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La vida de los yoghis

La práctica del yoga / Mauricio Villahermosa

La práctica del yoga / Mauricio Villahermosa

Cuando la práctica del hatha yoga o yoga físico era una actividad exótica e inusual en Venezuela, ellos se aventuraron a formarse e impartir sus conocimientos. Hoy en día son referencia dentro de un movimiento que no ha cesado de crecer en interesados que buscan el crecimiento mental y espiritual. Acá sus historias de vida

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Un día Juan Carlos Linares decidió que dejaría la danza. Era 1999 y estaba saliendo de enseñar una práctica de yoga a portadores del VIH positivo en el St. Luke’s Roosevelt Hospital Center, en Nueva York. “Su gratitud después de la clase fue muy grande. Eso me marcó para siempre.

Decidí que el yoga sería mi camino”, cuenta el hombre espigado y elegante, que se ha convertido en un pilar de la enseñanza de yoga en el país. Su formación se remonta a los días en que estudiaba danza con Norah Parissi, coreógrafa y directora de Macrodanza, quien implementó el yoga como base espiritual y técnica dancística.

Una larga estadía en Nueva York, que para muchos es la capital occidental del yoga, le permitió acercarse a diferentes vertientes. En la década de los años 90, tomó un curso de formación en el Yoga Union, liderado por la maestra Allison West, quien ha sido su principal influencia y a la que retorna anualmente para actualizarse. “En Nueva York vi clases en las que inclusive ponían música occidental, hip hop. Conocí todo tipo de prácticas, y de todas me enriquecí”, apunta.

De regreso al país, se volvió profesor del Instituto Sevami, dirigido por la maestra Carmen Colás, una de las pioneras.

“Al principio se acercaban muchas señoras, pero con el tiempo se ha entendido que la práctica puede ser muy dinámica, lo que ha atraído a jóvenes”, dice el actual instructor en el estudio Yogashala.
“Lo más importante no es una alineación perfecta en la postura, sino la devoción puesta en la práctica”, fue la frase que le dijo Dharma Mittra, un maestro brasileño, y que le hizo entender la esencia del yoga. Bajo esa máxima, viajó a Colombia e impartió un taller para desplazados por el conflicto armado y ex guerrilleros. “Quisiera repetir esa experiencia en Venezuela. Es la muestra de que el yoga es una herramienta para crecer incluso en entornos hostiles”, reflexiona.

Ximena López
Siendo una niña, Ximena López encontró interesantes los textos literarios de los indios Rudyard Kipling y Rabindranath Tagore que sus padres tenían en la biblioteca de la casa. “Tuve una aproximación natural a la cultura de la India. En 1999, comencé a ir a clases de yoga con mi mamá, y desde ahí no paré”, comenta la socióloga que, apenas culminó la carrera en 2001, se apuntó en un viaje de auto-descubrimiento a ese país del que tanto había leído.

“Fui con Carmen Colás, quien hizo que me enamorara de la práctica desde el Instituto Sevami”, dice. Estuvo cuatro meses recorriendo y se especializó en la primera serie de Ashtanga. “Consiste en repetir una serie de asanas o posturas una y otra vez. En Venezuela, sólo una persona la hacía”. En 2002, abre el estudio Yoga Pedregal en La Castellana, y en 2003 retorna a la India para aprender la segunda serie de Ashtanga. “Veía clases durante todo el día. También aprendí técnicas de pranayama o respiración, canto de mantras y meditación”, indica.

Aplica la práctica física del yoga según los enunciados de Patanjali, un pensador hindú que existió en el siglo III a. C. y escribió el  Yoga Sutra. “Habla de ocho estados para llegar a niveles superiores de consciencia. El yoga físico es una herramienta para comenzar un viaje con lo que está más a la mano, que es la materia”, dice. Su propósito, sin embargo, es aplicar esa enseñanza antigua al contexto de una vida caótica y de ciudad. “No hace falta pertenecer a ninguna religión en específico. Es una herramienta que te acerca a la observación aguda y aceptación de ti mismo, con lo bueno y malo que puedas tener”, concluye. En 2009 se alió con quien fuera su alumno, Pedro Luis Otero, y fundaron el centro Om Yoga, desde donde imparten un conocimiento para todo tipo de público.

Pedro Luis Otero
Hace 11 años, acercar la frente a las rodillas estando de pie era una aspiración ilusa para Pedro Luis Otero. Con gotas cayendo de su frente, el que ya había escalado varias montañas andinas, halaba del ruedo de su pantalón para estirar su espalda. “No podía creer que eso era yoga. Al terminar, le comenté a mi compañera de al lado que eso parecía un maratón”, recuerda riendo sobre su primera clase en Yoga Pedregal. Aunque era montañista y hacía meditación zen, era de los muchos que creía que el hatha yoga era sinónimo de pasividad.

