los bautistas fueron acaso el primer anuncio de cambios esenciales que venían: poco a poco el río fue sustituido por la carretera y la actividad portuaria se va muriendo. No obstante, al mismo tiempo, en el centro del país todo parece ser movimiento y oportunidades. Una nueva mudanza lo pone en Barquisimeto, donde se gradúa de Bachiller y, pronto, en el Instituto Pedagógico de Caracas (entonces Nacional), donde se le ofrece la oportunidad de vivir su sueño: estudiar idiomas.  Se gradúa de Profesor de Idiomas en 1951.  Aunque admitiría después que por evangélico no se metió a comunista (en el Pedagógico todos eran adecos o comunistas), los estudios van abriéndole horizontes y matizándole la severidad protestante de su hogar.  

Siguen unos años como profesor de secundaria en Barquisimeto y Caracas, que no recordó como las más agradables de su vida. Al final entiende que no es lo suyo.  Sin embargo una vez más aparecen en el horizonte oportunidades que hasta el momento eran insospechadas para los venezolanos, al menos para los que no eran millonarios: estudiar en el extranjero (parece que en esto echamos medio siglo hacia atrás). De ese modo, quien veía asombrado a los marineros en Puerto Nutrias termina estudiando en La Sorbona y finalmente en la Universidad de Viena, de la que se gradúa como Doctor en Filosofía.  Viajero frecuente, hará también estudios de Teología en la Universidad de Granada y será profesor invitado de idiomas clásicos en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se relaciona con Leopoldo Zea.  Pero en Venezuela el sistema de educación superior se está expandiendo. Hay oportunidades y buenos sueldos. Es, en toda su expresión, nuestro “siglo XX corto”.  En la Universidad de Los Andes, en Mérida, terminará asentándose y produciendo una fructífera carrera.

Tal vez sea otro estereotipo, esta vez de turista caraqueño, pero todo lo que he oído de la vida de los profesores en Mérida entre las décadas de 1970 y el 2000, hace pensar en un lugar tranquilo e idílico para escribir. Por aquellos años la ciudad contaba con uno de los niveles de vida más altos de Venezuela (y tal vez de Sudamérica: hoy sabemos que eso ya cambió, y no para bien), por lo que las condiciones eran propicias para que Briceño Guerrero organizara sus famosos seminarios, disertara sobre lenguas clásicas, filosofía latinoamericana, lenguas y religiones orientales. Enhorabuena, porque supo traducir aquello en obra fecunda. Como vemos, fue la suya una vida excepcional, pero también una en la que cada paso, cada influencia, cada oportunidad, estuvo conectada con lo que pasaba en su sociedad. No todos los niños del Palmarito de los años treinta experimentaron cambios tan grandes, pero en escalas distintas sí vieron transformaciones significativas en su vida, en su comunidad, en su entorno nacional.  El fin de nuestro “siglo XX corto” agarra a Briceño Guerrero admirado por todos. Acaso la polémica política que por momentos lo envolvió le puso algunos lunares en su prestigio, al menos para algunos sectores. La buena noticia es que el peso de su obra al final parece inclinar la balanza hacia el reconocimiento general. Aquella tarde de Barquisimeto, había de todos los bandos entre quienes lo oíamos. Del mismo modo que los hay ahora entre quienes lo lloramos.

 

(El presente texto no hubiera podido escribirse sin los trabajos de Nellyana Salas, “Un sabio anticipado a su tiempo”, Revista investigación, No. 6, 2002; y de Adriana Puleo Ponte, “José Manuel Briceño Guerrero: semblanza”, en http://www.saber.ula.ve/iconos/jonuelbrigue/semblanza/pdfs/semblanza.pdf)