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Una venezolana pone en forma a Nueva York

Alexandra Bonetti Pérez / Guillermo Felizola

Alexandra Bonetti Pérez / Guillermo Felizola

A los 25 años, Alexandra Bonetti Pérez dejó una prometedora carrera en Wall Street para ir detrás de lo que más le gustaba: el ejercicio. Así estrenó el gimnasio Bari en el SoHo neoyorquino. Dos años después tiene 4 sucursales, la idea de llevarlo a otras ciudades de Estados Unidos y traerlo a Venezuela. ¿Su idea? Un lugar con sentido comunitario del ejercicio

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Nueve de la mañana de un viernes y a las calles del SoHo en Nueva York les falta gente. Es el momento perfecto para supervisar la luz del sol que tenemos a nuestras espaldas y que nos deja mirar mejor a Manhattan. El SoHo es el hijo desfachatado de la isla, aquel que renunció a la imposición de una fructífera carrera con oficina en Wall Street o sus alrededores, y en cambio decidió alejarse a un rincón del oeste, más cerca del río, para emprender un proyecto ajeno a lo establecido. Alexandra Bonetti Pérez (Caracas, 1986) tenía una prometedora carrera en el área financiera, hasta que un día se levantó convencida de que sus años más productivos no recorrían el camino de la felicidad absoluta. 

La idea de mamá. Vale decir que sus pestañas la preceden. “Yo me vine a estudiar a Philadelphia a los 17 años”. Luego se trazó los destinos Holanda, Canadá e Inglaterra por su trabajo dentro de una empresa consultora en Estados Unidos, que finalmente la radicó en Nueva York. “Siempre fui fanática del ejercicio, siempre lo he hecho por divertirme. Mi mamá compraba los VHS con entrenamientos de Cindy Crawford y se ponía a practicar en la sala, yo chiquita lo hacía con ella. Luego en mi adolescencia hice todos los deportes posibles. Siempre he estado ejercitándome de una manera u otra. Cuando viajaba, mi única cosa constante que me ayudaba a sentirme como un ser humano era el deporte, porque tenía unos horarios laborales absurdos. Cuando me instalé en Nueva York empecé a hacer todo tipo de clases”.

Todas las disciplinas le gustaban, pero no había nada con lo que terminara de alcanzar un clímax deportivo. “Al mismo tiempo mi curva de aprendizaje se estancó en el trabajo. Ya no me sentía igual de motivada. Estaba cansada de aquello”.

Luego de cuatro años con el abdomen puesto frente a un escritorio y en mitad de unas vacaciones familiares, pidió el consejo de su madre y a la pregunta de “¿qué te gusta hacer?”, la hija contestó: “Me gusta Excel y el ejercicio. Siento que esas son las únicas cosas en las que soy buena”. Y las madres, senseis orgánicas de lo que más aman, en su caso le dijo: “¿Por qué no abres un negocio de ejercicios?”. Esa noche Alexandra no concilió el sueño. 

Bonanza de salud. Con la certeza de su plan, que pintaba muy bien en las barras de cálculo, su familia y los ahorros apostaron por la idea de construir en 2011 un pequeño gimnasio con todas las disciplinas que ella había probado, pero agregando ese algo que sentía ausente. “En nuestros gimnasios entras y desde que das el primer paso, te sientes la persona más especial del mundo, hay un sentido comunitario del ejercicio, no es un lugar donde sudas, tiras la toalla a una cesta y te vas”.

Bari fue el nombre para bautizar la cadena de gimnasios que en 2 años ha abierto 4 sedes. Actualmente el ingreso funciona con la recomendación de alguien que esté adentro; un club para sudar en un ambiente que el propio cliente termina diseñando y consiguiendo su propio espacio. “Creo que el producto es excelente. Uno de los factores principales es el recurso humano, vas a estar de buen humor siempre, es un proyecto para hacer ejercicio de manera muy emocional y ves lo resultados relativamente pronto”.

Bari  parte del principio de quemar grasas y esculpir cada ángulo del cuerpo sin hacer que el cliente sea un esclavo del habitáculo. Al mismo tiempo interviene en la alimentación de las personas al cambiar su manera de ver la comida. “Por decirlo de alguna forma, hacemos entender a nuestros clientes que el brócoli no es el único vegetal. Buscamos cambiar el paradigma de la salud y que el que venga, lleve esa misma filosofía al hogar”. Todo un templo, en años de renovada evangelización sobre los valores del bienestar integral.

La clientela está compuesta por ejecutivos de compañías, empleados, madres que van luego de dejar a sus hijos en el colegio, freelancers, escritores, artistas, gente sin oficina. “El producto ha evolucionado al punto de que hemos abierto una compañía de comida saludable. Apenas estamos empezando, es una empresa casi independiente con sus propias metas, pero ya vendemos en algunos supermercados de la ciudad. Mientras tanto, la de ejercicio apunta a abrir en otras ciudades de Estados Unidos, inclusive llevarlo a Venezuela y otros países. Mi idea original es hacer de este movimiento algo masivo y finalmente estamos desarrollando clases virtuales”. Es decir: si no vas al gimnasio, el gimnasio va a ti.