Así, la clase se hizo sagrada y constante para el ingeniero geólogo. El momento de cambio vino cuando le tocó supervisar un proyecto que involucraba deforestación. “No me sentía bien justificando eso, así que decidí dejar el trabajo con la minera”, apunta. Por suerte, una amiga lo invitó a dar clases en la quinta donde había un Centro Zen, desde donde hoy en día también funciona Om Yoga, el instituto que fundó junto a su maestra Ximena López.

“Era 2005, y empecé con apenas dos alumnas. Pasaron unos meses y ocurrió un boom increíble”, dice quien, desde ese momento, lleva la misión de acercar la práctica a gente “normal, común y corriente, de todo tipo”.

Otero también aplica los ocho fundamentos enunciados por Patanjali, pero se ocupa de reafirmar en todas sus clases que el yoga no es religión. “Los esquemas dogmáticos del yoga nos alejan de la divinidad. Se trata de usar técnicas antiguas de liberación para silenciar la mente y crear un nuevo estado vibratorio de amor y plenitud”, dice quien combina la práctica con la técnica de respiración pranayama y la conecta con los elementos de la naturaleza y su incidencia sobre el campo energético.


Amadeo Porras
Este 24 de febrero, Amadeo Porras fue uno de los 8.000 corredores que participó en el maratón de la Corporación Andina de Fomento (CAF). Un día después de correr 42 kilómetros, el maestro de 56 años llegó puntual a dar su clase de yoga en el Parque del Este.

“Este año reduje mucho el impacto del entrenamiento. Demostré que, con la práctica de yoga, se alcanza una técnica de respiración que permite resistir sin gastarse entrenando”, decía a viva voz mediante un micrófono que se adhiere a sus ropas blancas antes de dirigir la clase masiva al aire libre.

Señoras, jóvenes que llegaron en bicicleta y patineta, atletas, personas que salen de la oficina; todos le aplaudían. Con la sonrisa sobria que lo caracteriza, agradeció y se dispuso a practicar, junto al público, las asanas que verían caer la tarde.

A los 16 años, este instructor nacido en Lima y con más de 20 años de experiencia enseñando en el país, ya leía acerca de cosmología. “Mi hermano pertenecía a la Gran Fraternidad Universal, y me interesaron sus lecturas”, cuenta. En paralelo, se destacaba jugando al fútbol, y se presentó la oportunidad de ser deportista profesional en Venezuela. Vino junto a su hermano,  y con el tiempo forjó un interés hacia las enseñanzas del maestro David Ferris, de la Gran Fraternidad. “Viví en su sede del 23 de Enero durante cinco años y allí practicábamos gimnasia psicofísica, además de las ceremonias, meditaciones y labores de estudio con el maestro”, describe quien también es técnico en sistemas.

El Parque del Oeste fue el primer escenario en el que enseñó yoga al aire libre y de manera gratuita. Perseveró en la actividad, e incluso ingenió una modalidad llamada Yoga Roll, que emplea un rodillo para realizar las posturas. En 2007, sin embargo, su gran proyección llegó. “Enseñé en el centro cultural La Estancia, y llegaron a asistir hasta 1.400 personas a una sola clase”, dice.

Algunos se aliviaron de la escoliosis, otros se emparejaron y casaron después, y así decenas de historias. Recibe la asistencia de su esposa Lilia, y de otros alumnos voluntarios que corrigen las alineaciones. “Esta clase es multi nivel. Todo el mundo la puede hacer”, dice tímido el hombre que ha beneficiado las vidas de muchos.  


Una yogui afuera
Miami se ha convertido en una plaza muy influyente en la práctica de yoga. Ahí residen instructores de reconocida trayectoria y abundan los institutos. La venezolana Claudia Bustillos se residenció allá hace 13 años, y durante 10 trabajó como odontóloga, hasta que tomó una decisión de vida.

“Me divorcié, y si no cambiaba, me iba a derrumbar”, cuenta la dueña del instituto Brickell Hot Yoga. Se certificó como instructora con el maestro Fred Busch y en 2011 una amiga le vendió un local que ya había sido un estudio de yoga. “Lo acondicioné para dar clases bajo 40 grados centígrados, lo que genera más elasticidad y desintoxicación”, explica la también practicante del Paddle Yoga (sobre una tabla en el mar).

COORDENADAS
Yoga Pedregal
www.yogapedregal.com
Avenida Principal de El Pedregal, entre 1era y 2da transversal de La Castellana, detrás de la Alianza Francesa.

Yogashala
www.yogashala.com.ve
La Cuadra Gastronómica. 6ta Transversal, entre 3era y 4ta avenida de Los Palos Grandes.

Om Yoga
www.yogacrearte.com
4ta avenida de Los Palos Grandes, entre 8va y 9na transversal.

Amadeo Porras
Parque del Este y Plaza de Los Palos Grandes.
Twitter: @amadeoporras
Teléfono: (0414)231 5193.

Claudia Bustillos
Facebook: Brickell Hot Yoga.