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Cómo vivir mejor

Cómo vivir mejor / Ilustraciones Gabriel Martini

Cómo vivir mejor / Ilustraciones Gabriel Martini

Todos los días hay que enfrentarse a situaciones que en muchas ocasiones están fuera de control, pero hay otros factores que pueden influir positivamente en el bienestar y que dependen de uno mismo. Acá varios expertos explican cómo tener una vida más plena

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Ante tantas incertidumbres y dificultades que hay que afrontar en la cotidianidad y lo poco esperanzador que resulta el panorama mundial plagado de crisis económicas, conflictos y metas positivas que parecen quedar en segundo plano, hablar de cómo tener una mejor vida puede sonar utópico y hasta ingenuo. Pero lo cierto es que hay estudios que respaldan que en la búsqueda del bienestar pesan más la actitud y las medidas que uno pueda tomar, que las circunstancias externas, que si bien tienen influencia, no tienen por qué ser determinantes. De hecho, Sonja Lyubomirsky, autora del libro La ciencia de la felicidad, asegura en este texto que  solo alrededor de 10% de la discrepancia en los niveles de bienestar se debe a las diferencias en las circunstancias de la vida o sus situaciones como ser ricos o pobres, estar sanos o enfermos, ser hermosos o poco agraciados, estar casados o divorciados, etc. Esta investigadora explica que aparte de la personalidad determinada genéticamente –que según el estudio representa 50% de lo que puede llegar a definir la felicidad–  y las circunstancias a las que nos enfrentamos –que ya se dijo que sólo representa 10%– el otro 40% está determinado por nuestras acciones. Por consiguiente, según esta autora,  la clave de la felicidad no consiste en cambiar la constitución genética –que es imposible–  ni en cambiar las circunstancias –que no siempre está a nuestro alcance– sino en nuestra manera de pensar y en lo que decidimos hacer en la vida cotidiana. Entonces, quien quiera tener una vida mejor tiene un margen de maniobra de 40%, así que vale la pena intentarlo y ponerse en acción.

Una vida placentera

Así define Martin Seligman, autor de los libros La auténtica felicidad y Florecer, y creador de la teoría del bienestar, que está relacionada no con una vida hedonista y llena de banalidad, sino con procurar tener en la cotidianidad la mayor cantidad posible de emociones positivas. Hay quienes dicen que no existen emociones positivas o negativas, sino que depende en gran medida de cómo se manejen. Teniendo esto en cuenta, bien vale conocer las emociones que los expertos en bienestar, como Barbara Fredrickson, aseguran que hay que tener buena dosis.

Estas son: amor, esperanza, inspiración, diversión, alegría, gratitud, serenidad, curiosidad, orgullo y asombro.

¿Cuándo fue la última vez que experimentó alguna de estas emociones? A veces las vivimos y ni siquiera estamos conscientes de ello, y al no saborearlas su efecto pasa inadvertido. La primera recomendación de los expertos es buscar formas de experimentarlas de manera cotidiana, porque no hay duda de que ellas influyen directamente en el bienestar, pero no sólo en el que se experimenta en el momento de vivirlas, sino a largo plazo. Lyubomirsky invita a imitar las características de las personas que han participado en sus estudios y en los de otros investigadores.

Estos individuos aseguran que de manera natural y habitual saborean los placeres de la vida y tratan de vivir el presente, se sienten cómodas expresando su gratitud por todo lo que tienen y lo bueno que les ha ocurrido, y entre otras cosas, son optimistas al imaginar su futuro.  “Cultivar las emociones positivas es una decisión, no se demandan, sino que se comparten”, recalcaba María Elena Garassini, presidenta de la Sociedad Venezolana de Psicología Positiva, en el evento Happiness Venezuela, hace unos meses.

