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La tenacidad de los heladeros artesanales

Las heladerías que elaboran sus propias creaciones se han transformado en lugares de encuentro para un gentilicio al que le encanta salir, aunque los costos compliquen darse el gusto | Foto: Mauricio Villahermosa

Las heladerías que elaboran sus propias creaciones se han transformado en lugares de encuentro para un gentilicio al que le encanta salir, aunque los costos compliquen darse el gusto | Foto: Mauricio Villahermosa

Las heladerías se han convertido en el lugar ideal para quienes desean regalarse un placer de fin de semana. Muchas parten de la tradición de la gelateria italiana para proponer delicias que aprovechan los sabores de acá

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Un domingo cualquiera en la tarde, la urbanización Bello Monte, en Caracas, tiene la quietud de la semana que termina y se acerca al lunes. Pero Cinecitta vive en plena efervescencia, con visitas que llegan de más allá del vecindario para conocer la novedad y aprovechar el día que se agota. Se estrenaron en diciembre del año pasado y semejan una aparición: en 290 metros cuadrados, decorados con imágenes del cine en blanco y negro, despliegan una dulcería, un bodegón, restaurante, pizzería y el escenario protagónico, ocupado por los 70 sabores de los helados que aprendieron a hacer gracias a un maestro gelataio que llegó de Italia para enseñarles los secretos. 

Alfredo Marando, con 24 años de edad, es artífice junto a su padre, oriundo de Salerno, Italia, de una idea que parece un espejismo. Cuenta que hace 17 años abrieron un restaurante en Margarita y uno de los socios era Guillermo “Fantástico” González. Del animador les quedó la idea de un sitio que recreara las luminarias del cine, el mismo concepto que multiplicaron en la capital con el sello de un grupo de diseño italiano. En ese local inicial estrenaron la certeza de que en esas apuestas no querían ahorrar en detalles. ”Hace tres años comenzamos con la idea de abrir diez lugares como este. La situación era distinta, pero en aquel momento importamos todo para lograr esto”. Y aunque el resto de las sedes sigue en el congelador, en esta despliegan lo adquirido. “No escatimamos. Esta es nuestra imagen”, afirma Marando. Aprendió en Italia a hacer gelatos y de allí se trajo las mezclas para un año del producto, incluido el sabor a pistacho del que se precia, pues se usan semillas sicilianas.

Lugares de coincidencia

Las heladerías que elaboran sus propias creaciones se han transformado en lugares de encuentro para un gentilicio al que le encanta salir, aunque los costos compliquen darse el gusto. “Comer helados es el lujo más económico que queda”, resume el fenómeno en una frase Matías Rizziteli, hijo de Daisy y Alberto, el maestro heladero de Gelato Mio en La Trinidad, Caracas.

Hace más de una década, Alberto -que se dedicaba a la electromecánica- se fue a su Milán de origen durante dos años a estudiar para formarse como heladero certificado. Regresó con la convicción de transformar en helados las frutas y sabores dulces que le encantan de este país, más otros que fue diseñando. Así, en su local, que suma una década, propone helados de guanábana o mandarina, arroz con leche, bienmesabe o torta negra. También otros, como crema veneciana o catalana. Allí, relata su esposa, son literalmente artesanales: hacen sus propias bases y sabores. “Compramos las frutas y las procesamos, también frutos secos como las avellanas. De todos los que se graduaron con Alberto en el curso, el único que aprovechó lo aprendido es él. Otros, sencillamente, los hacen con mezclas listas”. Importarlas en este momento no es una opción para ellos. Pero afortunadamente logran las delicias de sus helados desde la manera más artesanal y primigenia.

Sabores de acá y allá

En Cinecitta se precian de ofrecer más de 70 sabores. En Gelato Mio elaboran diariamente 28 variantes de las más de 400 recetas que han creado. Allí recuerdan que el mejor heladero no es el que tiene el mayor repertorio. “Es el que logra consistencia en los que hace”, considera Matías Rizziteli, quien lleva la mitad de sus 21 años de edad en este universo de helados.

En los predios de Divinos Pecados del centro comercial Centro Plaza de Caracas, tres hermanos, hijos de italianos, Pietro, Liliana y Rosana, aseguran haber ideado más de 800 recetas que también confían en lo artesanal desde la leche. “Hace un año tenemos nuestras propias vacas. Hemos aprendido incluso que es cierto que si les cantan dan mejor leche”, cuenta Pietro.

En este colorido lugar de Los Palos Grandes aprovechan sabores locales para crear helados, como tomate de árbol y mamón, dulce de leche o quesillo. Cada día de la semana tienen una temática; los viernes, por ejemplo, proponen helados con licores para la clientela adulta. Sábados y domingos se concentran en los niños.

Allí, la herencia dulce de sus padres italianos se traduce en unas galletitas crujientes, con una receta centenaria y familiar que replica Liliana para acompañar los helados. Hace cinco años dejaron el negocio del calzado, al que se dedicaron durante cuatro décadas, para apostar por este mundo en el que ingenian y proponen sabores de su autoría. “Cuando comenzamos quisimos hacer algo diferente”. Y defienden la elaboración en casa desde la leche condensada hasta el licor con el que potencian uno de sus tipos de café. Los esmeros de estos heladeros artesanales en todo el país siempre se agradecen.

“Un buen helado no presenta defectos. Da la justa sensación de frío, tiene balance de azúcares y sólidos, es palatable. No consigues pedazos de hielo y no se separa”, afirman en Gelato Mío.

De acuerdo con la Cámara de Comercio Venezolano Italiana, Cavenit, en el país hay más de 70 heladerías artesanales.

En Instagram están como: 

@gelatomio_vzla

@cinecittaCaracas

@heladeriadivinospecados