• Caracas (Venezuela)

Todo en Domingo

Al instante

La ¿última? velada de Santa Lucía

Durante dos noches, 52 casas abrieron sus puertas a las propuestas de 500 artistas / Florencia Alvarado

Durante dos noches, 52 casas abrieron sus puertas a las propuestas de 500 artistas / Florencia Alvarado

Este año, como en los 12 anteriores, las calles de la Parroquia de Santa Lucía, en Maracaibo, vivieron de nuevo el prodigio: durante dos noches, 52 casas abrieron sus puertas a las propuestas de 500 artistas que las convirtieron en inesperados museos ante los ojos de más de 200.000 visitantes. Su organizadora, Clementina Labin, decidió que esta es la última velada que organizaría. Pero muchos anhelan que esta cita continúe

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Las listas de espera en el terminal nacional del aeropuerto de Maiquetía se inclinan más hacia Maracaibo. “¿Qué están regalando allá?”, le pregunta una aeromoza a otra cuando el avión está a punto de despegar. Una hora más tarde se llega al asfalto que hace el clima más inclemente en las calles del popular “empedrao”, como también es conocida la Parroquia de Santa Lucía. En el Valle El Frío –ironía total– está la avenida 5 de Julio.

A los lados, las casas coloniales y pintorescas, orgullo de El Saladillo y sus alrededores. Es el lugar donde se oficia el prodigio: los vecinos abren sus casas a los artistas que llegan a mostrar sus obras en la conocida Velada de Santa Lucía. Una concurrida fiesta de dos noches en las que los hogares se convierten en inesperado museo.  

Juana María Gil brilla de sudor. En la terraza han quedado arrumados todos los muebles del resto de su casa, sólo allí corre el aire. “Yo soy nacida en Trujillo, en el Zulia tengo 40 años y 57 de edad”, le cuesta decirlo con precisión. “Me vine de 17 años y con tres hijos, los otros nueve nacieron en el Zulia. En esta casa ya tengo 12 años, me la compró uno de mis hijos mayores. Aquí me puse a estudiar porque sólo tenía el tercer grado.Fui sacando la primaria y secundaria por partes y hace poco me gradué de Educación Integral. No la ejerzo, pero me quedará a mí o daré clases dirigidas”.

Por ahora, Juana sigue haciendo las mejores empanadas, mandocas, tequeyoyos, bollos pelones, hervidos y pastelitos de la cuadra, y se prepara para hacer 800 servicios de sus manjares que pondrá a la venta durante la Velada mientras Michel Lamoller, que viene de Hamburgo, baja los cuadros de las vírgenes y santos que colecciona Juana, convirtiendo la casa en un museo. “A mí me gusta mucho colaborar en estas cosas para que el barrio sea más cultural. Yo deseo que este patrimonio se aprecie más. Cuando montan sus obras la gente se emociona, ‘contemás’ los que prestamos las casas, esto no es pa’ hacer desorden. Yo presto mi casa desde hace 12 años”. Ese es el tiempo en que la artífice del evento, Clemencia Labin –artista plástico maracucha residenciada en Hamburgo– ha generado un fenómeno socio-cultural sin parangón.

Labin compró una de esas casas hace 16 años, tardó tres en restaurarla y para celebrar su apertura invitó a todo el pueblo, mostrando arte, haciendo de esa casa la hoy conocida Casa Museo. La experiencia se multiplicó año tras año en aumento, maletas iban y venían cargadas de propuestas de ambos lados del charco. Artistas de la zona, de todo el país y de Europa, se fueron uniendo a la Velada: una celebración de dos noches, 52 casas, más de 500 artistas y ríos de gente, casi 20.000 visitantes.

Casas abiertas. Juana y sus amigas, todas con el rollete o la vuelta hecha en el cabello, regresan a los fogones de aceite caliente. Todavía es viernes, y faltan pocas horas para que empiece a llegar la gente. Michel Lamoller (Selva Negra, Alemania, 1984), sigue moviendo los muebles de Juana y adecua el espacio para curar mejor su obra fotográfica. “Jamás he escuchado de algo como esto. Lo defino como una gran plataforma de intercambio. Tenía una concepción muy romántica, muy emocional del arte latinoamericano antes de venir, y estando acá veo su madurez. No es naif, hay muchos artistas que han estudiado fuera y que han desarrollado una identidad en base a esa influencia. Conocí a Clemencia a través de un historiador en Hamburgo. Me invitaron, me patrocinaron el pasaje y aquí conseguí una casa donde hospedarme, así de simple”. Es la primera vez que Michel viene al Caribe y un sobrecogimiento eufórico se ha hecho de su expresión: la velada le ha roto los esquemas.

“Donde tú estás es mi casa/ Sólo me siento limpio cuando estas paredes exhalan tu nombre/ La seducción de tu presencia abre nuestras puertas al viento/ Santa Lucía se arrancó los ojos porque no quiso amar, porque creyó en el ardor”. Lee en voz alta, de su puño y letra, la poeta Natasha Tiniacos. De fondo suena la improvisación hecha guitarra de Ulises Hadjis mientras Florencia Alvarado proyecta sus fotografías; el montaje se llama Letra Proyectada.