Relaciones conscientes

A menudo quienes sienten que tienen una vida plena señalan que dedican mucho tiempo a su familia y amigos, así como a fortalecer esas relaciones y disfrutar de ellas. “Los demás son el mejor antídoto contra los momentos difíciles de la vida y la forma más viable para animarse”, dice Seligman acerca de otro de los pilares de su teoría sobre el bienestar. Pero todo el mundo sabe que las relaciones, por más importantes que sean, no son tarea fácil. Por eso, Mildred Piccinoni, especialista en relaciones de pareja y programación neurolingüística, insiste en la importancia de las relaciones conscientes. “En ellas, cada uno se hace cargo de sus propias carencias y heridas de infancia, de su propia historia.

Cuando la otra persona llegó a nuestras vidas, la película ya había empezado. Y puede ser un apoyo, pero no es responsable de manejar las soluciones de esas carencias”, ilustra la experta sobre este tema tan complejo como extenso. “Por razones evolutivas podríamos decir que tenemos tres cerebros: el básico (encargado de nuestra supervivencia), el emocional (el de la conexión con el otro y la satisfacción) y el neurocortical (el que busca darle sentido y propósito a lo que hacemos, el racional). Tenemos que conocer cómo funcionan estos mecanismos para sacarles el mejor provecho”, explica. “En las relaciones conscientes el cerebro básico se siente seguro y a salvo, el cerebro emocional se siente conectado, y el neurocortical le da sentido y propósito a la relación”.

Si uno de los grandes problemas que aqueja a las relaciones es el de la comunicación, Piccinoni ofrece algunas recomendaciones para evitar frustraciones y más heridas.  “Aunque nosotros tengamos la mejor de las intenciones al comunicarnos con el otro, si tocamos un área sensible en la otra persona, su cerebro básico tomará el control y se sentirá amenazada. Tengo que buscar empatía, si yo pretendo que el otro se sienta a salvo y no se ponga a la defensiva tengo que bajar el nivel de crítica y tener disposición a negociar”, es lo primero que recomienda. Luego ofrece dos claves más. La primera, “pedir cita”. Si lo que se busca es una buena disposición de parte del otro, hay que entender que no es lo mismo abordar a una persona cuando está comiendo, en el carro o en cualquier situación estresante, que plantearle la posibilidad de buscar un momento adecuado para tener una conversación. Y allí viene la otra clave. “Siempre decimos ‘tenemos que hablar’ en vez de decirle al otro ‘te quiero escuchar”, señala la especialista.

Explica que la idea es hacerle entender al otro que el propósito no es pelear, sino buscar juntos una solución, que a veces se puede lograr en conjunto y otras veces requiere de ayuda externa. “Es importante hacerle saber a quien nos escucha que no somos su enemigo –cuando se trata de seres queridos, el dolor es doble– si no queremos una actitud defensiva de su parte”, dice Piccinoni, quien indica que si la conversación sube de tono, lo mejor es hacer una pausa y permitir que la adrenalina baje. “Hay que hacer algo físico, como salir a caminar, respirar, dar una vuelta,  moverse, para que baje el impulso natural de defenderse o tratar de ganar”.

Compromiso, logros y propósito

Tener una pasión, algo que motive de tal forma que cuando lo hacemos pareciera que se detuviese el tiempo, es para muchos expertos en la materia, algo esencial para el bienestar. “Mientras fluimos en algo, nos retamos constantemente a hacerlo mejor, y nos volvemos más interesantes, eso nos llena de satisfacción”, indica Garassini. Si alguien desea sentir que su vida mejora, no hay duda de que tener objetivos y ambiciones con los que sentirse comprometido, le ayudará. Porque se trata de metas que nos permiten sentirnos complacidos durante el recorrido mientras hacen que nos movamos hacia el logro, que también es una fuente de satisfacción. “El ambiente me reta y yo quiero responder para sentirme mejor”, señala la especialista. 

Seligman, padre de la Psicología Positiva, habla en sus último libro, Florecer, del compromiso y los logros, como otros dos pilares de su teoría para la búsqueda del bienestar, y hay un quinto que es el tener un propósito: pertenecer y estar al servicio de algo que se considera más importante que el yo. Lograr proyectarnos y saber que podemos formar parte de algo más grande. Cada quien tiene la responsabilidad de encontrar el suyo, pero nadie duda de que una vida sólo puede ser mejor si tiene un sentido.