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Mi primer trabajo

María Elena Lavaud

María Elena Lavaud

Alcanzar la vocación propia a veces supone ejercer oficios que no se parecen al sueño, aunque siempre son un camino hacia él. Aquí, María Elena Lavaud, Scarlett Jaimes, Pastor Oviedo y Victor Drija cuentan cómo sus iniciales faenas fueron un trampolín inesperado para llegar al lugar donde ahora están

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La paradoja del químico/actor
Los padres de Pastor Oviedo son químicos. “Mi mamá dice que no, pero ella fue la que se negó cuando asomé la posibilidad de estudiar Artes. Dijo: ‘A él se le da la ciencia muy bien y es preferible que estudie una carrera científica’, y en 1995 empecé a estudiar Química”. Al lado de Pastor está un ex compañero de la carrera, tutor y amigo que asiente ante cada palabra. Aún espera que el cursante, finalmente, y por cuarto intento, le entregue la tesis para graduarse. “Empezando la carrera comencé a buscar trabajo y un día tuve la oportunidad de hacerlo dentro del Ateneo en la feria de diciembre. Inmediatamente apliqué como guía del Teresa Carreño. Trabajaba y veía espectáculos gratis, era perfecto. Pero cuatro años más tarde necesité un mejor ingreso y entré a trabajar en Digitel como operador de atención al cliente. Estando allí es que realmente me di cuenta de que quería ser artista. Recibía las llamadas más horribles del mundo, trabajaba de 7:00 pm a 1:00 am, pero era el mejor horario para cumplir con la universidad y las clases de danza a las que iba en Parque Central escondido de mi mamá”.
Su participación en una obra de teatro lo expuso al ruedo de los castings y en ese momento se activó el engranaje que más tarde lo llevó a ser la imagen comercial de aquella empresa de telefonía celular. “Cuando veo gente más joven y que está en aquel punto, es decir que está estudiando algo que no tiene que ver con su vocación, les digo que las oportunidades van a estar ahí siempre. Van a tener tiempo para convertirse en lo que quieran”.

El trabajo no deshonra  
“Gracias a Dios mi vida ha estado rodeada de arte por todos lados”. Es lo primero que dice el cantante y  actor Víctor Drija, luego de que logra escapar de las adolescentes que lo rodean con admiración en el centro comercial donde ha sido citado. “Yo llegué a Estados Unidos en 2002 y me regresé en 2006. Durante esos cuatro años viví experiencias de todo tipo, afortunadamente dentro del mismo medio: bailé, canté en coros, pero llegó un momento en que necesitaba ganarme un dinero extra. Quería grabar mis demos y tomar talleres. Vivía con mi hermano y mi mamá, quien tenía una amiga que trabajaba en una compañía para animar fiestas infantiles. Una vez la persona que debía usar el disfraz de La Bestia, de La Bella y La Bestia, faltó”. Víctor ocupó el lugar dentro del traje. “Eran 150 dólares la media hora. Me disfracé de Spiderman, Barney... Ahora que lo recuerdo, lo único desagradable de ese trabajo era el calor. Del resto, la emoción de los chamos al ver a su ídolo lo valía todo”. Hijo de Anita Vivas y Antonio Drija, la escena es su primera memoria. “Yo creo que hay que tener mucha paciencia, es cuestión de sembrar. En ese momento fui muy impaciente. No sabía que mi primer gran éxito iba a ser con niños. Sin aquella experiencia, no habría sido igual”.

La primera, la de la vencida
Reconocer el tren que hay que tomar para conducirse a lo planeado implica confiar en el instinto. “Mamá, yo quiero estar en Nave, yo quiero estar en Nave, yo quiero estar en Nave”. Era la súplica que a los siete años Scarlett Jaimes, actriz de cine, les hacía a sus padres cuando veía a su hermana en los talleres de Niños actores de Venezuela. La pequeña fue complacida hasta que al pisar los 15 años decidió seguir estudiando actuación, pero en Rajatabla. “No fue nada fácil. Todos me decían que era muy niña, que me iban a desnudar. El único que me apoyó fue mi papá, quien me dijo: ‘Adelante, pequeña, hazlo’. Creo que fue lo mejor que pude haber hecho en mi vida”.
La tenacidad en el teatro rindió frutos cuando Mireya Guanipa, directora de castings, propuso a Jaimes para un cortometraje. El siguiente proyecto cinematográfico sería La hora cero, y el más reciente la protagonización de Piedra, papel o tijera. “Me acabo de graduar de bachiller. Yo amo este trabajo, tanto que podría trabajar por amor al arte, pero sé que mis padres no me van a mantener toda la vida”. Scarlett recuerda que a los 15 años despertaron sus ganas de independizarse. “Me fui a casa de una tía y me ofreció trabajo dentro de su guardería. Ella es estricta con el orden, amén de la responsabilidad gigante de velar por niños de ocho meses a seis años. Yo podría decir que esa experiencia me ayudó a prepararme con lo que me iba a pasar en Piedra, papel o tijera. Yo no sé qué se siente tener una rutina de horarios en una oficina, pero creo que ante todo debemos ser fieles a nosotros mismos. Aunque todavía no tengamos la oportunidad de hacer lo que queremos, hay que buscar el tiempo para ser felices, cubrir nuestras necesidades emocionales tratando de restar importancia a lo económico”.

Cada paso cuenta
El tono de la voz de María Elena Lavaud está en sintonía con la satisfacción. “Recuerdo que tenía 16 años y veíamos en primaria una materia donde hacíamos teatro. A mí me encantaba adaptar los guiones. Jamás quise actuar, pero sabía que quería tener un trabajo donde esa labor fuese reconocida”.
En ese entonces, Lavaud preguntaba en retahíla y bajo todas las formas posibles de construir una duda: “Mamá, ¿tú crees que lo voy a lograr?” “Ahora como madre digo que mi mamá era muy apretada, porque siempre me contestaba ‘¿por qué no?’…” Fue esa misma persona que una vez tomada la decisión del divorcio les explicó a sus hijas que para poder llevar adelante el hogar todos tenían que ponerse a trabajar. “El único trabajo que conseguimos fue a través del dueño de la tienda de tenis que está dentro de La Lagunita Country Club, quien necesitaba a alguien que atendiera el negocio mientras él daba clases. Mi hermana y yo compartimos los turnos. Me gradué y me inscribí en la UCAB para estudiar Comunicación Social, cuando realmente debía estudiar Letras porque yo quería ser escritora”.
Así, Lavaud se convirtió en la fiel víctima del aleteo de una mariposa. “Estudiando periodismo, me acerqué a la gente que hacía la revista del club y les dije que quería escribir y me convertí en la reportera del club. Allí me hice coordinadora de prensa de un mundial de golf, la Federación de tenis me llamó y me fui a trabajar con ellos. Vino una Copa Davis donde conocí a Paola Ruggeri, quien a su vez me recomendó con Rhona Ottolina, editora de una revista con el pensamiento político de Renny”. Podría decirse que ese fue el detonante para emprender una carrera ligada a la información y opinión. “Creo que tenemos que estar muy despiertos y alertas, porque muchas veces puedes tener el objetivo claro y una idea preconcebida, en el camino habrá pasos que en el momento no te harán sentir a gusto, pero hay que avanzar viendo hacia los lados”.