Puertas afuera, en la calle, Clemencia Labin se viste de Santa y hace un performance, algunos niños explotan globos para que las estatuas vivientes pierdan la concentración. La gastronomía local compite con las cotufas, la cerveza es la bebida por excelencia. Una máquina de espuma de jabón abarrota otra calle. Cada casa marca su propia frontera para no perder del todo la privacidad. Dentro del cuarto principal de la Familia Rincón Hernández, una de las que presume su aire acondicionado, Lizzania Sánchez y Michael Labarca exhiben el micro documental Puntos de viraje, quizás la cápsula que mejor define la esencia de la Velada. Otras casas muestran esculturas hechas de distintos tipos de jabón, arte basado en el reciclaje.  Grafiteros, ilustradores y demás variantes del arte urbano no dejan pared en blanco.

Gracias, Santa Clemencia. Todo carnaval tiene su fin, dice la letra del cantautor brasileño Marcelo Camelo. Se dijo que ésta es la última Velada, al menos la que organiza su fundadora. “Yo venía considerando el hecho de que el evento se había convertido en algo gigante, un monstruo para ser llevado por tan pocas personas. Comencé a notar que era muy difícil mantener las cosas bajo control, a pesar de tener el apoyo logístico de tantas instancias. Si no hubiese sido por el Internet, esto no sería posible, porque desde Hamburgo es mi manera de monitorear todo”.

El performance de Clemencia pasa por la invención de versiones de Santa Lucía a las que ella misma les da vida. “A mí me gusta explicarlo con el siguiente ejemplo: el año pasado yo estuve las dos noches peleando con los buhoneros que vienen de otras partes, y a quienes mantengo a raya de la calle del arte. Les decía: ‘Ustedes tienen sus puestos, salgan de aquí’.

El año pasado yo era la Santa Lucía de Plomo, no me podía mover, estaba amarrada y era llevada por unos hombres. En un momento entreabro los ojos y veo a todos los buhoneros aprovechando el momento en que yo no estaba en la organización. Y me dije, literalmente atada como esa Santa de Plomo, ‘esto lo tengo que terminar porque no tengo control’, y anuncié la gran Velada final para este año. Pero la que se va es Santa Clemencia, a ustedes les queda Santa Lucía”.

El domingo se desmonta. Torres de bolsas negras acumulan la basura producida y la percusión del cepillo contra la acera suena al mismo tiempo en cada casa. Ya muchas puertas están cerradas, las matriarcas de la familia vuelven a contemplar la calle desde los ancestrales balcones. Alguna que otra casa aprovecha la presencia nostálgica de los artistas y vende las últimas cervezas. En los ojos cansados del popular “Quique” Urdaneta, se deletrea la palabra logística.

“Soy la mano derecha de Clemencia. Tengo 28 años y somos primos segundos, mi responsabilidad ha ascendido conforme pasó el tiempo. Lo bonito y lo complejo es que este evento se organiza con pasión. El mayor checkmark que puede haber es amor. Nosotros no cobramos nada, este es simplemente un compromiso, una entrega. Nos toma casi un año de nuestras vidas organizarla y tenemos trabajos que asumir; antes estudiaba y ahora tengo empleo. Digamos que esta es una gran escultura social que ha culminado su realización. Las cosas se fueron dando sin dinero, hay unos pocos patrocinantes y los amigos de Clemencia en Alemania son los que pagan los pasajes de los artistas internacionales, pero el resto de las cosas se autofinancian. Todo pasa mágicamente”.

Quique entiende el sentimiento de frustración si esta experiencia no se repite más. “Hay gente que tiene poco tiempo participando en la Velada, y obvio que les duele. Pero las personas que tenemos mucho tiempo en esto nos hemos dado cuenta de cómo ha sido el cambio, llegamos a un tope y es hora de cerrarlo en su clímax. La comunidad quiere reaccionar autogestionándose, ya existe la tradición. Hemos demostrado que en Venezuela se pueden seguir creando proyectos interesantes con repercusión internacional”.

El final del evento se sella con la foto de todo el pueblo en torno a Clemencia y la llamada “arepada” en la Casa Museo. La artista continúa recibiendo a jóvenes artistas con inquietudes y empieza a recorrer las casas supervisando el desmontaje: “Yo desearía que esto sirva como ejemplo para que nuevas generaciones desarrollen el concepto comunitario. Cuando tú escuchas que esta es llamada la Calle del Arte en Maracaibo, dices ‘misión cumplida’. He logrado hacer entender que el arte es parte de la vida”. Todos los visitantes vamos deshabitando Santa Lucía y Clemencia se regresa, como dice ella “con La Velada Remix”: todas las propuestas hechas en Maracaibo ahora viajan a Hamburgo, para continuar el diálogo entre comunidades que no conocen linderos porque su lenguaje es el arte.

“Yo crecí viendo la Velada”
Eliseo Fermín (Publicista, 26 años)
“Esta es una de las pocas oportunidades que tenemos de caminar una calle sin quejarnos del clima o temer a la inseguridad, estás haciendo ciudad. Durante el año jamás vengo a Santa Lucía a menos que vengan amigos de afuera. Aquí está toda la familia y cada quien tiene una versión diferente. Esto empezó como un proyecto humilde y creció porque queremos que la ciudad crezca en todos los sentidos. Esto está en los corazones de todos los maracuhos”.

“De las que han montado en mi casa, las que más recuerdo son tres: la de unos caraqueños que hicieron una piñata gigante con uno de los ojos de Santa Lucía, y la llenaron de papelitos con poesías. Otra que me gustó mucho fue la de una artista de Guárico que montó un teatro en la casa. Y una vez un alemán me pintó mi mapa familiar en la pared: esa me duró más de dos años. Creo que si la comunidad lo pide, se puede hacer. Pero yo entiendo que Clemencia tiene mucho trabajo”. Juana María Gil